Una fuente de vida y esperanza

Guillermo Perata 155, de paredes cremas y puerta de madera, significa más que una simple dirección para muchas madres e hijos que vienen de provincia. Para ellos, significa un espacio, un alivio, un respiro.

Nos abrió la puerta un niño. Con una mirada tímida pero sonriente susurró “pasen” y fue corriendo hacia el interior de la casa. Nosotros, sin oportunidad de explicarle nuestra presencia, accedimos. Adentro nos recibe Ariela Valencia, encargada de la casa, quien luego de disculparse por el desorden hecho por los niños, nos invita a pasar al fondo de la casa. “’Fuente de vida’ es un trabajo para mí. No vivo acá pero vengo todos los días de 9:00 a.m hasta las 6:00 p.m”, comenta mientras se acomoda en el patio trasero. De fondo en nuestra conversación aparecen las voces de los niños que, sentados en una mesa junto a tres chicas voluntarias, se enfocan en sus tareas.

Por: Paloma Verano | Entrevista

09 de noviembre del 2012

¿Qué es Fuente de Vida?

Fuente de vida es una casita donde se aloja a gente con cáncer que viene de provincia. Vienen con el SIS al INEN y nosotros tenemos un convenio con el INEN, de mutua cooperación. Las asistentas evalúan a las pacientes que no tienen familiares en Lima, ni recursos económicos o dónde hospedarse, y nos contactan. Aquí los aceptamos cuando tenemos camas disponibles, les ofrecemos cama y comida, pero en realidad se les da mucho más. Hay gente que llega sólo con la mochila que tiene puesta y nada más.

¿Cómo surge la idea?

En el 2008, Ricardo Pun, que es el presidente de la Asociación, tenia un sueño: hacer un albergue. Así que les presentó el proyecto a un grupo de amigos, les gustó y formaron lo que es Fuente de Vida. Recién tenemos la casita desde febrero del año pasado. No es fácil conseguir una casa, cuando te van a alquilar te preguntan quiénes van a vivir y si le dices que es un albergue no te hacen el contrato por la cantidad de gente, porque es gente de provincia y mil pretextos más.

Lo que más resalta a la vista dentro del comedor es la cantidad de fruta que hay en una de las repisas. En la mesa, dos señoras cortan algunas figuras en papel, mientras que un niño chequea un cuaderno de matemáticas. Al otro lado en una mesa de plástico amarilla están sus demás amigos, también haciendo tareas o ejercicios de aprestamiento escolar. Todos ellos tienen cáncer.

¿Sólo reciben niños?

Niños hasta los 13 años y en mujeres no hay edad. En la casa no recibimos caballeros, por un tema de tranquilidad. Es algo delicado porque hay veces en las que el niño llega con su papá

¿Cómo hacen para manejarlos y educarlos?

Mano dura (se ríe). En realidad vienen casi siempre con la mamá y ella es la que lo lleva al INEN y  hace todo. Aquí es como si fuera su casa, tienen su espacio, tanto para la madre como para e niño.

Barriendo la sala está Gisela. Ella vino con sus dos hijas y es de Cajamarca, de un pueblito llamado Santo Domingo de la Capilla, donde para llegar, hay que viajar dos días, y cada 21 días tienen que ir al hospital. La señora no tiene presupuesto para viajar cada 21 días y se queda acá. No tiene esposo, no tiene familia. En otros casos, la madre que viene a Lima por el tratamiento de su hijo, recibe el apoyo económico de sus familiares. Gisela no tiene a nadie. Fuente de Vida, nos explica Ariela, ayuda, pero no puede asumir todos los gastos.

Mientras Ariela nos cuenta, le pasan el teléfono y habla con alguien que le pide información sobre quiénes están en la casa, ella responde diciendo los nombres y edades de los niños de la casa. Luego menciona lo que comen los chicos: “todo natural”, dice por teléfono. Cuelga y continúa.

Hay algo más, que acá en la casa no consumimos nada con azúcar, ni persevantes ni nada de eso. Ricardo (Pun) es médico nutricionista, y les hace llevar una dieta saludable. La quimioterapia les mata el hígado, entonces si les das comida chatarra haces trabajar más su hígado.  Además, el azúcar acelera las células cancerígenas.  Las mamás se quejan y nos dicen que ellas no tienen cáncer. “Si pues, pero tu hijo sí y tienes que enseñarle a comer sano”. Cuando hacemos fiestas no hay nada de bocaditos, sólo frutas. Es costumbre.

La gratificación llega al final del día

“Ver cosas así te dan pena, pero los niños dan tanto cariño que es gratificante al final”

¿Es difícil la experiencia de trabajar con niños enfermos?

Cuando te llaman y te preguntan si hay cama, tu no preguntas qué tiene o cómo está, simplemente si hay espacio, vienen. Por ejemplo, una vez vino un chiquito que estaba con el ojo vendado. Al día siguiente lo bañaron y sale sin venda. Tenía una bola inmensa en el ojo. Él decía que no dolía pero me imagino que debe doler, fue terrible. En vez de lágrima le salía materia.

Con el nudo en la garganta, Ariela hace una pausa para respirar y continúa:

Él era el primer niño que llegó a la casita y tenía que jugar con él. Un día se limpió el ojo (hace un movimiento con la mano hacia la cara) y se le salió el iris. Terrible.

Ariela es contadora de profesión. No tiene certeza de por qué está aquí, sin embargo sigue presente. Y está segura de que quiere quedarse porque es valiente. Tan valiente como alguien que se atreve a trabajar por niños que no conoce, por gente que sabe que vendrá y necesitará de ella y lo que la casa que administra ofrece. Ver cosas como las que ella ve, le dan pena, pero asegura que tanto cariño que le dan los niños, es la mejor gratificación que podría tener.

Hay algunos casos más fuertes que otros. Ella asegura que vienen casos terribles, como una chiquita que no podía sentarse. “Cuando la vi, casi me desmayo. La asistenta me llamó a las 7 de la noche, cuando ya me estaba yendo a mi casa, tuve que ir a recogerla al hospital. Llego a emergencia y encuentro a la chiquita prácticamente desnuda porque la estaban cambiando. La vi, y lo único que dije fue: Voy a traer un taxi. No pregunté nada, salí y comencé a blanquear mis ojos. Cuando reaccioné regresé, le pregunté si estaba lista y me contó que no se podía sentar. Felizmente un doctor me habilitó una ambulancia y la pudimos traer. Tenía 10 años y estaba desahuciada.”

Además tiene una queja. Cuando vienen de provincia normalmente ya es muy tarde, porque no vienen a Lima pues no tienen plata. Y cuando vienen, derivados de emergencia, ya no hay nada que hacer. Falta mucha información en provincia, no solo en cáncer si no en muchas enfermedades. También hay gente que se viene y se arriesga: no me importa, yo duermo en el piso pero mi hija se cura, dicen. Así como también hay gente que se pregunta qué va a hacer.

“Quiero que hayan Doctores Vida para rato”

Ariela asegura que el sueño es tener una casa propia y una movilidad. Mientras tanto, los niños siguen en la misma mesa, junto a las mismas tres chicas. Ellas son de la UNIFE, y vienen junto a otras 14 voluntarias a apoyar con las tareas y jugar con los chicos. Así como ellas, unas señoras vienen regularmente por las tardes.

En la repisa frente al comedor se ordenan varios juguetes de diferentes colores. Tienen forma de animales y caras graciosas. Lo curioso de estos ‘peluches’ es que los hacen los mismos niños de Fuente de Vida, y tienen una peculiaridad: si los riegas les empieza a crecer pasto. Esto funciona porque son conglomerados de semillas cubiertos por una media de nylon. La cara y los colores son decisión de cada uno de sus autores. Los llaman Doctores Vida.

Los Doctores Vida son un símbolo. Representan a nuestros niños con cáncer. A ellos se les cae el pelo y poco a poco, con el cariño, se van curando y les va creciendo. Igual que a los Doctores Vida, si tu los cuidas, crece el pasto.

Una señora vino una tarde a la casa con su hija, “les vamos a enseñar a hacer unos ‘Doctores vida'”, dijo. Trajo los materiales necesarios y realizó el curioso producto. En la casa la preocupación era conseguir dinero. Los Doctores Vida eran la oportunidad perfecta para vender un producto que les genere ganancias, y así fue. Hoy la casa se sostiene exclusivamente con la venta de estos. Cubren los $1.000 que representa el alquiler de casa, la principal preocupación. 

Ariela sigue contando casos y anécdotas que ha vivido en estos tres años desde que se integró a la Asociación. Mientras nos alcanza un cuaderno de visitas para anotar nuestros datos. Ninguno tiene lapicero, pero Rubí se nos acerca con uno que ella usaba. Tiene 10 años y cáncer al cerebro. La notoria cicatriz que le dejó la operación para extirpar el tumor en Cusco, es reflejo de un “milagro”, en palabras de Ariela. Rubí sigue enferma, pero los tratamientos le aseguran una mejor calidad de vida. Minutos más tarde vuelve para pedir su lapicero. Nos sonríe y se va corriendo para seguir dibujando.

Ariela tiene una única petición: que apoyen. O tal vez que sigan apoyando. Que además de hacer los doctores vida, ayuden a venderlos. Les ayudaría mucho la difusión, asegura. Que pasen la página de facebook, así más gente se podría enterar. Todos queremos que haya fuente de vida para mucho rato más.

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