Tú me hiciste brujería

Hay brujas y brujas. Las de los dibujos animados, las de las películas, las de las manzanas envenenadas, y las de verdad. ¿Las de verdad? Por favor. Para los escépticos no hay bruja que valga o magia que valga, eso queda para los cuentos de ficción. Pero para los creyentes, esto es una realidad. ¿Hasta cuándo van a continuar mandando a la hoguera a mujeres ‘inocentes’? Pues parece que muchos siguen pensando que con un simple conjuro de abracadabra es posible quitar la vida.

Por: Paloma Verano | Análisis

Estamos en una época en la que todos los aparatos ahora son inteligentes: celulares, microondas, refrigeradoras, equipos de sonido y más. Brindan facilidades y hasta adivinan tus necesidades, convirtiéndose, a veces, en la mano derecha de muchos usuarios. Sin embargo, y paradójicamente, cuando la tecnología está en su mayor apogeo y cuando nadie dudaría que la ciencia es lo único que puede fundamentar una teoría, reaparecen, casi como si de fantasmas se trataran, esos viejos mitos, esas leyendas, esos cuentos fantásticos, pero que aseguran basarse en la realidad.

Se considera una bruja a alguien que practica la brujería. Duh. Pero su imagen varía de acuerdo a los diferentes cánones culturales. Puede llegar a ser una anciana con nariz grande, fea, desgreñada y malvada, hasta una joven guapa, moderna y seductora. Ambas practican este tipo de magia que, usualmente, solo sirve para su conveniencia y para causar daños —la magia negra—, con la que pueden hacer y deshacer cuanto se les antoje.

Lo que parece pertenecer solo a cuentos de ficción, ha logrado calar en los factores psicosociales de la población de manera significativa. De hecho, muchos escépticos dicen que la magia no existe, y la brujería mucho menos. Pero las culturas siguen creyendo, y los miembros de estas culturas, también. Tal vez sea porque siempre lo desconocido causa curiosidad, asombro y en cierto modo, temor.

Pero cuando la violencia se asoma, se vuelve legítimo y de cierta forma obligatorio preguntarse, hasta qué punto se pueden entender las diferentes costumbres en las diversas culturas, o hasta qué punto se considera un ataque a los derechos fundamentales del ser humano. ¿Relatividad o consideración? ¿Comprensión o indiferencia?

Han pasado más de 400 años desde los juicios a las “brujas” en Inglaterra, las hogueras y las condenadas a la horca; sin embargo, en pleno siglo XXI una mujer en Papúa Nueva Guinea fue asesinada por “practicar brujería”. No protagonizó ninguna película, no era un montaje, fue real. Tenía 22 años.

Fue acusada de matar al hijo de una vecina, injuriando maleficios y demás. El niño falleció de una extraña enfermedad, por lo que toda la culpa se le fue atribuida a ella. La histeria fue colectiva, la gente la insultó y la amordazó para torturarla con un instrumento de hierro. Nadie entendía lo que ella decía, o no querían entender. Ella no había hecho ningún conjuro, no era una bruja. ¡No tenía nada que ver con su muerte! La familia no entendió, y tampoco los pobladores de Mount Hagen quienes la rociaron con gasolina y la quemaron, sin pensar ni darse cuenta en lo arcaico de su proceder. Estamos en el 2013, por dios.

Y aquí empieza la disyuntiva. Si bien, después de los miles de estudios culturales, de derechos humanos y sociales, se ha implicado que la multiculturalidad y la interculturalidad (parecen iguales, pero son diferentes) son completamente necesarias para poder garantizar una convivencia armoniosa al menos en un 50%. Así que bajo esa premisa aparece la tolerancia a distintos hechos como esta “quema de brujas”. Pero, ¿qué tanto está justificada este, sin más decirlo, asesinato a vista y paciencia de todos? Vale preguntarse esto, pues no es el único caso que se ha reportado.

“En el 2009, tras una serie de asesinatos, el presidente de la corte Constitucional de Papúa Nueva Guinea dijo que los defensores estaban utilizando las acusaciones de brujería como una excusa para justificar asesinatos, y pidió una legislación más estricta para abordar el problema”. También, en el norte de Ghana existe un campamento de refugiados, que consta de más de mil mujeres que son acusadas de brujería. Estigmas sociales por doquier, y también abuso de género. Son obligadas a pagarle al hombre que dirige el campamento. Típico.

Y podríamos así enumerar tantos casos culturales de brujería, que en pleno siglo XXI siguen apareciendo en las noticias, sin provocar más que un asombro y una vuelta de página. “Son puras creencias, qué mal que hayan hecho esto”. Y nada más. Parece que se va a seguir permitiendo esta quema de personas, que han tenido el único delito de ser estigmatizadas por un mito, por una leyenda que no tiene nada de cierto. Si tanto hablan de que la ciencia revoluciona la vida, pues que revolucione esto también, haciendo ver de una buena vez, que con un ‘conjuro’ no se puede matar a nadie. Deberían entenderlo ya.

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