La primera de siete batallas

Sobre la hora, la selección peruana de fútbol logró los primeros tres puntos de los quince necesarios este año para llegar al Mundial. Conseguimos la primera de siete batallas en nuestro camino final hacia el sueño que ya tiene más de tres décadas sin concretarse. Aun así, seguimos necesitando una hazaña a lo Chuck Norris.

Por: Paolo Benza y Fabrizio Ricalde | Análisis
Jhoel Herrera se movió bien en la zona de defensa y fue un cerrojo para los chilenos. Una opción que suma.

Jhoel Herrera se movió bien en la zona de defensa y fue un cerrojo para los chilenos. Una opción que suma.

El árbitro nos ha de robar a nosotros, no a ellos. Los penales no cobrados han de ser en nuestro perjuicio. Cuando jugamos en casa, arrugamos, somos víctima de los nervios. Cuando proponemos, perdemos de contra golpe. Cuando esperamos, de pelota parada. Los palos son así, siempre ingratos con nosotros. Los cambios, ni hablar. Los últimos minutos de cada partido se hicieron para que el otro equipo nos dé la estocada final, cuando más duele, cuando la esperanza aún late en nuestros pulmones. Sí, la historia se había encargado de enseñarnos bien. La regla dictaba que no ganábamos. La estadística la respaldaba. Eran ocho años echándole sal a las heridas. Ocho años viendo sonreír al enemigo de toda la vida, comiéndonos la lengua para engañar al orgullo, a los héroes, a los mártires. Cuatro partidos con Markarián al timón, cuatro dolores del alma excusados en la banalidad de los errores del destino. No, no ganábamos. Y sin embargo, ganamos. Nos rebelamos contra las reglas, las estadísticas y la historia. Poco a poco, a tientas, como un hombre que deja las tinieblas para caminar a plena luz. Los tres puntos están ya en la bolsa, por fin. Y qué bien se sintió.

La selección arrastraba una derrota con Paraguay en su último partido por las Clasificatorias y, allí abajo, con ocho puntos, estábamos en la acostumbrada y paupérrima zona de eliminación de siempre. Dos amistosos de mala coordinación y casi nulo análisis como única preparación y una información diferenciada e inexacta sobre nuestros referentes en el extranjero creaban un panorama que el hincha peruano puede reconocer a varios kilómetros de distancia. Es como si tuviéramos que aceptar como una realidad inmodificable que dependamos de cinco gatos y, por si fuera poco, estos llegan a La Videna como si de una clínica de recuperación física se tratara. Vargas, adelgazado y titular en Italia, lesionado; Zambrano, líder de defensas en Alemania, lesionado; Guerrero, campeón del mundo con el Corinthians, suspendido. Por si fuera poco, encarábamos a una selección que venía de perder cuatro partidos sucesivos y soportar la renuncia de un técnico, lo que los hacían capaces de sacarnos el partido con velocidad y con el puñal entre los dientes. Ojo avizor: quedaba servida la oportunidad, con la cuenta perdida sobre el número de chances que recibe este seleccionado para hacer las cosas bien, de decir presente de cara a la zona de clasificación, marcar distancia con los coleros y prendernos con las uñas de nuestros eternos rivales, vecinos del sur, clásico del Pacífico, enemigos históricos: Chile.

Y aun así, el primer tiempo que entregamos el viernes fue tan malo que merece una mención aparte. No debemos volver a verlo jamás. Nunca más. Nos vimos abrumados por la presión de una incontenible –pero predecible– marea roja. Markarían quiso repetir lo hecho contra Argentina, poblando el medio campo con tres hombres de buen pie, Ramírez, Cruzado y Lobatón, pero se olvidó de la velocidad y la recuperación. El medio campo brilló por su ausencia y la defensa, por su notoria falta de físico. El ‘Mudo’ se cansó de llegar tarde a los cruces y Ramos tuvo que salir a los 23 minutos víctima de una lesión. La pasamos mal. Mantuvimos el cero sin saber cómo: un milagro de San Carlos y una ayudita terrenal de Don Abal. Eso sí, el replanteo se hacía urgente.

Al capitán de la selección le quedan pocos partidos salvar la deuda que tiene con la selección. ¿Llegará el día?

Al capitán de la selección le quedan pocos partidos para salvar la deuda que tiene con la selección. ¿Llegará el día?

Sergio Markarían acertó un cambio después de mucho tiempo. Juan Carlos Mariño le cambió la cara al equipo desde su primer contacto con el balón. Que tape las salidas de los chilenos, le pidió el ‘Mago’. Y así lo hizo. La verticalidad, la precisión en el pase y los huevos, esos los puso él. Perú dejó de ser el equipo timorato y nervioso que había saltado al gramado 45 minutos atrás y decidió plantarle cara al vecino del sur. Plantarle cara a las reglas de la historia. El ‘Burrito’ no solo equilibró con su presencia la batalla por el medio sector, sino que sirvió de enlace perfecto para salidas nacionales. Un pisco, al menos, le debe Sergio en agradecimiento.

Por otro lado, la banda derecha, histórico dolor de cabeza de la rojiblanca, quedó desprotegida con las ausencias de Advíncula y Revoredo. Haciendo recordar las palabras de Francisco I, parecía que el técnico tenía que buscar al último hombre de la defensa “al fin del mundo”. Y así lo hizo: “nosotros somos hinchas internacionales del Garcilaso”, expresó Markarián después del partido, haciendo referencia al jugador delgado y veloz que marcó su sector con una firmeza de zaguero experimentado. Lo que siempre nos pasa: parecía un chiquillo recién graduado de secundaria dando sus primeros pasos en algún club del torneo local. Error. Jhoel Herrera cumple en julio 33 abriles, promoción de los que en estas eliminatorias juegan sus últimos partidos con esta camiseta. Ha jugado en los tres grandes del torneo local y hasta tuvo la oportunidad de irse a Polonia a mediados de la década pasada. Tenía ya tres partidos discretos con Perú y el técnico debe haberse estado preguntando por qué un jugador con tremendo talento recién tiene una gran oportunidad en el ocaso de su carrera. Puede que sea cuestión de un solo partido, pero si nos sirve como una ficha más convocable en este proceso, enhorabuena. No estamos para desperdiciar a nadie.

No obstante, así como no estamos para deshacernos de nadie, quizás debamos considerarnos el lugar de algunos. El capitán, cerca de sus setenta presentaciones con el equipo de todos, atraviesa sus últimas oportunidades para reinventarse con el futbol de su país y vaya que las deja pasar una tras otra. Si bien podemos distinguir sus habilidades de delantero experimentado y exitoso en la cancha –algún arranque a zancadas entre la defensa rival, algún cabezazo certero contra el arco o algún pase para distribuir el juego hacia el ataque–, lo importante es su funcionalidad en el equipo. Con Paolo Guerrero de cara al gol, ¿para qué es necesario un segundo delantero que no jala marca, llega tarde a las dividas y solo sirve para los balones parados y presencia de líder? Quedó demostrado en el partido del último viernes: con la salida del capitán, Yordy metió tres piques y, con las arremetidas esforzadas de Farfán, se hizo a un lado para jalar la preocupación de los defensores chilenos y dejarle cierto espacio al goleador. Si jugó enfermo, golpeado, si se esforzó, si correó ochenta minutos, si tuvo algunas llegadas, ¿qué más da? El lugar estelar que debe tener Jefferson en la delantera peruana es tal que, no solo estas eliminatorias sino hace muchos años, el puesto de Claudio Pizarro lo deberíamos pensar muchas veces. La banca no es una mala opción.

Pero no deben ser los juveniles la respuesta a nuestros problemas. Tenemos la costumbre de buscar culpables para nuestros fracasos como nación y así lo pedimos cuando todo parecía hundirse en esa noche de viernes. Salió Pizarro y entró Yordy Reyna. Un cambio generacional de culpables. Si era la última eliminatoria del ‘Bombardero’, había que corear el nombre de alguien a quien enrostrarle nuestras futuras derrotas. El muchacho pisó fuerte y tiró un taco. Ole. ¿Cómo así un jovenzuelo es su debut tiene la responsabilidad del milagro como para que todo el Estadio coree su nombre y el técnico populista se vea endulzado a ponerlo? Él no tiene ni la necesidad de clasificar a Perú al mundial ni va a tener la culpa si no hace goles en los próximos partidos, no hasta que sume más de diez partidos oficiales y se consolide en alguna primera división. Le falta mucho y solo un Mundial lo salvará de la hoguera de nuestras frustraciones inmerecidas. Casi anota aquella noche de viernes. Felizmente no fue él quien lo hizo, porque la fama no se lo hubiera perdonado, la portada del sábado hubiera sido la antesala de su estancia al lado de tantos otros que han padecido al asedio de los flashes, los sueldos sobrehumanos y la mediocridad.

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El grito de gol se hizo esperar, pero llegó. Farfán demostró pasta de goleador y ya lleva tres tantos.

Pero en ese maremoto de desiguales apreciaciones, sí hay momentos sublimes en la vida. Esos viajes etéreos que uno no entiende ni quiere entender. De los poros no brota sudor. No, porque ya lo dejamos todo preparándonos para esa travesía mágica. Brota calor, ese calor que venía ardiendo en la garganta seca. Ese grito de gol… ese grito lo es todo. El estadio que explota vale el sufrimiento, las lágrimas. Ahí están los chilenos atónitos, sus rostros estériles, incapaces de decirle a la historia que eso no pasa, que eso no puede pasar, ni por la razón ni por la fuerza. Pero pasa porque es fútbol, porque es bello, porque es historia y es vida. Farfán recibió un pase de un diez que no era diez. Yotún le puso un pase a un nueve que no era nueve. El resto es fantasía. Una fantasía que se acabará en unos minutos, pero que la retina conservará para siempre. Ya nada es igual, todo está un poquito mejor, ya el análisis se detiene para dar paso a la alegría. Le estamos ganando a los rotos, Farfán pescó el rebote de media vuelta y la metió acalambrado, solo faltan cinco para que termine. Mariño la cuida, Yotún la quita y pita Abal. Y el viaje se acaba y uno no entendió ni quiso entender. Un solo sentimiento brota de todos los corazones: le ganamos a los enemigos, a los rivales, a los condenados que siempre nos han robado todo. Les ganamos.

Y aun así, el viaje al terreno llano se hace inevitable, porque el camino todavía es muy largo. Lejos de las individualidades, conferencias, los palabreos y los festejos, la realidad de Perú es que está sétimo de nueve equipos, con once puntos –tres más que los coleros y uno menos que el primer cupo al Mundial–, y le quedan tres partidos de local y tres partidos de visita. Queramos creerlo o no, quizás por primera vez a estas alturas dependemos en gran medida de lo que podamos hacer en la cancha nosotros mismos, porque nuestros rivales directos se encuentran en la misma situación que nosotros. Debemos ganar todos los partidos en el Estadio Nacional de Lima (ante Ecuador, Uruguay y Bolivia) y quitar al menos un punto, si no son tres, de los otros tres donde somos visitantes (Colombia, Venezuela y Argentina). Aunque quizás la hazaña esté en ganarle a la ‘vinotinto’ en su cancha, rival directo nuestro, recuperar los puntos perdidos contra los cafeteros en Lima y, con veintitrés unidades, aspirar, por qué no, al cuarto puesto de la eliminatoria. Una vez más, ojo avizor: debemos ganar cuatro de seis encuentros, dos de los cuales son contra Uruguay y Venezuela, enemigos a muerte para lograr la clasificación, van a salir a poner nuestras cabezas en bandejas de plata sin el menor reparo.

Como escribíamos en un análisis el año pasado después de la derrota en Asunción, lo que le queda al Perú hacia Brasil 2014 es una hazaña digna de Chuck Norris. Ganar entre nueve y doce puntos más en seis partidos durante este mismo año constituye un milagro que el seleccionado de Markarián debe asumir con humildad, esfuerzo, pasión y coraje –aunque suene todo esto a un pegajoso comercial–.  Y, sobre todos estos elementos anímicos, mucha perseverancia. Mucha.

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