¿En qué momento la crítica se convirtió en hipocresía?

Tiene el mismo nombre que la supuesta primera mujer en la historia y también ha protagonizado un final bastante trágico. 30 años de cárcel según una sentencia que ha dado que hablar a muchos analistas y, sobretodo, a la opinión pública. Eva no es un personaje inventado de alguna novela policial, ni mucho menos aparece en un capítulo de C.S.I, pero su perfil y la situación en la que se ha visto inmiscuida nos hace pensar en un crimen que Grissom se encargaría de resolver.
Es uno de esos casos en el que la combinación de factores como un homicidio, la homosexualidad, y el interés se juntan para presentarse a un sociedad conservadora, clasista y prejuiciosa. Es uno de esos casos que dejan a vista y paciencia de los televidentes y lectores una familia disfuncional y que genera cada vez más morbo, porque quienes lo ven sienten que ellos no son así, que ellos están bien, que son pobres pero honrados, como diría Adrianzén.
Más allá de hacer un análisis político-judicial de si la sentencia es coherente o no, uno de los tantos aspectos dentro de este meollo, es esta suerte de novela de ‘casos de la vida real’ mexicana con música dramática de fondo. Pero para poder entender mejor a lo que apunta esta construcción de premisas, se tiene que repetir lo que todos los diarios han ido haciendo a lo largo de la semana -solo para situarnos espacial y temporalmente-.
El caso Fefer, uno de los casos policiales que más ha acaparado la atención de la sociedad peruana -pero no le gana a Ciro Castillo-, tiene a 3 protagonistas principales: Eva, Liliana y Ariel. Este trío dinámico, aunque por momentos puedan parecer extraídos de una película, ha estado en el ojo de la tormenta por seis años. La primera es acusada de contratar a un sicario por medio de su pareja -la segunda- para desaparecer a su madre y quedarse con la herencia, y el tercero, el hermano resentido que empezó a inculpar a su hermana -la primera-, después de un año de convivencia con las dos -la primera y la segunda-… En fin, una confusión total.
El asunto aquí, es que el morbo que han provocado los dos hermanos se genera por dos cosas: la tragedia ajena y el conservadurismo. Y estas son dos variables que se han venido repitiendo en la esfera pública desde… mmm… wait for it… siempre. “Pero si la hija y el hijo son gays qué pueden esperar de esa familia”, “todo es por la plata, hasta el que más tiene, más quiere” comentan en los transportes públicos, y en la cola del banco al día siguiente de la lectura de la sentencia. Porque por más que nos indignemos superficialmente y pensemos en cómo es posible que la justicia no sea certera en este país o cómo es posible que los valores sean un cero absoluto en la sociedad, sabemos que eso jamás le pasaría a nuestra familia, no… para nada, nosotros estamos bien, jamás saldríamos así en los medios, esa gente está enferma, nosotros no. ¿En qué momento la crítica se convirtió en hipocresía?
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