Así sea, Miraflores

Foto: RPP.

Un artículo de Henry Ayala
Cabezas rodaron en el municipio de Miraflores. Con las mil firmas que acompañaron el pedido de censura de la exposición “Así sea” de la artista Cristina Planas, el alcalde Jorge Muñoz no tuvo más remedio que despedir al director de la sala de la exposición: el reconocido Luis Lamas. ¿No es Miraflores el bastión peruano de la cultura y el arte? ¿O es que un grupete de ultras católicos representa el pensar de 85mil miraflorinos? Conservadurismo y censura vuelven a ser caras de la misma moneda en los alrededores del Parque Kennedy, poniendo en agenda temas tan ambiguos como la tolerancia y el sentido de la democracia.
¿Una firmita por aquí?
En Perú, cualquier trámite político que conste de un pliego de firmas no es cosa de otro mundo. Sea porque el peruano no lee lo que firma o por la acostumbrada práctica de la falsificación de planillones, un grupo medianamente organizado puede conseguir el número requerido sin morir en el intento. Teniendo esto en mente, se podría explicar que Tradición y Acción, organización religiosa detrás del pedido, haya conseguido la cantidad necesaria de firmas para elevar la queja al despacho de Muñoz. De esta manera, es poco creíble que este pliego responda a un pedido representativo de la población, volviéndose un mero requisito previo para la discusión de la censura.
Si bien la legitimidad de una firma cada vez se vuelve más dudosa, la presión del sector conservador en Miraflores es palabra sagrada. Dicho poder puede ser rastreado en la relación entre Lamas y el municipio, donde el alcalde ya le había pedido al ex director no “exhibir más arte controversial” —según mencionó a La República—, luego de “Vigilar y Castigar”, muestra artística relacionada a la polémica y al escándalo. Con organizaciones como Tradición y Acción, la población religiosa del distrito es capaz de ejercer mayor presión que otros sectores, sobre todo si se trata de fondos públicos usados para el fomento del arte.
Democracia y censura
Este impasse deviene en una discusión más sustancial sobre las instituciones democráticas en las que estamos inmersos. En este caso, la libertad de expresión y la tolerancia hacia todo tipo de pensares o expresiones chocan con los mecanismos formales de quejas, las cuales pueden ir desde lo más mínimo —el logo de la municipalidad, los colores oficiales, etc.— como a la regulación del gasto público en fomento de muestras artísticas.
Si en una democracia la intolerancia es un pecado capital, ¿qué pasa si estos reclamos la promueven? Es en casos como éstos donde el problema no se soluciona haciendo oídos sordos o, peor aún, cediendo ante los pedidos de censura: Solo la defensa férrea de la libre expresión de ideas por parte del municipio —y, sobre todo, de la comunidad miraflorina— logrará que grupos reaccionarios pierdan poder y se mantenga la sana propagación de la cultura y el arte dentro del distrito.
El papel de la sociedad civil miraflorina resulta de especial importancia puesto que, de mantenerse callados los ciudadanos y dejar que su alcalde reciba los dardos de la DBA, los sectores conservadores podrían hacer de esas mil firmas una mayoría representativa en la población al ser la única voz alzada. Si bien es difícil que la libertad de expresión genere una devoción cuasi-religiosa en el ciudadano común, ésta debe buscarse como fin en sí misma y son los mismos artistas y ciudadanos los llamados a defenderla de censura alguna.
En democracia, es poco probable que exista un solo modo de pensar ya que necesita de la pluralidad de pensamiento para funcionar correctamente. Es esta libertad de ideas la que fomenta el diálogo que luego forma consensos por el bien de la comunidad. Así, de haber una facción intolerante que pretenda imponer una idea, la sociedad como conjunto debe buscar el mantenimiento de los principios bajo los que fue formada. De lo contrario, pues, el que calla otorga.
No nos callemos.
Bonus track:
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