El evento de Tunguska

El viernes cayó un cuerpo extraterrestre en los Urales, asombrando a todo quien lo vio, en vivo o en video. Aquel evento cumplió con un patrón estadístico que tiene como media los cien años. Hace 105, sin embargo, otro meteoro desencadenó un evento mucho más impactante. Por haber quedado grabado en la historia, aquí lo recordamos.

Por: Paolo Benza | Crónica

El minerólogo Leonid Kulik y la tribu nómade del valle de Tunguska.

El minerólogo Leonid Kulik y la tribu nómade del valle de Tunguska.

En medio de la árida estepa siberiana, los pasajeros del recientemente inaugurado ferrocarril Transiberiano dormitan en sus asientos, tras cuatro días de viaje desde el punto más occidental de la Rusia zarista hacia el corazón del Asia. Dan las siete de la mañana. La extraña calidez de aquel junio baña la helada tundra, mientras en sus cabezas aun persiste la sensación de convulsión y desconcierto que reina en aquel país desde la primera rebelión contra el régimen desatada solo tres años atrás. En cualquier caso, las noticias de lo que ocurre en Moscú casi no llegan a aquella septentrional porción de Tierra.

Tras varios minutos en que el paisaje aparece y se reemplaza por más de lo mismo frente a sus ojos, un destello corta la monótona paz del cielo sobre los vagones del tren. Horrorizados, ven pasar una gran bola de fuego que transita casi paralela al suelo, perdiéndose en el horizonte del Norte. La tierra tiembla al paso de aquel cuerpo y un potente ruido acalla los gritos de pánico. El maquinista, desconcertado y con miedo de que las vibraciones descarrilen el convoy, tira del freno con todas sus fuerzas. La locomotora se detiene. Los pasajeros giran en la dirección hacia la que apunta la estela en la bóveda matutina y, temblorosos, imaginan que es un castigo divino para sus sediciosos pecados.

La oscuridad reina a las afueras de una estación barográfica del Reino Unido. Hace quince minutos que el reloj anunció el paso de una nueva hora en la madrugada de aquel 30 de junio de 1908. Una noche como cualquier otra en la flemática Inglaterra. Pero de pronto, el barógrafo empieza a imprimir señales inusuales. Aunque no hay nadie para leerlas en ese momento, empiezan a reflejarse fluctuaciones en la presión atmosférica. El aumento en los niveles registrados por el barómetro está siendo causando por la compresión del aire al chocar con un cuerpo. Eso significa un aumento de temperatura que causa una incandescencia. Una incandescencia que enciende los cielos. Lo extraño es que esos cielos no se ven desde la oscuridad que rodea a la estación barográfica, sino que se ubican a miles de kilómetros al Este, en una árida tundra que nunca pensaron registrar en esa oficina.

Vanavara es el único cúmulo poblacional en muchos kilómetros a la redonda. Con 3000 habitantes, se alza como un pujante centro de comercio de pieles, un pueblo hecho para aquellos hombres y mujeres que no le temen al frío ni a la carencia de comodidades. Y a pesar de haber soportado temperaturas invernales que rondan los 40 grados bajo cero, cuando aquel destello de luz que brilla más que el sol pasa sobre sus cabezas, los residentes de Vanavara no tardan en darse cuenta de que no están preparados para un evento como ese. Sentado en la escalera de su casa, precaria como el resto de construcciones del pueblo, el señor Vlasov ve pasar la bola de fuego y comprende –sin saber en absoluto lo que está pasando– que algo malo va a acontecer. La explosión se produce segundos después. Una fuerza descomunal lo lanza por los aires mientras intenta ponerse a cubierto.

A pocos metros de ahí, un hombre se apoya en el borde del balcón de un establecimiento comercial que luce vacío aquella mañana. Cuando ocurre el impacto, la onda de calor que llega desde el norte es tan fuerte que lo hace sentir en el mismísimo infierno. Es como si, por un momento, pareciera que su avejentada camisa estuviera en llamas sin estarlo realmente. De pronto, el cielo norteño se partió en dos y, sobre el bosque, toda la parte norte del firmamento parecía cubierta por fuego. En ese momento, hubo un estallido y un gran estrépito. Al estrépito lo siguió un sonido como de piedras que caían desde el cielo o de pistolas que disparaban. La tierra tembló”. Con esas palabras recordaría el suceso muchos años después aquel hombre.

Ese 30 de junio no fue un día cualquiera para los pobladores de Vanavara. Tampoco lo fue para los cientos de millones de personas que presenciaron el firmamento brillar en las noches que lo sucedieron. Hasta lugares tan alejados como Europa llegó aquel brillo, permitiendo rarezas como leer el periódico a medianoche sin luces artificiales. Eran nubes densas que reflejaban la luz solar detrás del horizonte, nubes de polvo, nubes de explosión.

Lo ocurrido esa mañana en el valle del río Tunguska no pudo ser investigado hasta muchos años después. El régimen zarista prefirió dejarlo como una advertencia divina, un castigo a la rebelión comunista. Recién en 1921, bajo el gobierno de Vladimir Ilich Lennin, el minerólogo Leonid Kulik encabezó una expedición al epicentro de la explosión, auspiciado por la Academia Soviética de Ciencias. Llegó con lo que la época le permitía y las limitaciones le jugaron una mala pasada. No sería hasta 1927 que podría concretar un avance tangible en el esclarecimiento de lo que pasaría a la fama como “el evento de Tunguska”.

A solo 64 kilómetros de Vanavara, cientos al Norte de la ruta del Transiberiano y, por supuesto, miles al Este de la estación barográfica del Reino Unido, en una región aún más árida y despoblada, un cuerpo extraterrestre en llamas atravesó los cielos y generó una explosión de enormes magnitudes. Las interrogantes a resolver para Kulik eran dónde y cómo. Encontrar el epicentro costó trabajo. La mayoría de testigos presenciales del hecho pertenecían a la tribu nómade de Tungus, de origen mongol y dedicada al pastoreo de renos. Para ellos, la explosión había sido una maldición lanzada por una tribu rival, consideraban el lugar del suceso una tierra prohibida y se rehusaban a hablar del tema.

Kulik logró recabar pocos testimonios, entre ellos el del hombre del establecimiento comercial. Aun así, logró llegar, siguiendo a los árboles. Dos mil cien kilómetros cuadrados alrededor del lugar del impacto estaban cubierto de árboles que yacían partidos, tumbados en un patrón radial que se oponía a la explosión. Eran flechas naturales. “No me puedo imaginar realmente toda la grandiosidad de esta caída excepcional. Desde nuestro punto de observación, no se ven síntomas de bosque; todo está derribado y quemado alrededor. A esta área muerta se aproxima un bosque joven de 20 años. Da miedo ver a estos gigantes de 80 centímetros de diámetro quebrados por la mitad como si fueran cañas”, escribiría luego en sus memorias el minerólogo.

Pero el panorama en las proximidades del epicentro era todavía más devastador. Tal cual postes de teléfono, los troncos de los árboles se erguían completamente pelados, sin una sola rama que los adorne. Aquello se produce por la acción de ondas expansivas de movimiento rápido que son capaces de romper las ramas de un árbol antes de que puedan transferir el impulso al resto del tronco. Treinta y siete años después, el ser humano volvería a presenciar el fenómeno de los árboles pelados. Fue en Hiroshima, Japón. Coincidió con el fin de una guerra mundial. Una Guerra Mundial en la que murió Kulik, luchando por el ejército rojo contra los nazis. Una Guerra Mundial en la que además se desarrollaron armas que darían nombre a aquella combinación de nubes densas y brillo en el firmamento: invierno nuclear.

Muchos científicos siguieron los pasos de Kulik. Hoy, entre las creencias que afirman la acción de seres extraterrestres, la hipótesis más aceptada sobre lo que sucedió en el valle del río Tunguska afirma que un cuerpo de unos ochenta metros de tamaño, penetró en la atmósfera a 22 km/s y con una inclinación de treinta grados sobre el horizonte. Las primeras explosiones se realizaron antes de tocar la tierra, por la fuerte presión atmosférica. Fueron dos, en línea recta y a poca distancia, lo que generó un área de devastación que tenía la forma de alas de mariposa. La porción restante del cuerpo impactó el suelo y dejó un pequeño cráter –en términos espaciales–, que con el tiempo se fue llenando de agua de lluvias, formando el lago Cheko.

La energía liberada por el meteoro de Tunguska fue de treinta megatones. En Hiroshima, la de la bomba atómica que destrozó la ciudad equivalía a 0, 015 megatones. Ahora sí, vale la pena ponerse a pensar. Si el valle de Tunguska hubiera sido un centro densamente poblado, hoy estaríamos rememorando una masacre de dimensiones nunca antes vistas. ¿Cada cuánto tiempo se espera que ocurran ingresos de cuerpos de dimensiones similares a la atmósfera terrestre? Una media de cien años. Lo ocurrido en los Urales el viernes cumplió la predicción. Sin embargo, no logró superar al evento de Tunguska, que aun ostenta el tope del podio en el último siglo y medio. Por eso, este aún está fresco en los anales de la ciencia. “Si se desea iniciar una conversación con alguien dentro del ambiente de los asteroides, lo único que se debe mencionar es Tunguska”, cuenta  Don Yeomans, director de la Oficina de Objetos Cercanos a la Tierra (NEO), del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA. Y vaya que tiene razón.

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