Entre una guitarra y un cajón

Un miércoles especial ha sido el de esta semana, lleno de celebraciones de lo que se podrían considerar dos bandos distintos, pero que al final se agrupan y se combinan para dar paso a una representación cultural llena de mezclas y fiesta.
Otro 31 de octubre más se ha marcado en el calendario, una fecha que en la niñez era motivo de alquilar un disfraz de Blancanieves o Spiderman, y salir a pedir dulces al vecino del costado balbuceando un atropellado “Halloween“; en la adolescencia pasó a ser la excusa para poder salir a la fiesta en la casa de fulanita, pretendías disfrazarte pero nunca encontrabas algo que te quedara bien, mientras que en el colegio se celebraba el Día de la Canción Criolla y tu profesor de Música te hacía cantar un par de valses. No le hacías mucho caso, son canciones de viejos, pensabas.
Ahora, con veinte años, y después de presentar varios ensayos y monografías sobre la cultura peruana, la alienación y los imaginarios sociales, puedo decir algo: no importa si te disfrazas de algún personaje importado o si vas a una peña, con un par de cervezas y entonas desafinado ‘pero, regresaa…’, pues esta fecha más allá de generar adeptos al criollismo o a las fiestas europeas, lo que hace es encontrar un espacio común y congregar a los actores sociales de nuestra comunidad. ¿Quiénes son estos actores? Todos nosotros, el problema es que no nos damos cuenta.
La propiedad privada y la flor de la canela, el cajón y la guitarra, la voz quebrada y las palmas al unísono. Componentes por excelencia de un susurro criollo, que antes era un grito angustioso por exacerbar nuestras raíces, por decir que ¡estamos aquí!, hoy por hoy, sin la necesidad imperante de hacernos notar, solo existe un atisbo del compás doble y del arpegio de unas cuerdas de nylon.
Y así, cualquiera podría afirmar que el criollismo se encuentra en una etapa de extinción, en una agonía, que se está evaporando, por no decir que ya lo hacen. Que de canciones criollas solo quedan las antiguas, esas que han sido interpretadas una y otra vez, que se vuelven a grabar en géneros más comerciales. Que a los jóvenes no les importa ni quieren saber quién fue Felipe Pinglo Alva, ni porqué se recuerda a Chabuca Granda. Que solo se preocupan en las cosas banales que les ofrece su edad y que de cultura no saben nada.
Pues esta afirmación se basa en una falacia. Tal vez de verdadera tenga algo, pues siempre va a ser cierto que nuestra identidad tambalea, pero lo que provocan los acordes clásicos de la música criolla y las letras de despecho y desamor es algo único. Por no mencionar el feeling peruano reflejado en el ‘Contigo Perú’ del Zambo Cavero, equiparable solo a lo mismo que se siente cada vez que la selección juega.
Y es que por más que sigan saliendo reportajes acerca de la agonía del criollismo, no hay forma de no poder tararear la letra del “plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar” o de cantar y decirle “que aún lo quiero y que aún espero que vuelva”. La jarana criolla está ahí dentro, porque ha traspasado generaciones. El ‘criollo’, que empezó cargado de prejuicios -en portugués ‘cruollo’ significa ‘esclavo que nace en casa de su señor’, se fue convirtiendo en el portavoz del sentimiento de patria, en el rechazo al español, en la nostalgia con sus raíces y en el orgullo de ser mestizo.
Junto con esto último, aparece en escena una manera de contar y hacer sentir la propia voz de una clase social que es pisoteada por los extranjeros, ¡Ay españoles que vienen a robar todo! El arte y la música, qué mejor manera de plasmar lo que se siente, sin que el patrón se entere. La marinera, la polka, el vals y el festejo son los elegidos, los que pintan el cuadro perfecto para el criollismo.
Y así, como en el siglo 20 se empezó con fuerza una transmisión de cultura, podemos ver ahora centenares de grupos de zapateo, de festejo y de baile peruano. Vemos en los nuevos programas de televisión grupos de jóvenes que se presentan a bailar una fusión de hip hop y música negra, ahí tenemos a ‘The Four Z’ en “Perú tiene Talento” -puedes buscarlos en youtube-. Tenemos también a imitadores de cantantes como el recordado Zambo Cavero y Lucía de la Cruz. Y sin ir tan lejos, cuando el dúo que siempre visita los bares de la Avenida Universitaria, entra a uno de estos con guitarra y cajón en mano, los estudiantes corean como si de un himno se tratara todas las canciones criollas, hace pedidos y les da la propina.
Muchos dirán que las canciones siguen siendo las mismas, que no hay variedad, que ya se ha ido al olvido, que no hay nuevos valores. Y está bien, uno es libre de pensar como guste, pero qué tanto se puede afirmar eso si hay niños de siete y ocho años cantando junto a Pepe Vásquez en el canal del Estado, si el concurso ‘Orgullo Criollo’ iniciado por RPP hace dos meses congregó a un gran número de personas, dejando sorprendidos a Eva Ayllón y Julio Zavala, jurados del concurso. Los talentos están escondidos, así como las ganas de seguir haciendo resurgir a esta música nuestra, a esta música criolla. La difusión es tremendamente importante, sino quién se va a enterar quiénes son  Lucy Aviles, Carlos Castillo o Pamela Abanto.
Nuevos exponentes hay, nuevos compositores tal vez, solo que la monopolización y la idea construida de que solo hay un par de personas que cantan criollo está tan arraigada en nosotros, que no ponemos manos a la obra para decir a los cuatro vientos que la música criolla sigue y seguirá traspasando generaciones. Siempre.
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