Editorial

Escocia y Cataluña como espejo de un nuevo reordenamiento político mundial de identificaciones culturales
El mundo vive una reorganización socio política de características novedosas que se establecen principalmente en los marcos ideológicos de la globalización y las nuevas corrientes de ciudadanía virtual. Estos efectos se están viendo primero en Europa, dónde siempre se ha dicho que comienza todo, un continente en la entrada de una gran redistribución de poderes de ejes más centrales y generales a unos más plurales y diversos. Ni las grandes guerras de inicios la primera mitad del siglo pasado, cuyo resultado fue una división de a dos entre Estados Unidos y Rusia, con fustes del terror como destrucción mutua entre ambas columnas, escenificaron tal cambio. Tampoco es comparable con la caída del segundo de ellos finalizando la tumultuosa década de los ochenta, pues la destrucción del bloque soviético solo estableció una sola concepción fundamental del mundo, que nada afectó sino remarcó lo ya construido durante muchas décadas atrás. La organización mundial de hoy comienza a tambalear porque las múltiples naciones, antes agrupadas, se van desvinculando de sus Estados en cantidades catatónicas.
 El surgimiento de los sentimientos nacionalistas de Escocia y Cataluña evidencia este desequilibrio constante de los Estados que han agrupado diferentes credos, imaginarios, identidades y costumbres, como si de la pluralidad solamente se tratara. Las mencionadas naciones, con larga data de estructuras históricas sólidas, se han autodefinido por separado de lo que intenta agruparlos con poderes centrales, casi siempre bajo bases únicamente económicas y políticas. ¿De qué ingrediente se olvidan Londres y España? A diferencia del terror y la violencia caracterizada en los movimientos separatistas mencionados en el párrafo anterior, cuyo reclamo se produjo por artificios extremos, el elemento olvidado en esta nueva concepción es la cultura, todo el desplazamiento de poder a plataformas más globales y donde todo individuo puede promover su propia voz, o la de muchos, y las condiciones claras para hacer prevalecer y tolerar desde su lenguaje hasta sus recursos propios.
Europa, representado por estos gobiernos centralistas, han creído su condición de ‘ombligo del mundo’ en calidad de intocables, como ellos mismo están reconociendo de a pocos y motivados por las movilizaciones populares que acaloran el panorama político en sus ciudades principales. La incertidumbre se apodera de sus sistemas verticales y nuevas columnas de poder se erigen en diferentes partes del mundo, como el reconocido edificio de oportunidades que crece día a día en toda la costa del Pacífico, cuyas economías emergentes ahora han re direccionado las condiciones del juego y ponen en cuestión el estilo de vida de una sociedad europea que parece cada vez más empolvada y con telarañas.
¿Se ha alcanzado un punto de no retorno donde todos los sentimientos nacionalistas de las diferentes regiones van a crecer uno tras otro? Escoceses y catalanes comparten rasgos políticos, similares condiciones económicas y un enorme interés por la autonomía política. Se dijo en el Reino Unido durante las últimas décadas que el rico sur de las islas, donde se encuentra Londres y todas sus ciudades industriales, eran el motor y sustento de los del norte. Pero ambas economías han demostrado un desarrollo parejo y en paralelo con los gobiernos centrales. En Escocia, el descubrimiento y la explotación del petróleo en el Mar del Norte ha fijado en el imaginario de todos los scotch la convicción de poder sostenerse por sus propios medios —tal y como creció independiente la vecina Noruega—, para contrarrestar el pretexto de la economía.
Un momento, ¿no escuchamos desde nuestra centralista capital, precisamente desde el norte, el mismo sentimiento nacionalista, ahora basado en luchas por la identificación cultural pacífica, inclusiva y hasta demócrata, dónde se da una sustentación con poderíos económicos subterráneos? Perú vive, desde adentro y desde siempre, las mismas fracturas sociales que el Reino Unido y España han tenido siempre: diferentes grupos culturales y étnicos que, apadrinados por el gobierno y el Estado centralista, fragmentan desde siempre la concepción inexistente en la realidad de una sola nación independiente y plural.
En todas estas diversificaciones prima el deseo de obtener mejores recursos y mejores condiciones, las cuales han estado creciendo motivadas por las evidentes capacidades de una mejor tecnología con alcances más amplios. Es decir, la educación y las herramientas para auto definirse, romper con la ignorancia y defender sus derechos están generando esas capacidades en el imaginario de todos los pueblos. Y los Estados van perdiendo su soberanía en todos los sectores desde adentro, porque la corriente de la voz popular, de la información ilimitada y las comunidades velozmente conformadas de la actualidad tecnológica así lo permite.
Con la aceptación británica del referéndum democrático parece ser que estos ejemplos nos enseñan el arribo al punto de no retorno y, como en la historia, el ‘viejo continente’ será el primero en dar el gran salto de separación. ¿Seguiremos nosotros?