Usted es la cumbre del cine, Padrino

The Godfather Part I

Filmada en estado de gracia, esta película representa la obra cumbre del cine moderno. Poderosa, profunda, soberbia e inoxidable con el paso del tiempo, The Godfather es la muestra de mayor esencia que el cine necesita.

La literatura, el cine y sus paralelos
Una novela nunca se va a comparar a una película. Leer es diferente a visualizar y oír. Se enlazan, y nada más, cuando alguien esta deseoso de ver con sus propios ojos lo leído. El uso de la imaginación es distinta: los personajes en el papel se dibujan en nuestros cerebros de formas y colores indeterminados, y somos partícipes de la realidad alternativa con nuestras propias herramientas, como mejor hayamos podido prepararlas para ese viaje de ensueño donde lo material basta con la tinta y las historias se desgarran en el viento.
Cuando la necesidad es verlo y oírlo, el ambiente modifica la esencia de la narración. Es verdad que los cimientos de este arte contemporáneo son la escritura, en esas partituras de la dramaturgias convertidas en planos, juego de luces y personajes en escena, pero la construcción de la imaginación contiene elementos que, muy por el contrario de la literatura, centran la atención en una pantalla gigantesca y sus figuras en movimiento. La sala de proyección es oscura, las personas se mantienen en silencio, y todo invade al individuo como una esfera en constante ebullición de idea y formas.
Sin embargo, ambas actividades tiene un punto de encuentro. Se han convertido a lo largo de los años en la representación del mundo como lo vivimos, de los tiempos como son ahora, ayudándonos a entenderla mejor, a transcurrir por el laberinto que es la vida desde los primeros pasos hasta la inevitable muerte. La literatura y el cine nos dan atajos o profundizan en las frustraciones, pero siempre analizan los temas de trascendencia, el destino, el alma, la historia y el racionamiento.
Aun así, nadie podrá distinguir que son diferentes, y la disputa entre si las adaptaciones cinematográficas de lo antes representado sobre el papel puedan tener el mismo aplomo, se va a medir por separado, porque pertenecen a universos donde principalmente la atención y el rol del consumidor varía sustancialmente. Mario Puzo y Francis Ford Coppola logran lo que parece imposible: un compendio armonioso, cariñoso y amoroso entre dos artes ligadas por la historia y por los sentimientos, más no por lo razón y las ideas crudas y poco hilarantes de la humanidad. Si la novela talló personajes imborrables y la organización, ejemplificada en una familia del hampa, de la sociedad —por qué no mundial— de los últimos cien años, la película construye imágenes imperecederas, que se inyectan en la retina dispuestas a no salir jamás.
Una historia que se impregna en la memoria
Los migrantes italianos a América, como tantas otras etnias del resto del mundo, se establecieron en una metrópolis nueva a comienzos del siglo pasado como Nueva York, donde arribaron junto con sus costumbres y gran parte de su cultura. Como en los campos de Sicilia, donde el sistema feudal estaba presente en cada pueblo con mucha más violencia y poder central que en otras partes de Europa, en la gran manzana algo similar ocurrió con los negocios que la gente armaba para sobrevivir: determinados padrones ofrecían seguridad y protección a cambio de tributos y regalías. Así se originó el negocio clandestino de la Mafia americana, de negocios bajo la mesa e inevitables crímenes organizados, aunque similar a la formación de gobiernos o corporaciones.
En la ficción de The Godfather, la organización de los padrones estaba determinada por cinco familias, rivales y amigos según convenga la situación. La más poderosa de ellas era la dirigida por Vito Corleone, que en esta historia ya llevaba cerca de treinta años al mando y estaba pronto a suceder su trono al primogénito Sonny. Su poder se definía por sus amistades en estamentos gubernamentales, cortes de justicia y demás sectores de poder, y sus negocios principales, aunque tapados por la venta de aceite de oliva, eran las mujeres y los casinos. Era 1945, se terminaba el periodo de violencia global y su hija contraía matrimonio, cuando un negocio más peligroso toca las puertas de la Mafia como si fuera su inevitable futuro: los narcóticos.
Escribir sobre esta película es como si uno estuviese haciéndolo en mayúsculas todo el tiempo. Lo visto sigue repitiéndose en la mente  al salir de la sala, donde uno se siente flotando, y sigue repitiéndose así por semanas. Los personajes inspiran a la creación y la historia parece ser siempre inigualable. Trasciende por contenido, por construcción, pero lo hace aun más por coraje y voluntad de narrar sin miedo, sin estar siendo observados y medidos por ninguna vara, como lo hicieran las producción de la industria más grande del cine mundial durante décadas. Representa la transformación del cine de estrellas y estudios a la plataforma independiente de una creación sin reglas, donde el autor es quien elabora sin máscaras.
En esa época, donde el cine necesitaba algo nuevo por la competencia de la televisión —aquella caja boba que desvirtúa la atención elaborada por la salas oscuras y silenciosas para las proyecciones audiovisuales—, el estallido se produjo con una abanderada que retrato a toda una sociedad en un ejemplo específico. Quizás, la grandeza que buscan conseguir todas las obras anteriores y posteriores. De manos inexpertas, pero habidas; de creadores con estilo y con novedad. Uno puede ver y volverlo a hacer sin cansarse, a pesar de las tres horas de duración que rogaría sean más, interminables, porque llegado el fin el tiempo transcurrido no se siente. En lugar del tedio, la historia se vuelve cada vez más profunda con los minutos por las agallas, esas que no deberían desvanecerse con el tiempo, creando un lenguaje etéreo y sinfónico que acompaña con libertinaje y majestuosidad.
La obra maestra del cine moderno
The Godfather: Part I construye con lenguaje imperecedero situaciones que siempre han alimentado a las tragedias más profundas, a los dramas más intensos y a las comedias más encantadoras. Construye sobre las miserias, desvarío y grandezas del poder, de la barbarie y la traición, de las altas cumbres y las bajas quiebras, la fatalidad y el destino, la responsabilidad, los objetivos, la falsedad, la soledad, el crimen, los gobiernos, los interminables códigos sociales y, quizás lo más humano entre la humanidad, la supervivencia. Y lo hace todo con absoluta claridad envidiable para muchas otras que en dos, tres, cuatro o cinco horas, como fuera, no han podido alcanzar tamaña profundidad y al mismo tiempo exactitud de conceptos dentro de sus parámetros.
Esa originalidad no se opaca con la habilidad del reparto. Sería difícil excluir de estas lineas a Marlon Brando, amo y señor de la cámara, que como las grandes interpretaciones, solo necesitó poco más de media hora para comerse la pantalla y poner un sello que se perciba en las entrañas durante todo el largometraje. En el resto, deja libres a sus hijos, sospechosos de serlo no solo en la ficción, sino también en el legado. Ellos personifican las diferentes caras de una sociedad lacerada, fraccionada y ruin. Por momentos estás de acuerdo y por momentos te permiten juzgar sus decisiones, para que el público pueda formar parte de sus realidades. Palabras no sobran para el personaje central de la trilogía completa, un Al Pacino como una obra de arte, que confluye a todas las personalidades en un solo dominio tanto escénico como retórico y narrativo.
Quedan algunas líneas para dedicarlas a la grandiosa capacidad de impregnar la música en cada acción, en cada escena, en cada plano, para que calce la emoción como la más afanosa arquitectura; la habilidad de un montaje en paralelos que pueda organizar a tantos personajes en una sola línea y en un timing calzado a pulso suizo; el coraje por una iluminación oscura, tenebrosa, que entrega no solo sofisticación, sino sobriedad y concepto para cada elemento del rodaje.
La importancia de los diálogos, la creatividad de la historia, la claridad de los conceptos y el raciocinio de saber donde filmar y donde encontrar esas imágenes gloriosas que quedan grabadas en la retina junto con lo oscuro del voraz mundo del estilo de cine por excelencia, hacen de esta cinta una obra maestra que no podrá ser dejada de lado por el tiempo y prevalecerá, como ninguna, en la más grande fuente de esencia e inspiración que el cine necesita. Aunque se haya visto mil veces y se puedan saber las lineas de memoria, seguirá manteniendo una complejidad y un atractivo sin igual. Y quedará espacio para la segunda parte.

The Godfather

Fabrizio Ricalde, 16 de noviembre del 2012

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