Cincuenta sombras de nada

Cuando un libro promete ser totalmente adictivo, usualmente no lo es. Debe ser esa ley de que perro que ladra, no muerde, y que para ‘marketearse’ tanto, es mejor dejarlo a la propia experiencia. Así empieza ‘Fifty shades of Grey’: “Totalmente adictivo, te obsesionará, te poseerá y quedará para siempre en tu memoria”. Prometedor, sin dudas. Y ‘revolucionario’ dirían también algunos. Pero la realidad es otra.

Por: Paloma Verano | Crítica

Fifty Shades of Grey

[Spoiler Alert] Si todavía no has leído Fifty Shades, y todas tus amigas lo están comentando, aventúrate a buscar un link en Internet para poder leerlo en la web, y después, cuando hayas terminado tres o cuatro capítulos vuelve a esta reseña, pues de mucho no te vas a perder. 

Las novelas eróticas empezaron a resurgir con fuerza en el mercado a fines del 2012, copando el ránking de las más vendidas del año, y a su vez, logrando una subida tremenda en el mercado literario. Así emergía ‘Fifty Shades…’, en medio de una expectativa tremenda, pero bajo ciertas miradas de recelo. ¿Por qué? La autora, Erika Leonard (E. L. James), había aparecido dentro de un mundo de fanfictions bajo el seudónimo de “Snowqueens Icedragon” y su trabajo más notable fue, justamente, un fanfic de ‘Twilight’ llamado ‘Master of the Universe’ y eventualemente de este surgió: Fifty Shades of Grey.

Los símiles con la primera edición de Twilight eran completamente obvios desde un inicio. Antes de saber que existía una gran comparación con la obra de Stephanie Meyer, los pasajes, las situaciones, el vanagloriado Christian Grey se parecía cada vez más al vanagloriado Edward Cullen. Tanto Ana como Bella eran dos chicas que usualmente no encajaban bien dentro de los cánones sociales, pero que con ambos caballeros, se sentían como en casa. Los dos, peligrosos pero irresistibles, saben que la joven ‘inocente’ que se acerca hacia ellos cual caperucita roja al lobo, no está optando por la mejor opción, pues acabará saliendo herida. A Ana no le interesa, con tal de mantener un contacto íntimo con Christian. A Bella tampoco le interesó.

Lo único que diferencia a estas dos producciones literarias es el componente fantástico de la obra de Stephanie Meyer. En Fifty Shades, nadie es vampiro u hombre lobo. Aunque por momentos Mr. Grey actúa de una manera poco esperada y misteriosa, lo que hace también que parezca un ser de otra dimensión.

Pero más allá de un amor perturbador, peligroso y apasionado, Fifty Shades no otorga nada más. Completamente esperable, no sugiere sorpresas, ni finales no esperados. Puede ser interesante para pasar el rato, pero termina siendo un libro más. Un común denominador.  El único componente sorprendente por así decirlo son los encuentros eróticos, que en algunas ocasiones -contadas- se asoma a describirlos bien. De ahí, el trama transcurre sin novedad alguna, y uno hasta podría adivinar qué va a continuar después.

Los personajes son dos seres extremadamente inseguros y demuestran grandes falencias de inteligencia emocional. Llenos de conflictos, pretenden esbozar entre ellos una especie de tórrida relación sentimental, que aunque solo aparente ser pasional y carnal, entre líneas le va diciendo al lector que puede haber sentimiento. Eso es lo único que mantiene a alguien enganchado. Eso y las continuas y repetitivas escenas de sexo, sudor y lágrimas. Los diálogos, por su parte, son pobres. Durante toda la trama, los personajes se dicen lo mismo, en el mismo tono, con los mismos apelativos y en las mismas situaciones.

Y está el feminismo/machismo sutilmente deslizado, que empieza a incomodar cuando la sumisión es tanta que dan ganas de tirarle un par de cachetadas a la protagonista para que despierte. La búsqueda incesable del amor no correspondido y su masoquismo disfrazado de sentimiento, son un patrón fundamental en Fifty Shades. El hombre dolido, que no le abre puertas a una relación normal y que ha tenido muchas heridas en el pasado: El Bad Boy, que al ver a la princesa salvadora de su vida, sucumbe. Eso es lo que plantea Anastasia Steele, la protagonista, la que sueña con ese momento en el que ella lo salve a él. Ahí es donde ella lo pone todo a sus pies, y Christian, el hombre, el personaje masculino se alza encima del femenino y hace lo que se le ocurre con ella. Hace y deshace. Fácil en algún grado algunas se sientan identificadas con esta situación, pero en esta ficción llega a cansar.

Puede que no llegase a cansar si las diferentes circunstancias entre capítulo y capítulo no se repitieran tanto. El suspenso está completamente fuera de este best seller, no motiva, y aburre. Solo llega a ser extremadamente fantasiosa por todo el lujo en el que se ve envuelto el protagonista, sembrando una sensación de confort y estabilidad en el lector. Sin cambios drásticos, se puede apaciguar y adormecer a quien lo lea, re animándolo solo con las -infinitas- escenas subidas de tono.

Así pues, sin pena ni gloria, transita Fifty Shades of Grey en el mercado literario. Aunque, tengo que retractarme, más glorias que penas, pues la trilogía ha vendido 31 millones de copias en todo el mundo y ha encabezado la lista de best seller con récords como la edición de bolsillo de ventas más rápida de todos los tiempos, superando a la serie de Harry Potter. Pero más allá de los números y las ganancias, después de un tiempo mas o menos bien gastado leyéndola, ‘Cincuenta sombras de Grey’ no te deja nada. Ni una sola sombra.

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