De curvas y revoluciones

Una noche iba manejando por la Raúl Ferrero, a la altura del centro comercial, y necesitaba dar vuelta en U. Estaba en el carril derecho y debía pegarme al izquierdo, pero las luces de un carro negro aparecieron en mi espejo. Decidí dejarlo pasar para poder hacer la maniobra. Resultó que él también tenía planeado dar la vuelta, así que giró y se detuvo en el cruce, esperando a que terminaran de pasar los carros que venían en sentido contrario. Me coloqué detrás, en fila.
Luego de solo unos segundos, de manera totalmente instintiva, me abrí hacia la derecha y me coloqué al lado del carro negro. Toda persona que se ha subido a un carro en esta ciudad tiene registro de ese movimiento: en un cruce, los carros que quieren doblar hacia un lado y tienen que esperar a que terminen de pasar los que vienen en contra deberían esperar en fila ocupando un solo carril, pero siempre se abren a un segundo o tercero, obstruyendo completamente el tráfico. En la soledad de aquella noche, yo no obstruí a nadie, pero ese mismo extraño vació nocturno despertó un rincón ridículamente reflexivo de mi cabeza.
En realidad, no ganaba absolutamente nada con ponerme al costado del auto negro. Los carros que venían en dirección contraria iban a tener que terminar de pasar de todos modos y, además, por lo angosto del pase, no podía adelantarlo en la curva. La serie de deducciones que siguió a la pregunta que me hice luego fue una verdadera prendida de foquito. Todo ese proceso termina en esta columna, pero en ese momento no podía creer cómo, a partir de una situación tan cotidiana, había logrado entender un problema cuyo origen me había estado rondando la cabeza el último par de semanas. La pregunta fue simple, redundante e irrisoria: ¿por qué acababa de hacer lo que acababa de hacer?
Primero pensé que había querido pasarme de vivo, tratando de ganarle la salida a ese carro que –valgan verdades– iba bastante lento. Pero me di cuenta que pasaba por ahí regularmente y sabía cuan angosto era ese pase, así que era imposible que lo haya hecho con esa intención, pues no había forma de sobrepasarlo. Es más, hasta se me complicaba bastante más la curva. Al final, giré, avancé y llegué al siguiente semáforo, Raúl Ferrero con el Corregidor, allí puse parking y repasé mentalmente lo que acababa de pasar.
Pregunta estúpida tras pregunta estúpida, llegué a la respuesta. Había hecho eso solamente porque sentía que, si venía otro carro, de ninguna forma se iba a poner detrás mio. No, se iba a poner exactamente donde me puse yo, pero jodiéndome el pase a mí. Esa ‘pendejada’ al volante es tan típica que la tenía interiorizada, la sentía como algo normal, natural y común, y ni siquiera tuve que pensarlo antes de girar el timón y moverme para evitarla. Ya con la respuesta, volví a avanzar. Pocos segundos después, una idea desubicada apareció en mi cabeza: política universitaria.
Prefiero ya no extenderme en palabras. Simple: pasamos la vida diciendo que la escena política peruana es una mierda, volteamos y ¿qué estamos haciendo? La misma mierda. Nosotros, los que todos andan llamando “el futuro del país”, tenemos las mismas prácticas a la hora de hacer política universitaria que las que les criticamos a los políticos de carrera. ¡Las mismas! Si no estás en una de esas universidades en las que te hacen firmar una hojita prohibiéndote participar de marchas y esas vainas –UPC style, según me cuentan–, ya te habrás enterado cómo es. Desde que te empotran el planillón en la cara un par de días antes del cierre de inscripciones para que firmes por su lista, hasta la guerra sucia en las redes antes de la elección, los ejemplos abundan. Los que dicen que son independientes (el típico polito blanco) y saben que no lo son, la pelea inútil de siempre entre rojos, verdes y azules, solo porque ‘derecha e izquierda siempre tienen que estar en contra’, los que deberían fiscalizar y tienen color, los que hacen propuestas sabiendo que jamás las van a cumplir, los que atacan a las personas y no a sus ideas, los que difaman, los populistas, los que sacan los trofeos de la gestión, los que quieren corromper el conteo, los que lo cuentan solo cuando compiten contra ellos, etc., etc., etc. Y al final, todo se ve tan parecido a las campañas presidenciales que uno no quiere ni acercarse a las mesas el día de la votación.
Hasta esa noche en Ferrero, pensaba que eso ocurría porque simplemente la gente que se metía a hacer política universitaria era de esa calaña. Ahora lo entiendo de otra manera. Lo que pasa es que las malas artes, las mentiras, el fraude, la trampa, el insulto, la guerra sucia, el acoso, todo eso está tan institucionalizado por la acción de unos cuantos –importado de la política grande, quizás– que el resto lo practica por reacción natural. Exactamente igual a las ‘pendejadas’ al volante. Porque es algo tan normal que la sensación general es que, de no hacerlo, se pierde por quedado, por no saber debatir, por no saber ‘hacer política’.
El problema es que se ha formado ese tobogán que conduce al fondo del abismo de la banalización de lo que en verdad importa detrás de esos castores, rompecabezas o lo que sea: los alumnos. El debate tiene que estar orientado a ellos. ¡A ellos! Toda esta columna se ha estructurado en base a inferencias a partir de situaciones, así que me permito hacer una última. En un entorno en el que ese status quo defectuoso está tan arraigado, la única forma de remplazarlo yace en un extremo. Un buen extremo. Ni la suma inocencia ni la moral puritana son de mi agrado, pero solo un grupo que ponga los principios correctos y claros por delante de cualquier acción y como fin último de su existencia, podrá romper con ese sistema. Así, aunque pierdan, sabrán que han ganado una batalla muy diferente a la que pelean los otros.
Paolo Benza
Anuncios