Los trapos sucios se lavan en casa

‘Todos por Ximena’ era el emblema de un movimiento virtual. No fue una marcha, ni un mitin, pero sí formó una breve comunidad. Con más de 3.000 seguidores en una página de Facebook y en menos de dos días, la denuncia que hicieron los amigos de Ximena Petrocelli, aduciendo que se encontraba internada por su familia en un centro de rehabilitación debido a su opción sexual y en contra de su voluntad, obtuvo rebote en los medios tradicionales de comunicación. Tanto así que la historia, una iniciativa por descubrir la ‘verdad’, terminó en una terrible tergiversación llevando hasta extraños a llamar y acosar a la familia de Ximena.
Es usual que estemos acostumbrados a consumir las noticias de forma vertical; es decir, si nos enteramos de una denuncia hecha en un reportaje un domingo por la noche, al poco rato es comentada en las redes sociales por varios de nuestros contactos, con ganas de analizar, reflexionar, comparar y criticar. No obstante, también existe una retroalimentación, una comunicación horizontal, que brinda a los lectores la capacidad de crear contenido, y llegar hasta los canales de televisión. Pero, ¿qué tanto puede tomarse como referente esta suerte de participación ciudadana, denuncia o pronunciamiento vía Facebook, para asegurar su veracidad?
Como era de esperarse, la información no resulto ser del todo legítima y primó el escándalo y el morbo, el cual todos viven y consumen. A esto se le suma el enfoque policial que presenta este caso, ese que a toda la sociedad le encanta leer y darse el trabajo de investigar: una chica desaparece, se sospecha de la familia, de la intolerancia, de la homofobia y del conservadurismo, dando como resultado una revuelta solo en las redes sociales. Porque a las calles no se va a salir, al menos no quienes solo se dedican a vender el humo. Dar la cara que quede para los verdaderos implicados en el asunto. Se apela al sentimiento, a la injusticia, a la pluralidad de respetar los gustos de cada uno, y llega un momento en el que la historia se convierte en una novela de justicieros, sin querer queriendo.
Versiones de un lado y declaraciones del otro, dos personajes confrontados y la protagonista al medio, en el limbo. Días después de la denuncia aparece un video de ella desmintiendo todo y asegurando que se encuentra bien. No convence. Son manipulaciones de la familia se empieza a creer, que ella en realidad está obligada a decir eso para no generar mayor escándalo y el famoso ‘qué dirán’. Así como ella misma ha dicho, se empieza a hacer ‘famosa’ no por su calidad de fotógrafa sino por ser lesbiana y consumir marihuana. En un país conservador, sin duda, ha dado en el clavo.
Definitivamente, el fondo no es malo, la forma tal vez, pero poniéndonos en el lugar del grupo de amigos que inició esta búsqueda, puede que en la desesperación hayan encontrado como única alternativa convertir el caso en un viral. Sin embargo, llega un momento en el cual lo privado trasciende a lo público, y con esto último siempre hay que tener bastante cuidado, no vayan a querer aumentar un caso más a la agenda de Ciro, Fefer, Llamoja y todos esos personajes que han sido caricaturizados por la prensa en estos últimos años. La acogida de esta campaña ha integrado mayormente a jóvenes que pretenden ser liberales, que pretenden —o pretendemos— luchar contra las injusticias, contra la intolerancia y contra los abusos. No es novedad que esos sean los ideales en esta edad, que cambiar el mundo no parezca tarea imposible, pero hay veces en las que  se debe tomar más en cuenta que los trapitos sucios se lavan en casa.
Anuncios