El club de los nuestros

Aldo Mariátegui se fue de Correo y no se escuchan los ecos de siempre. Esos que resuenan con palabras como “censura” o “mordaza” cuando echan a un periodista de un medio sin una buena explicación. ¿Dónde se quedaron esos ecos? Al fondo del club de los suyos.

Por: Paolo Benza | Opinión

Mariategui

Se fue Alditus. Una circular interna y tres escuetos párrafos en el diario. Tan simple como eso. Y así nomás, adiós Epensa, más de siete años. Dicen que en política no hay coincidencias, pero entre neutralizaciones y casas millonarias, ya poco importa si fue el libre mercado o una no tan invisible mano verde amarela la que dio el empujoncito a su revocación. ¿Puede un “socio de 11%” sentarse olímpicamente en el resto del directorio así, sin más? ¿Qué tanto terreno había perdido Correo en el mercado frente a sus competidores directos? ¿Cuán descuidadas estaban las secciones que no le interesaban al director? ¿Le avisaron que querían cambios? Una vez más: ya poco importa. A quienes suelen hacer barullo por estas cosas, el despido de Mariátegui les cayó bastante bien. ¡Por fin se acabaron las columnas de este tipejo! Copas arriba y a brindar. Salud. ¿Averiguar los motivos? ¿Para qué? Si no era del club de los nuestros.

Así es, Aldo Mariátegui no paga la cuota mensual de eufemismos inútiles. Tampoco viste de verde como el resto ni se maquilla de neutralidad y corrección. No anda por ahí brindando por causas románticas pero imposibles —bastante malogrado debe tener el hígado como para hacerlo—; y por supuesto, no comulga con el principio rector de aquél círculo de coleguitas de juicio: ‘acomódate y pasa piola’. En realidad, hace rato que lo querían fuera. Lo veían rondar prácticamente solo en el gran salón de los creadores de opinión pública, con su título de ‘periodista más influyente’ bajo el brazo y su mezquindad rabiosa dándole vueltas por la cabeza, y pocos se atrevían a brindarle algún gesto de empatía. La derecha no genera simpatías populares. Mientras, él soltaba mierda de la buena y con ventilador, por aquí y por allá; que la Pura Universidad de la Cojudez del Perú, que coquito para Hilaria Supa, que el electarado, que los caviares esto, que lo otro, que hay que meter bala. Su aliento llegaba a todo el mundo, eso sí, y les removía una fibra muy particular. Muy particular. Por eso, cuando lo echaron, no había mayor cuestionamiento que hacerse, además del de por qué demoró tanto en salir. Y punto, ojalá que no vuelva más.

Para decirlo con todas sus letras: a ese grupete de periodistas, políticos y advenedizos de la ‘centroizquierda’ peruana les jode, les pica, les arde que haya un tipo con las pelotas para decir, desde su posición de líder de opinión, las cosas que dice Aldo. Y que encima se apellide Mariátegui. Así de simple. Alguien que venga y les refriegue en la cara su hipocresía, su doble moral para juzgar un hecho con determinada sensibilidad social dependiendo del color de quien lo protagoniza. Que le diga a Rosa María Palacios, mamita, tú trabajaste en la campaña de Hurtado Miller y ahora, no lo reconoces como un error y escupes contra el fujimorismo. O a Mirko Lauer, te zurraste en las violaciones a la libertad de expresión de Velasco y ahora pontificas al respecto en La República. Alguien que haya hecho evidente la hipocresía de quienes blandían las cifras de los muertos por culpa del fujimorato en las últimas elecciones, pero pateaban debajo de la cama las cenizas de los cuerpos de aquellos que perecieron en Madre Mia.

Y así, que les grite lo ineficientes que son y han sido sus políticas para administrar los recursos públicos. Que no tenga miedo de utilizar las palabras necesarias, de irse en carajos. Que no tenga que fingir que defiende los derechos humanos de los terroristas y revoltosos, mientras menosprecia los de policías y militares. Que le diga a los Diez-Cansecos, a los Manriques, a los Lynchs, a las García Naranjo, oiga, no me venga a hablar de justicia social con tremendo sueldaso, antes vaya a donarlo que el resto de peruanos queremos seguir beneficiándonos del crecimiento de la economía que ustedes, por no entender, siempre va queriendo frenar. Un tipo que joda y joda, que no se canse de joder y que, como si no fuera todo lo anterior suficiente martirio, tenga un público que lo siga. Ay, cómo les duele, porque ellos no hablarán así jamás. Porque siempre tienen que preocuparse de si es que parece que están privilegiando a los ricos en sus opiniones, o a la economía, o a las mineras, o si parece que son crueles, o injustos, o demasiado agresivos, políticamente incorrectos. Elegir sus palabritas con cuidado, no herir susceptibilidades.

El nieto del Amauta, como aquél, tiene muchos errores. Su estrechez de pensamiento varias veces lo hace dar opiniones facilistas, que dejan de lado factores culturales importantes. A veces simplemente su mala entraña, su resentimiento con la izquierda, lo hace errar. Como con la camioneta de Susana Villarán. De que la caga, la caga. Entiende bastante bien de economía y sabe de historia, pero cojea mucho cuando de abordar un tema con profundidad sociológica se trata. Es bastante egocéntrico y avinagrado, de un humor que incita al odio. Polariza. Tampoco posee una pluma exquisita ni parece tener habilidades netamente periodísticas excepcionales, y por sus cualidades de administrador habría que preguntárle al accionista del 11%, Luis Manuel Agois Banchero. Quizás no anden tan bien. Sin embargo, tiene eso que tenía su abuelo, esa necesidad de dar la contra no por pose sino porque sale de las entrañas. Para pensar y hablar como el resto de los coleguitas, mejor dedicarse a otra cosa. Las voces discordantes siempre suenan más fuerte, porque el cerebro tiende a atomizar los sonidos monótonos y desaparecerlos paulatinamente. Cualquiera que valore la libertad de expresión como pilar de su sistema de vida en sociedad sabe que siempre se necesitan personas así, tanto a la izquierda como a la derecha de la opinión pública. Sí, también de derecha. Si no, váyanse a vivir a Cuba.

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