“No me gusta que el envejecimiento signifique volverme rígido en mis ideas”

En la oficina de Rómulo Franco, el sol de media tarde cae directo sobre la ventana de persianas semi abiertas. El lugar está plagado de letras, libros gordos y antiguos sobre teoría de la comunicación conviven en los estantes con complicadas explicaciones de las principales cuestiones religiosas. Pero, quizás, lo interesante de Rómulo Franco no esté en lo que los libros dicen de él, sino en lo que transmite.

Por: Paolo Benza | Entrevista

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Nuestra charla ya ha comenzado a despegar cuando suena el teléfono de su despacho. Me pide que apague la grabadora y lo hago, pero escucho con atención. Es un ex alumno suyo que lo necesita para que oficie la misa de defunción de su madre. “Discúlpame, Pablo, cuanto lo siento, pero ya estoy comprometido para mañana”, le dice. No se acuerda quién es, lo sé porque acaba de coger el catálogo de alumnos para buscar su nombre. “Pero puedo darte el número de tal padre y de tal otro”. “¿Suele suceder?”, le pregunto cuando termina la llamada. “Bueno, sí”, acepta, no sin una sonrisa avergonzada pero sincera.

–Veo que lees bastante…

–Leía. Ahora leo menos de lo que quisiera leer,

–Parece que te gusta quedarte con los libros.

–Algunos, otros no. Cuando estudié la maestría en Estados Unidos, los libros más importantes se podían comprar usados y costaban menos. Me los traje para que me ayudaran porque seguramente acá no los iba a encontrar.

–¿Lees en Internet?

–Menos. Normalmente cuando quiero leer algo en Internet, lo imprimo.

–¿Por qué?

–Me he acostumbrado a leer en papel, en negro sobre blanco. En Internet leo noticias, de la BBC, del New York Times, pero ya cuando hay un texto de seis páginas, lo imprimo.

–¿Cómo te manejas con las nuevas tecnologías siendo profesor?

–Uso bastante el Internet para buscar qué nuevos libros o artículos hay sobre ética.

–Pero, digamos, las bases fundamentales de la ética no se mueven mucho con el tiempo…

–No, pero de vez en cuando salen algunos códigos de ética periodística que algún medio ha aprobado, como la BBC hace un tiempo. Para comunicarme con la gente sí uso bastante el Internet, sobre todo el correo electrónico y un poco el facebook.

–¿No te molesta tener a tus alumnos en facebook? Hay profesores que los eliminan cuando están en su clase.

–No, no me molesta. Bueno, es una molestia en cuanto son un montón. Eso sí, hay que tener normas claras, algunos profesores han dicho “no” y no aceptan a ningún alumno. Cuando yo entré al facebook había menos alumnos en esta facultad y acepté. Entonces, ahora no puedo decir que acepto a unos y a otros no.

–¿Sería discriminador?

–Claro. Todo alumno que me pide, lo agrego.

–¿Te lo piden muchos?

–Sí, muchos, pero yo no posteo muchas cosas en mi muro porque cuando mando algo lo hago a personas concretas y a través del correo electrónico.

–¿Y el inbox?

–Todos los días uso un poco de tiempo para saludos de cumpleaños. A alumnos, profesores o amigos los saludo por el cumpleaños y siempre por inbox.

–Pero porque te lo avisa facebook

–Porque me lo avisa. Si no, imposible acordarme, no me acuerdo de los santos ni de toda mi familia (ríe). Tenemos una lista en Yahoo para mi familia y mi hermano es webmaster. Él ya la ha preparado, nos avisa el cumpleaños, nos recuerda el número de teléfono, de celular y el correo electrónico. Entonces, solo haces clic y saludas.

–¿Cuántos hermanos son?

–Once, casi todos ya casados. Sobrinos, sobrinas, esposas… Muchas veces se dice que el Internet incomunica a las personas, pero en nuestro caso concreto nos ha ayudado a vernos más y a conversar más personalmente.

–¿Sentiste alguna vez la responsabilidad de ser el hermano mayor?

–Quizás en algún momento, pero no…  –lo piensa mejor–. La responsabilidad la tenían mi papá y mi mamá.

–¿Nunca te asumiste como un modelo para ellos?

–Nunca he pensado que soy un modelo para nadie (ríe). Vivo mi vida lo mejor que puedo, pero no creo ser un modelo.

–Los alumnos se acuerdan de ti, como el que te ha llamado.

–Sí, yo era patero pues.

–¿Eras o eres?

–Bueno, también ahora trato de caer bien. Si no eres amigable, nadie confía en ti. Cuando tienen un problema, no van a ir a hablarle al tipo que les pone cara fea.

–No creo que tú te acuerdes de todos…

–No, de él no me acuerdo, fíjate. Eso que lo tengo en el facebook. Decía: “quién será este, de vez en cuando me escribe pero no lo localizo”

–¿Te sientes querido por tus estudiantes? ¿Ellos te hacen sentirte querido?

–Sí, la verdad es que sí.

–¿Trabajas para que eso sea así?

–Sí, un profesor debe ser apreciado por sus alumnos. Si no te aprecian, tampoco te siguen. Si quieres influir en tus estudiantes, si quieres que te escuchen, tienen que apreciarte. No sé si quererte, pero apreciarte. Si no, se cierran y no hay un diálogo verdadero.

–¿Tuviste algún profesor así, que se cierre?

–No, la verdad. La Católica, en nuestro tiempo, era bien chiquita, los profesores tenían mucho más tiempo para estar con los alumnos. Salíamos entre clase y clase a un patio y allí conversábamos con los profesores de todo, de política, de religión. De todo.

–¿De deporte?

–¡Claro! De deporte. Sabíamos quién era del Alianza, quién era de la U. En ese tiempo no había el Bayern Múnich, ni el Barcelona (ríe), nadie hablaba del fútbol europeo.

–¿Y tú de qué equipo eres?

–Del Alianza.

–¿Toda la vida?

–Toda la vida. En las malas, que han sido bastantes. En mi vida, creo que han sido más años malos que buenos. Tampoco es que muera por eso, pero sí mantengo mi lealtad a un equipo.

–¿Pisas Matute muy seguido?

–No, ya no. He sido poco de ir a Matute. En Piura sí iba al estadio, pero en Piura yo era de un equipo que ahora está en tercera, creo (vuelve a reír).

El sacerdote revolucionario

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Me es difícil imaginar a un cura tolerante porque me parece que sus creencias se basan en el hecho de que él y los suyos tienen la verdad incuestionable. Tal vez por eso no termino de ver a Franco como prelado, a pesar de sus maneras pausadas y suaves, y de sus palabras. Él es tolerante, su historia es rebelde, sus motivos, distintos. Sin embargo, cuando salta el tema del Cardenal, salta el sacerdote. Mira la grabadora y siento que mide sus palabras. Hace poco lo entrevistó una chica que empezó a cuestionar sus ideas. “Me agarró frío”, me cuenta, “pero le aclaré que no tenían discordancia con la religión”.

–¿Qué es lo que más te gusta de ser profesor?

–Que me exige estar siempre al día sobre lo que enseño y sobre lo que pasa. Los alumnos siempre preguntan sobre cosas concretas y nuevas, no solo en clase sino en el patio, en el corredor. Eso te permite estar siempre al día y no envejecer.

–¿No te gusta la idea de envejecer?

–No me gusta que el envejecimiento signifique volverme rígido en mis ideas. El envejecimiento físico es inexorable y hay que aceptarlo como parte de la vida, pero lo que no me gustaría es que, al volverme viejo, me vuelva intolerante con las ideas de la gente joven o me cierre en ideas que aprendí cuando yo era joven. El mundo ha cambiado mucho desde que estudié en la universidad, antes había una utopía socialista muy fuerte entre nosotros, después vino el gran desencanto con revolución socialista de la Unión Soviética y los otros países comunistas. Fue un poner en cuestión todas las cosas en las que creíamos, la política, la economía… Hubo que replantear a fondo nuestros sueños, nuestras utopías.

–¿Cómo convivías con el marxismo duro de tu época universitaria?

–Yo nunca fui marxista. Primero, porque siempre creí en Dios y segundo, porque nunca acepté optar por la lucha armada. Ustedes ya vieron que no sirve, lo han comprobado con el terrorismo, pero para nosotros la lucha armada era una tentación muy fuerte y había muchos en la izquierda que pensaban que era la única manera de cambiar el país.

–¿Era una tentación honesta?

–Claro, honesta porque pensaban que era la única manera. Una tentación en la cual muchos se jugaron la vida. He conocido gente que simplemente desapareció, no por los militares como en el tiempo del terrorismo, sino porque decían “nos vamos al monte” y no regresaban. Allá morían en combate. Era el tiempo de las guerrillas, no del terrorismo.

–Al estilo de Javier Heraud…

–Era el tiempo de Javier Heraud. Yo no lo conocí, pero cuando llegué a la Católica la gente hablaba de él porque había estudiado acá. Otra cosa que tampoco nunca llegué a aceptar fue la dictadura del Partido Comunista. Yo decía que de una dictadura no podía salir democracia. Siempre pensé que se podía llegar al socialismo mediante la lucha dentro de la ley y de cauces democráticos, aunque demorara más.

–¿Solías participar mucho en política?

–Sí, mucho. Fui delegado de clase, vicepresidente del CF de Letras, presidente del de Educación, REA, etc. Pertenecíamos a un grupo político estudiantil que había en ese tiempo.

–¿Cuál?

–Se llamaba Izquierda Universitaria, pero no es la que ahora existe, no tienen nada que ver. Era una izquierda socialista no marxista. Al frente había grupos apristas, y grupos de izquierda comunista de tendencia china y de tendencia moscovita.

–¿Por qué elegiste la Católica? ¿Tiene que ver con que hayas estudiado en un colegio jesuita en Piura?

–En ese tiempo, las universidades nacionales eran un caos. La politización había llevado a una cantidad de huelgas impresionante, no sabías cuándo terminabas de estudiar por la cantidad de huelgas. Yo quería estudiar Derecho, así que era o San Marcos o la Católica y por más orden elegí esta. La PUCP en ese tiempo era una universidad muy diferente, éramos ciento cincuenta alumnos en primer año de Letras, nos conocíamos todos.

–¿Y qué pasó con el Derecho?

–Cuando estaba estudiando el primer año de Derecho, por la política empecé a ir a colegios nacionales a llamar a los estudiantes a que asumieran nuestras ideas de izquierda socialista pero de inspiración cristiana. Como a los colegios particulares no nos iban a dejar entrar, íbamos a los nacionales que en ese tiempo estaban muy abandonados. Éramos dos que comenzábamos a caminar por los patios y veíamos dónde había un aula vacía porque el profesor no había ido. Los alumnos se quedaban ahí, nos escuchaban y comenzaban a hacer preguntas. Cuando les hablábamos del socialismo y del cristianismo, no entendían nada. No sabían nada de la doctrina social de la Iglesia ni de religión y nos preguntaban más de eso que de nuestra ideología política. Me di cuenta que había una gran ignorancia religiosa entre los jóvenes y ahí comenzó todo.

–O sea, te haces padre más que nada por demanda del mercado laboral.

–Porque pensaba que era necesario que los jóvenes conocieran mejor el mensaje cristiano. No el que todo el mundo sabe, sino uno un poco más profundo, que verdaderamente responda al sentido de la vida que ellos buscan. La religión que sus papás les predicaban era muy convencional, no les decía nada.

–¿Dejaste la política por completo?

–Por completo. Fue uno de las dos grandes renuncias que hice cuando opté por ser sacerdote jesuita. La otra fue a formar familia. Ambas me costaron mucho.

–¿Te arrepientes de haberlas dejado?

–No me arrepiento. Extraño. Arrepentirse es decir “por qué lo hice”. Extraño porque uno extraña tener una familia, sobre todo en los años más jóvenes, ahora ya no pues…

–¿Cómo lidiaste con eso?

–Dije: “tengo que escoger entre dedicarme a tiempo completo a dar a conocer el evangelio a las personas o dedicarme a mi familia”. Me tanteé el cuerpo y vi que sí podía. No toda persona puede renunciar a la familia, tienes que tener algo en ti, una vocación. Habría sido un poco egoísta que por un bien personal que es formar una familia, hubiera renunciado a un trabajo donde puedo ser muy útil.

–¿Esperas que algún día se retribuya ese trabajo, quizás en esta vida, quizás en otra?

–No, ya he tenido muchas satisfacciones, como que mis alumnos me llamen, que aprecien lo que les he enseñado, que se hayan acercado más a Dios y que me hayan agradecido por lo que les he dicho. Si uno no tuviera satisfacciones, no podría vivir.

–¿Hubo alguna chica que tuviste que dejar?

–Bueno, una en el momento que me decidí, pero otras porque uno cuando es joven conoce a otras chicas y piensa “podríamos hacer una buena pareja, ser una buena familia, es una chica linda, no solamente físicamente sino por sus ideas”. Pero decía lo mismo, que hay que escoger y ello significa dejar de lado algo que vale. No dejas de lado algo que no vale, eso no tendría gracia.

–En ese momento, ¿qué fue con ella?

–Bueno, ya se casó, tiene hijos y nietos… Se lo dije poco a poco, porque mi proceso fue largo.

–¿Esa fue la decisión que definió tu vida?

–Sí, claro. Fue una decisión que me costó mucho. Estuve un año decidiendo y no fue fácil. No fue fácil. A veces, regresaba de una asamblea universitaria a la 1 de la mañana, caminando, solo y pensaba “pucha, ¿dónde me estoy metiendo? ¿Y quién sabe si me va a ir bien?”

–¿No se opusieron tus padres?

–Un poquito, sí. Ellos eran muy cristianos, eso sí, pero yo era muy rebelde como estudiante. Fui presidente del Centro Federado, no como ahora que no hacen nada, eso no lo pongas en un blog (ríe), en ese tiempo la luchábamos mucho. Yo me tenía muchas veces que pelear fuerte con el Decano. Una vez puse un periódico mural criticando cosas de la facultad y el padre Alarco, que era y fue muy amigo mío hasta que murió, mandó al encargado de la vigilancia a sacarlo. Yo me molesté, agarré el mural, me lo llevé a la entrada de la universidad y me planté ahí. El padre molestísimo me dice: “¡Oiga usted, Franco! ¡Usted es un caballito brioso!”. “No padre”, yo le decía, “estas calles son del pueblo” (ríe con nostalgia).

–¿Y dónde se canalizaron esos ánimos revolucionarios?

–En predicar que el evangelio es revolucionario.

–¿De verdad te parece que el evangelio es revolucionario?

–Por supuesto. Jesucristo cambió la religión, la sacó del templo a la vida. Después la religión ha vuelto al templo, pero eso es porque no somos lo suficientemente radicales en el seguimiento a Jesús.

–Entonces, me imagino que no estarás muy de acuerdo con el Cardenal…

–En algunas cosas no. En cuestiones de fe coincidimos, creemos en el mismo Dios, en la misma Iglesia, tenemos al mismo Papa, celebramos los mismos sacramentos. Lo que nos une es grande, es la Iglesia, pero en cuestiones prácticas, como la organización de la Universidad Católica, como los compromisos políticos o en cómo se debe organizar el Perú no estoy de acuerdo con él. Pero recalco que, en las cosas de Iglesia, él es mi jefe.

–¿Cómo un espíritu revolucionario, como dices que es el tuyo, lidia con la jerarquía eclesiástica, que es bastante vertical?

–En la Iglesia todos, ustedes como laicos y nosotros como sacerdotes, tenemos que empujar para que cambie. Estoy convencido que ahora es la hora de los laicos. Lo dicen los Papas desde Juan Pablo II. El actual, Francisco, dice que la Iglesia está demasiado metida dentro de sí misma.

–Pero, vamos, tienes que terminar aceptando que tienes un superior y una verdad que viene de él.

–Las verdades de fe, esas no las puedo discutir. Sin embargo, cuestiones externas como que el Papa anterior usaba zapatos rojos y este no, se pueden cambiar. Nunca un Papa había lavado los pies a una mujer en jueves santo. Este Papa se los ha lavado a dos mujeres. Y hay gente que lo está criticando, porque además una de las mujeres a las que les lavó los pies no es musulmana. Hay muchas cosas de la Iglesia que pueden cambiar, como que la mujer tenga más espacio. Hay que hacerlo todo con mucho respeto, con mucha paciencia, sabiendo que hay una autoridad, pero no por eso debes callarte.

–¿En qué se ha convertido la Universidad Católica para ti en todo este tiempo?

En mi casa. En gran parte, colaborar a que siga manteniéndose como una buena universidad, pluralista, democrática, de pensamiento cristiano es el sentido de mi vida.

–Si la universidad es uno de ellos, ¿cuáles son los otros pilares de tu vida?

–Mis tres grandes preocupaciones son la Iglesia, la universidad y mi familia. Mi familia es pilar en cuanto que me apoya, lo ha hecho siempre en mi trabajo en la universidad y también en el de la Iglesia. Además, también procuro ayudar a gente.  Cuando uno es sacerdote, hay muchas personas que recurren a ti ante urgencias y yo busco ponerlos en contacto con gente que los pueda ayudar.

–¿De dónde viene tu vocación de servicio?

–De mis padres que siempre tuvieron una gran vocación de servicio, y también de la educación jesuita.

–¿Los jesuitas te marcaron mucho, verdad?

–Sí, ciertamente. Mi papá era ex-alumno jesuita, así que mucho de lo que él me enseñó se lo habían enseñado en el colegio. A mí me insistieron mucho en una Iglesia al servicio de los demás. Nosotros, por ejemplo, íbamos los domingos a barrios populares a ayudar a limpiar las calles, construir casas.

–¿Qué hacías en tus ratos libres, además de ir a ayudar?

–Sobre todo, leer. Leí muchísimo  cuando era joven. Agarraba un libro de Salgari que me gustaba mucho, lo comenzaba en la mañana y no me despegaba hasta que lo terminaba.

–¿Y las fiestas?

–En mi tiempo eran menos que ahora. Había fiestas solamente los fines de semana y en casas particulares. No había discotecas para jóvenes. Salíamos a bailar a casas de nuestras amigas por su cumpleaños, por su quinceañero o porque se ponían de acuerdo y hacían un “tono”. El día en que más salía era el sábado por la noche.

“Profe, todo lo que usted enseña, nada se cumple”

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Los rayos de sol ya entran casi horizontales por las persianas medio abiertas de la oficina. Rómulo Franco es sacerdote en la Parroquia San Felipe Apóstol y estudió derecho, educación y literatura en la Universidad Católica antes de dejarse llevar por su vocación, fue dirigente estudiantil y luego fundó la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación. Hoy enseña el curso de Deontología de la Comunicación en esta universidad, además, estudió una maestría sobre esta disciplina en Estados Unidos.

Me disculpo por dar esta presentación formal ya casi acabada la entrevista, cuando, quizás, usted lector ya se la figuró leyéndola. Sin embargo, mi coartada es sólida: Franco es más que sus títulos. Franco es ese cogote que se mueve acompasado, esas arrugas profundas surcando sus pómulos, ese pelo blanco peinado hacia un lado, esos ojos que aún brillan. Rómulo Franco es la honestidad que transmite y la confianza que genera en su interlocutor, es el optimismo de que una vida ética aún puede cambiar el mundo.

–¿Qué es lo que menos te gusta de ser profesor?

–Corregir exámenes. Corregir exámenes es bien aburrido (ríe).

–Te lo pregunto porque me imagino que enseñar deontología debe encerrar un choque muy fuerte entre lo que se enseña en teoría y lo que se va a hacer en la práctica.

–Hay una anécdota. Una vez terminé mi clase y se acercó una chica que me mira y me dice: “profe, ¿usted no se siente frustrado?” Yo me puse rojo y pensé que qué me había visto, porque podrían ser muchas cosas, ¿no? De verdad que me puse rojo, nervioso, pero atiné a preguntar por qué lo decía. Y esta chica me dijo: “porque todo lo que usted enseña, nada se cumple”. Y nunca me he olvidado de eso: “profe, todo lo que usted enseña, nada se cumple”. Sí pues, eso es una desilusión, pero soy optimista, creo que sí se pueden cambiar las cosas y que son los jóvenes los que mejor pueden cambiarla. Por eso trato de convencerlos. Es difícil enseñar algo que los alumnos te dicen “pero, eso no se cumple profesor”. “Sí pues”, les digo yo, “pero estamos enseñando ética, que es el cómo debe ser, no el cómo es”.

–¿Hasta cuándo te gustaría enseñar?

–No pienso en retirarme todavía. Tengo 65 años, será hasta los 70 o quién sabe. Lo que me gustaría hacer más es investigar.

–¿Cómo te gustaría terminar tus últimos años de vida?

–No sé. No tengo idea…

–¿No te gusta pensar en eso…?

–No, no me da tiempo. Lo que pasa es que cuando uno se va haciendo viejo, no se da cuenta que ya se acercan los últimos años de su vida. Crees que todavía eres joven, que todavía falta un montón. Ya cuando empiezan a sobrar los triglicéridos, el colesterol malo y te comienza a subir la presión, te das cuenta.

–¿Además de las aulas, qué te mantiene joven?

–El saber que Dios está en el mundo y que lo ama. Eso me mantiene optimista. Este mundo, así como es, Dios lo quiere. Entonces, vale la pena transformarlo, porque es el plan de Dios. Eso me mantiene, más que joven, optimista.

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