Dícese de las huevas de esturión

El término hace rato dejó de ser una simple chapa cachancienta y se convirtió en una categoría coloquial del espectro político. Como ocurre con cualquier palabra, su significado ha mutado y va camino a ser una burla que, de acuerdo a su uso, podría o no tener carga peyorativa. Así pues, ahora ya no solo se le dice a un tipo ‘caviar’ –con su natural plural, ‘caviares’–, sino que además está el sustantivo colectivo de ‘la caviarada’, el adjetivo ‘caviarón’, la corriente de pensamiento del ‘caviarismo’ y, por supuesto, la alcaldesa Caviarán.
Ni la idea es originaria de estas tierras, ni el término es propio de nuestro léxico. Herbert Mujica lo importó de la Francia de Mitterrand, en donde los comunistas y sindicalistas pobres veían con malos ojos que los niños ricos egresados del exclusivo Henri IV de Paris, que luego secundaron al presidente, dijeran que se consideraban de izquierda. Es un tema de teoría marxista sobre el determinismo histórico y la consciencia de clase que seguro ya sabes o no te importa. El tema es que, así como en Francia se popularizó el nombre gauche caviar, en otros lados hay términos similares: limousine liberal en Estados Unidos, chardonnay socialist en la zona de Australasia, champagne socialist en el Reino Unido, salonkommunist en Alemania y, aquí nomás en el querido país del sur, el red set chileno.
Parece ser que no solo en Perú existe esa percepción de supuesta hipocresía inherente a cierta clase política con condiciones particulares más allá de la teoría, pero en nuestro país ha adquirido un cariz histórico propio. Entonces –y porque ha estado de moda (aquí, aquí y aquí, este último del caviarismo cubano)– me permito, con cuestionable autoridad, explicar qué es esto de ser caviar para nosotros los peruanos. Para ello, haré un sano ejercicio. Dice el novelista gringo Scott Fitzgerald que “la verdadera prueba de la inteligencia superior es poder mantener dos ideas contradictorias en la cabeza y seguir funcionando”; así que veamos…
Digamos que escribo con la mano izquierda. El término caviar lo popularizaron los fujimoristas quienes, junto a los demás exponentes de la DBA, quieren menospreciar la lucha por los derechos humanos y contra la corrupción de muchos intelectuales. Para ellos, son caviares todos los que se oponen a los abusos cometidos durante el régimen de Alberto Fujimori, las matanzas de Barrios Altos y la Cantuta, los secuestros, la compra de medios, etc. Además, los que osan decir que el actual sistema capitalista debe ser menos explotador, que las actividades extractivas deben dejar mayor dinero para el desarrollo de los campesinos en cuyas tierras se montan y que debe distribuirse más y mejor la riqueza de la que hoy, por fin, gozamos.
La izquierda moderna ya no tiene por qué ser comunista ortodoxa, parece que quienes utilizan la palabra ‘caviar’ se han quedado en el siglo pasado, en el mundo bipolar, cuando aún no caía el muro. La idea de la revolución ya quedó en el pasado y ningún fin se justifica con muertos. El trabajo hoy se hace desde las instituciones, fortaleciendo al Estado para esté en la capacidad de encargarse de la redistribución en base a planes sociales y regulación de los errores del mercado; las marchas ahora son eventos culturales. Pero a ellos les molesta que se cuestione su modelo de sistema opresor que ha fallado, como se puede ver en el mundo en crisis. No existe, pues, contradicción, porque (y cito a Javier Diez Canseco), se es de izquierda no por las carencias, sino por la búsqueda de justicia social. Tener dinero y asegurarse una buena calidad de vida, no le impide a uno pensar que los demás deben gozar de los mínimos estándares económicos.
Ahora, digamos que escribo con la mano derecha. Las políticas económicas rojas solo le han traído desgracias al país. Ya con Velazco se demostró la ineficiencia de hacer del Estado el principal actor de la economía y, gracias a eso, vivimos la debacle del primer gobierno de Alan García. Son caviares estos tipos que ahora vienen con su prédica socialistoide reformada a querer malograr el éxito económico del país. Éxito que, de paso, no le reconocen haber iniciado a Fujimori, que fue el que se atrevió a cerrar todas esas elefantiásicas empresas estatales. ¿No se dan cuenta que el socialismo moderno es la principal causa de la crisis europea, donde los países se han endeudado hasta el tuétano para dar beneficios imaginarios a su población?
Estos caviares siempre creyeron en la revolución y el comunismo, pero (y ahora me permito citar a Aldo Mariátegui) nunca se atrevieron a ser Javier Heraud, porque siempre prefirieron los lujos que el sistema que criticaban les otorgó. Creen en la redistribución de la riqueza, pero están cómodamente sentados en los sillones de cuero de sus oficinas en alguna ONG. Como no son empresarios, vienen con sus políticas sociales ineficientes que frenan la creación de riqueza en el país. ¿De dónde vamos a sacar para los programas sociales, si espantan a la inversión minera, nuestra principal fuente de divisas, con sobreimpuestos y temas como Conga? Encima, usan como fachada a los derechos humanos y las instituciones de justicia, y tienen a una nueva casta de jóvenes seguidores que, al igual que ellos, escriben a favor del fin de la pobreza desde las Macs que les regalaron sus papitos. Para colmo, se creen los únicos con autoridad moral para criticar, cuando en realidad dicen que trabajan para los pobres, pero solo los hacen más pobres
En fin, escriba con la mano que escriba, parece que el término ya encontró asiento libre en el día a día de nuestra pintoresca pero ideológicamente monótona y arcaica política nacional. Tú elige de dónde te cuelgas, yo espero que aún sigas funcionando. De todos modos, como es natural a cualquier etiqueta social, lo ‘caviar’ es una categorización mezquina, que no toma en cuenta las buenas intenciones ni los ejemplos empíricos. Sin embargo, lo cierto es que a las dos condiciones primordiales –ser de izquierda y tener plata– que hacían a alguien acreedor a este calificativo, se le han  unido una estúpida lista cosas que los ‘caviares’ normalmente hacen pero que, por Dios, no son únicas a ellos: usar lentes grandes, pantalones pitillo, fumar marihuana, salir a Barranco, ser tolerante con las conductas sexuales, ser de la Católica… Maldita sea esa última.
Paolo Benza
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