¿Tengo el orgullo de ser peruano?

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Tal vez es porque nuestra imagen en el exterior no es la más idónea. O tal vez es porque en el pasado no tuvimos mucho renombre. De repente es porque estamos de moda, pero si yo pregunto ¿quién está orgulloso de ser peruano? El noventa por ciento responderá: ¡Yo! El otro diez por ciento no sabe, no opina, no es de acá o simplemente, le interesa un comino el Perú.
Y hablando de orgullos, quien no haya escuchado hablar del boom gastronómico, está en nada. O no lee periódicos. Pero este fenómeno mediático de ‘qué rica es la comida peruana’, no ha estado inherente en nuestra conciencia desde que nacimos. Esto empezó hace 10 años, con Gastón Acurio, y la mediatización de la interculturalidad en la cocina y todo el floro que ya conocemos. Así no más uno no decía que comer Pachamanca era rico, imagínate, qué dirían las amigas del gimnasio. No, yo como ensalada Ceasar’s, nada más. Con el ‘boom’ esto cambió.
Conforme pasaba el tiempo, la necesidad de encontrar un boceto de identidad peruana se fortalecía con la promoción de la comida nacional. Con la publicidad, propagandas, academias de cocina, todos rezaban cual amén la frase ‘la comida peruana es riquísima’. Y gracias a que, en verdad, tiene una variedad de sabores celestial, es que no solo lo rezaban los peruanos, sino también los extranjeros. Lo exótico era nuestro imán, y el complot de diferentes combinaciones hacían que cada plato gritara a los cuatro vientos: ¡Sí, mírenme, soy yo, la comida peruana… Disfrútame, siéntete orgulloso de mi!
Esto me recuerda a un profesor de la universidad que en una clase empezó a hacer reflexiones acerca de ‘el sentirse orgulloso de su país’, después de irse por las ramas (como yo) y dejar de hablar de Kant y de los imperativos categóricos, dijo algo como lo siguiente: “Es un poco absurdo decir tengo el orgullo de ser peruano (argentino, boliviano, europeo, etc), uno se siente orgulloso de algo que ha hecho, de algo que ha producido o de algo que ha creado, no de haberse dado la casualidad de ‘ay, nací aquí, voy a sentirme orgulloso de eso'”. Pero, sin duda, no nos ponemos a pensar en eso normalmente. Al menos no ahora.
Ahora que todos dicen que el Perú está de moda, también es necesario encontrar esa identidad perdida. Y ya que falla la política, falla lo social, falla el fútbol, solo queda aferrarnos a eso que hasta ahora no nos ha fallado nunca. Esta diversidad de sabores refleja la diversidad de culturas. Estas preparaciones, estas recetas, esta sazón no es algo de lo que cualquiera se puede sentir orgulloso, al fin y al cabo, son esas personas que preparan deliciosos platos los que pueden levantar la frente en alto y decir “yo me siento orgullosa de haber sido galardonada por los premios World Travel Awards (Mejor Destino Culinario) y de que la gastronomía peruana movilice 1500 millones de dólares en el extranjero”.
Nosotros, los simples mortales cuya especialidad es tortilla revuelta, podemos sentirnos orgullosos de otra cosa; de entender que la comida peruana es un arma social, una herramienta para reunir diferentes culturas sin ponerse a pensar, eso no se come porque lo come fulanito. Hace bastante falta pasar de aquello que dicen en los documentales, a lo que vivimos a diario. Hace falta pasar del orgullo tácito y mediático por promover el turismo y la comida y Machu Picchu, a revisar con profundidad porqué son esos los pilares sobre los que se erige nuestra identidad. Fácil mientras comemos un cebichito podemos ponernos a pensar en eso.
Por Paloma Verano
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