Esto no es sobre Navidad

Por: Paloma Verano | Opinión

Micaela tenía 6 años la primera vez que se quedó despierta hasta tan tarde. Tenía que esperar las 12 en punto, todos lo estaban haciendo. Se sentía entusiasmada porque su familia había ido a su casa, sus primos, sus tíos, sus papás, todos con paquetes enormes de regalos, pero no entendía bien qué era lo que estaban celebrando. Aún así, muriéndose de sueño, siguió jugando y viendo cómo preparaban el banquete navideño.

Llegaron las 11:55 y su mamá la llamó a la sala para esperar la medianoche. Los cohetes sonaban cada vez más fuerte, pero ella ya se había acostumbrado. En eso, todos empezaron a abrazarse, su mamá vino corriendo, le dijo: ¡Feliz Navidad, mi amor! y la abrazó muy alegre. Sus tíos le empezaron a dar varios regalos. Micaela pensaba que su cumpleaños ya había pasado, pero no le molestaba pues eran unos juguetes bastante curiosos. Mientras desenvolvía los paquetes pensaba que ya no tenía que ir al colegio, venían las vacaciones y podría jugar todo lo que se le antojara. Así también lo pensaban sus primos y juntos empezaban a jugar, mientras que los tíos, padrinos y abuelos se seguían felicitando por este gran acontecimiento.

A los 11 años esto ya se había convertido en una tradición para Micaela. Todos los años conforme iba terminando noviembre, ella ya empezaba a preparar las cartas navideñas para sus amiguitos de colegio y para sus tíos. A veces horneaba algunas galletas con su mamá, y siempre esperaba las 12 junto a ella. El último mes del año para ella era demasiado especial, todos en la familia se trataban mejor, habían menos peleas, había mucha más tolerancia, y si alguien estaba molesto con alguien, la navidad era una buena excusa para dejar los rencores atrás. Así lo pensaba ella.

Micaela ahora tiene 20 y recién se acaba de dar cuenta que estamos a un día de Navidad. Había escuchado uno que otro villancico en estos días pero no le prestó mayor atención. No sabe quiénes vendrán a su casa, y en verdad poco le importa. Después de haber visto cómo las ofertas de juguetes, ropa y electrodomésticos  se valían de esta fecha para asegurarle al comprador que tiene que aprovechar estos precios – más bajos siempre-, se le quitaron las ganas de propagar este espíritu festivo.

Cuando las peleas ya no se extinguían por arte de magia, sino que empezaban a abundar, también se le quitaron las ganas. Cuando el tráfico se hacía cada vez más insoportable y su mamá le decía ‘ay, debe ser por fiestas’, se le quitaron las ganas de celebrar. Cuando no podía ir el 23 a comprar un simple polo porque la cantidad de personas en los centros comerciales era inmensa, se le quitaron las ganas de celebrar. Cuando las luces en los árboles y la melodía de Jingle Bells retumbaban en sus oídos todos los días que regresaba a casa, se le quitaron las ganas de celebrar. Cuando la gente dejó de esperar las 12 para abrazar a su ser más querido, y eligió ir corriendo a abrir sus regalos, o a abrir la botella de champagne, se le quitaron las ganas de celebrar. Cuando no le encontraba el sentido a todo este constructo cultural -y religioso-, se le quitaron las ganas de celebrar.

 Así, Micaela fue perdiendo la emoción por esta fecha. El consumismo ayudó bastante a eso. La desilusión propia de su edad, también. Sin embargo, empezó a participar de chocolatadas y entrega de regalos para ayudar a niños con bajos recursos, aunque sabía que eso era propio de la época navideña, porque no lo hacía todo el año. Y ahí se dio cuenta que la Navidad, pues, no era tan mala después de todo. Servía como excusa para ponerse más sensibles, más caritativos, más amables. Servía para que se encuentre un tiempo de reunión y de saludos con los que más se quiere aún así tenga que ver a la tía que le pregunta cuándo piensa casarse o al tío que le dice en todas las ocasiones: ¡Cómo has crecido, ya me pasaste! Ellos eran parte de ella y de sus recuerdos. Servía para que la gente sienta que debe ayudar, y done panetones a los albergues, o den más de cinco soles en la colecta de ‘Navidad es Jesús’. Sirve, sobretodo, como excusa para decirle te quiero a esa persona. Y sirve también para extrañar a quienes están lejos, a quienes van a volver pronto, y a quienes ya no tienen pasaje de regreso. Micaela lo entendió, pues así no más, en toda la cotidianidad no se encuentra un tiempo para compartir. Tal vez, si nos ponemos a pensar bien, nosotros sí lo podamos encontrar.

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