Todo lo que hacías cuando no miraban

Anderson construye una perspectiva del amor adolescente auténtica y sin fantasía, que puede reflejar los deseos de cualquiera, la edad es lo de menos. Estética impecable, música en estado de gracia y detalles de lujo. Lástima que no sea apreciada por el gran público.

En esas noches largas, donde el techo del dormitorio es un profundo agujero negro sin fin y allí se tejen toda clase de historias imaginarias, un niño puede viajar por la creatividad para encontrarse en un segundo en el espacio y, al siguiente, en un amplio desierto peleando contra guerreros orientales a camello, por dar ejemplos. No faltan las imágenes con efectos visuales más alucinantes, ni los temores más feroces, ni las pruebas más riesgosas y tampoco las ambientaciones más misteriosas. Pero no solo ahí, donde la mano adulta no alcanza para arrebatar los sueños y las ilusiones, puede un niño, o un adolescente, o todo aquel que quiera desbaratar lo establecido y luchar, así sin más, por su objetivo más descabellado. También lo puede hacer en la realidad. Así parte este viaje al Reino bajo la luna, una travesía de dos amantes que no caben en una sociedad contraria y cuya única alternativa es la huida.
En el camino, el evidente choque entre la realidad y el deseo nos vuelve desventurados, provistos de una miserable condición de desgracia. Para lograr esa escapada, ese momento de esperanza, se recurre a un momento más allá de lo tangible, y para regresar, no queda otra que aceptar lo grisáceo de la vida. Esa es la posibilidad del cine, esa demostración más allá de la realidad, en una pantalla grande y al servicio de las butacas, que las historias pueden ensoñar los sentidos del deseo cuando en otros terrenos esto sería inexpugnable. Y así, la inteligencia emotiva se alimenta de los parámetros más ocultos y cautivadores del ser humano, aquellos solo expresados en la intimidad o en el interior.
Wes Anderson se construye a si mismo una vez más, reflejándose como un narrador contemporáneo y moderno, tocando la historia de lo falto de emoción para brindarle sentimientos a personaje adoloridos y despojados. El uso de la comedia desnuda necesidades imperfectas y las convierte en objetivos alcanzables solo con ironía, la finura y la desmesura para hacerla concreta. No es solo la infancia o adolescencia que todos hayan querido vivir, sino también la adultez y la vejez, o el estado general ideal para encontrarse. Ese gusto por lo perfecto se derrite en el alma de una audiencia que, si se entrega pacífica, puede descubrir los detalles de un corazón en estado salvaje de ebullición.
El cuento supera la estética y las imágenes bellas, los magníficos escenarios y el cuidadoso detallismo de una propuesta de sobrecogedora sofisticación. Lo supera porque se atreve a poner con garra las intermitencias de un amor adolescente imposible e indivisible. Desde la presentación del hogar disfuncional en el que naufraga una heroína, hasta el ambiente adverso y opresor en el que un héroe se rehusa a doblegar sus intenciones, en Moonrise Kingdom se construye un relato con los más crudos y engarrados escondites de la realidad. Aquí no hay fantasía, aunque algunos intenten ingresar a Anderson en lo surrealista y desproporcionado. Aquí hay metáforas que retratan una curiosidad insaciable por descubrir los misterios más reales de los protagonistas. Esa lealtad y esa valentía se aplauden.
Porque uno puede elegir los colores que más le gusten para retratar en la pantalla, pero al final la historia se debe encargar de dar a cada espectador una visión de su propia realidad. Eso es cine de autor, y por fin Wes Anderson ha alcanzado ese preciado límite entre su mensaje y lo que se puede percibir de él. A alcanzado el nivel humano de una historia completa, y que se ha sabido complementar con elementos formales como la música, la fotografía y la meticulosa edición.
En Moonrise Kingdom no hay espacio para el melodrama ni para la frase fácil. Sí hay para la pureza de la inocencia que no priva a las personas menos esperanzadoras y más experimentadas de disfrutar de las situaciones emocionantes.  No maltrata ni condena las formas ni la razón, no existe moralina. Este cine es auténtico y esa autenticidad permite que se pueda disfrutar hasta el último rincón del relato sin titubear ni amalgamarse.
Los seres humanos, todos, deberíamos comprender que las emociones no ahogan el razonamiento, más bien lo potencia. Que sentir no es más que expresar las inquietudes de la mente. Permitirse un baile, un gozo, una liberación, despojarse de las ataduras de lo rutinario y descubrirse a uno mismo en los pasajes más salvajes de lo no descubierto, es la remuneración más valiosa.
Por eso lastima que en un país tan necesitado de emociones y purezas como el Perú, donde la gente necesita descubrirse a uno mismo para dejar de mirar al del costado como referente y espejo, Moonrise Kingdom solo se exhiba en dos salas de cine casi en el mismo distrito y al más elevado de los costos. Las injusticias también pueden darse lejos de la pantallas.
03 de noviembre del 2012 
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