Egipto, donde la pelota sí se mancha

La Plaza Tahrir´durante las protestas de enero-febrero en Egipto que terminaron con la caída del dictador Hosni Mubarak.
Foto: Reuters

La revolución egipcia ha nacido en los campos de fútbol del Al Ahly”, Avishai Margalit, filósofo israelí.

A la Plaza Tahrir se le conoce con un nombre bastante oportuno. Le llaman Plaza de la Liberación y ese 1 de febrero un millón de personas (según Al Jazeera) habían llegado a ella para alcanzarla. La imagen era utópica, una multitud interminable llenaba un enorme espacio rodeado de edificios en el centro de El Cairo, capital de Egipto. El mar de gente tenía una sola exigencia para retirarse y acceder al diálogo: que se vaya Hosni Mubarak.
El dictador que llevaba 29 años dirigiendo los destinos del país, sin embargo, aun tenía simpatizantes y no estaba dispuesto a dejar el poder. Ellos, junto a las fuerzas del orden que aun permanecían leales al régimen, decidieron que era momento del contraataque. Los enfrentamientos fueron cruentos, los manifestantes ahí reunidos, dispuestos a tumbarse al gobierno a toda costa, respondieron con una fuerza de choque inusual, diferente, apasionada.  Cuando el ejército, actor crucial en la vida política de Egipto, decidió romper su neutralidad para poner calma en la revuelta, encontró una peculiaridad en las fuerzas de choque del movimiento amotinado: eran hinchas de fútbol.
La liga de fútbol egipcia es la que más pasiones despierta en África. Durante años, los estadios fueron testigos de enfrentamientos entre jóvenes hinchas radicales de diferentes escuadras llevados por la pasión, la euforia y las frustraciones derivadas del desempleo y la pobreza. Hasta ahí, la situación podría ser igual a la de cualquier país sudamericano; sin embargo, en el país de los faraones las rivalidades deportivas adquirieron con el tiempo un cariz político. Enfrentados a la represión policial, los aficionados fueron encontrando formas de expresar, mediante la violencia, su rechazo al régimen dictatorial de Mubarak. “Dos grupos consiguieron el recinto apropiado para poder expresarse: la Hermandad Musulmana en la mezquita y los ultras en el estadio de fútbol”, dice el periodista británico James Montague, autor de Cuando llega el viernes: fútbol en la zona de guerra.
El Al Ahly es el equipo más copero del país, con 36 títulos nacionales y 6 ligas de campeones continentales. Siendo sus aficionados identificados con las clases obreras y pobres, su rival natural es el Zalamek, cuadro capitalino cuyos hinchas provienen de las clases más acomodadas. Los enfrentamientos entre estos dos son tan calientes que deben jugarse en una cancha neutral y usualmente con árbitros extranjeros. Durante las revueltas, sin embargo, ambos bandos de hinchas unieron fuerzas para conseguir el ansiado cambio de gobierno. Así, los implacables fanáticos curtidos en las lides del combate ciudadano –conocidos como ultras– fueron los que pusieron el pecho para contener los intentos de represión de la protesta. Fueron ellos los que estuvieron en la Plaza de la Liberación y los que en septiembre tomarían las oficinas Servicio de Seguridad del Estado y la embajada de Israel.

Masacre en una cancha de fútbol

Caos.
Foto: africasacountry.com

El Al Masry es un equipo de Port Said. Su rivalidad no es tan encarnada y, a pesar de que ha sido candidato al título de la liga varias veces, nunca lo ha ganado. Entre sus simpatizantes, sin embargo, se dice que hay muchos afines al caído dictador y que estuvieron defendiéndolo durante las protestas de 2011. El 1 de febrero de 2012, un año después, el Al Masry recibía al Al Ahly y el ambiente había estado caldeado desde el principio. No por el fútbol, por la política.
Las amenazas en las redes sociales y en las calles hacían presagiar un final turbulento. Los aficionados del Al Ahly habían continuado con sus protestas contra lo que ellos consideran que es una continuación del antiguo gobierno, la junta de transición democrática a cargo de Mohamed Hussein Tantawi, militar cercanísimo a Mubarak. Testigos aseguraron a medios internacionales que, a lo largo de todo el partido, lo que menos importó fue este; hinchas del Al Masry lanzaban cánticos a favor de la junta, mientras que los del oponente coreaban sus consignas de protesta política.
Sonó el pitazo y las luces se apagaron. La turba bajó desde la tribuna del equipo local armada y con un solo objetivo: matar. “Aquello fue una encerrona. Los aficionados del Al Masry invadieron el campo al término del partido y se fueron a por los jugadores y aficionados del Al Ahly. Llevaban palos y cuchillos. Las puertas de las gradas del local estaban abiertas, mientras que la de los seguidores del rival, cerradas. Había delincuentes posiblemente contratados para provocar aquella masacre”, explica el español Juanjo Maqueda, técnico del Al Ittihad, otro equipo de la liga egipcia, a As.
Esa noche murieron 74 personas y hubo cerca de 1000 heridos en Port Said.  La Federación Egipcia de Fútbol (FEF) dictaminó la suspensión del campeonato por falta de garantías de seguridad. ¿Cómo habían logrado entrar con armas blancas? La fecha de reanudación era para el 5 de septiembre, luego se pospuso para el 17 de octubre. Nada. “Los ultras del Al Ahly están pidiendo justicia con las familias de los muertos en la tragedia y la aclaración de los hechos. Por eso, hasta que no se aclare todo se niegan al inicio del campeonato”, cuenta Maqueda. “Aquí cinco millones de personas viven de este deporte”, agrega.
Lo cierto es que el Consejo Administrativo de la FEF decidió el lunes que no se puede. El campeonato está suspendido por tiempo indefinido. No obstante, las contradicciones y conflictos políticos, continúan su rumbo.
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