La espiral del Sendero

Desde el jueves, cualquier medio con un mínimo corte político ha tocado el tema de la proliferación del movimiento fachada de Sendero Luminoso, acentuando lo que Pedraglio ha llamado ingeniosamente la ‘Movadefización de la agenda’ mediática. Dada la carrera que estudio, soy consciente de que los medios suelen maximizar la peligrosidad de este tipo de noticias, no solo para vender más diarios o tener más rating, sino también por el afán narcisista de presentarse como los paladines de la democracia y el buen gobierno. Además, suelen ser muy sensibles al rebote informativo: si un medio pone un tema sobre el tapete, los demás infieren que es relevante y que a la gente le interesa, y lo repiten hasta el hartazgo. Miremos el ‘caso Ciro’. No obstante, la amenaza del Movadef termina por parecerme cierta y cercana, más cercana de lo que muchos peruanos –sobre todo limeños– la perciben.
Podría pasar por alto la presencia senderista en el extranjero. Aunque muchos no lo sepan, estas organizaciones siempre mantienen activas sus cédulas internacionales pues de ellas recaudan los fondos limpios que las aferran a la vida. Además, es comprensible que en otros países no entiendan que para nosotros el Movadef es solo un poco de base y rímel sobre un monstruo bañado en sangre. Pero eso no es lo que deberíamos estar mirando, al menos no como prioridad mayor. Está bien, los periódicos de derecha tenían hacer leña del Nicolás Lynch caído, pero hay un tema que debería preocuparlos más que esa simple vendetta política, que debería ponernos a todos a pensar. No puedo explicar cuánto me jodió ver cómo se hacía el recuento de universidades en las que se había detectado presencia activa de la fachada senderista, junto a un video en el que aparecían sus representantes acaparando la atención de un debate público en la San Marcos. ¿Es que nunca aprendemos?
Hace un año quemé mis pestañas muchas horas para hacer una monografía de Investigación Académica titulada “El papel de la universidad pública en el surgimiento y desarrollo del periodo de violencia política en el Perú”. Suena aburrido porque es aburrido. Soy plenamente consciente de que esas letras terminarán perdidas en el fondo de mi cajón, pues el profesor y el jefe de práctica hace rato deben haber botado sus respectivas copias a la basura. Por lo demás, cualquier cosa con un título de más de diez palabras está plenamente condenada al olvido. Pero al menos puedo decir que aprendí algo, que hoy tengo la autoridad para decir lo que voy a decir. Si una sensación me dejó ese trabajo fue que hoy es tan probable como antes que desde las aulas universitarias renazca el terrorismo.
Es verdad que la situación económica hoy es otra, no en vano los indicadores dicen que somos un país de renta media, los conos son zonas pujantes con alto poder adquisitivo, lo que se refleja en la compra de carros, el boom de la construcción, el alza de asegurados en AFPs y un largo etcétera. Por eso, no voy a caer en la premisa de siempre: tú vives en Lima, tienes plata y por eso crees que todo en el país va viento en popa. No. Es cierto que estamos saliendo de la pobreza, mal que bien, de la manera más eficiente en que podemos, pero aún hay casi un tercio de peruanos a los cuales esa nueva riqueza generada no les ha chorreado. Al menos no lo suficiente. Es natural que una persona quiera más de lo que tiene, sobre todo si ve que las otras empiezan a alcanzar mejores estándares de vida. Es natural, también, que ese deseo se camufle en ideologías revolucionarias. Lo que sí no es natural es que nadie parezca entender eso ni intente ponerle freno. El artífice de la debacle peruana de los setentas y ochentas no fue un guerrillero al estilo Guevara, no solía ensuciarse las manos con la sangre de las víctimas de la ‘guerra popular’. Abimael Guzmán accedió a una cátedra de filosofía de la por entonces recientemente reabierta Universidad Nacional San Cristóbal de Huamaga y desde ahí comenzó el proyecto que haría tambalear la idea misma del Perú como país viable.
Quizás si estés en la de Lima o en la UPC no llegues a entender esto, pero en muchas universidades buscar arreglar el país es algo común y no excepcional, la política universitaria es parte integral de la vida estudiantil y no algo de unos cuantos raritos. Todo eso es genial cuando no engendra las posturas equivocadas. La libertad de expresión y la pluralidad de pensamiento que correctamente otorga el espacio universitario se altera cuando al debate ingresan dos factores decisivos: la continua percepción de injusticia en el medio en que se desenvuelven sus alumnos y el abandono de la educación por parte del Estado. Ambos generan que el discurso que ve a la clase gobernante como la culpable de las injusticias y pretende derrocarla para arreglarlas cobre fuerza. Ni siquiera tiene que ser adoptado por la mayoría de alumnos, basta con unos pocos que griten y se muevan bastante.
Ocurrió así en la UNSCH, en la Cantuta, en la San Marcos y demás universidades estatales hace cuarenta años; cuando un grupo está ideológicamente comprometido con una postura totalitaria, no hay quien lo pare. Su vehemencia es tal que acalla las críticas y se alza como la principal. Por eso, de poco valió la tibia oposición que en aquel entonces intentaron hacerle a SL las izquierdas moderadas, como Vanguardia Revolucionaria. Se forma una espiral del silencio (como la que explica Elisabeth Nicole-Neumann) potenciada por la seguridad de poseer la verdad, aquella única capaz de resolver los problemas de su caótico mundo, y la poca capacidad de reflexión que la educación escolar les brindó a los estudiantes. Si a ello le sumas que el Estado no está para ponerles el pare, ¿qué tenemos? Un verdadero cóctel de terror.
Repasemos: personas sin capacidad de pensamiento reflexivo que perciben condiciones de injusticia, expuestas a un discurso que les asegura ser el único  capaz de solucionar sus problemas –así ya no tienen que contrastarlo con los demás en un necesario ejercicio de debate interno–, que además aparece como el que tiene más fuerza porque sus integrantes siempre andan con megáfonos gritando lo mismo, siempre están en las marchas y en los eventos en la universidad, a diferencia de los otros grupos políticos que se pretenden más intelectuales, y al parecer sin un Estado o autoridad que actúe para contrarrestar esa situación. Eso pasó en los setentas y está pasando hoy: las universidades fueron centros de reclutamiento. De ahí a controlar las asambleas universitarias, de manejar la asignación de fondos, de cambiar los contenidos de las cátedras, de controlar los comedores de estudiantes y las viviendas universitarias, de creas ‘escuelas populares’, etc., hay un paso. Un pasito.
Quizás esta vez no empiecen a tirar bombas, porque sus militantes están visiblemente identificados desde que pretendieron inscribirse como partido político. Pero el solo hecho de que las universidades les sirvan como trampolín a la vida política para que reivindiquen la ideología que le costó la vida a setenta mil peruanos… no. ¡No me jodan!
Paolo Benza, 11 de noviembre del 2012
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