Aquí no pasó nada

Aburrido y tedioso retrato lírico sobre la maternidad. Imágenes estáticas para una película que se pelea con el público porque no construye una voluntad de protagonista y deja una sensación de vacío absoluto.

En una casa de campo vive una anciana llamada Pilar, acostumbrada a la vida calmada y a las actividades rutinarias de la soledad y los espacios hogareños. Mientras las gallinas revolotean en el jardín y Tuna, la perra peruana, ladra por todos los rincones, Pilar es acompañada por Consuelo, una empleada de la tercera edad, y Milagros, una joven que parece la empleada de Consuelo y que rompe el aire al pasado con su celular y sus mensajes de texto, pero también se consume dentro de la pasividad y la lentitud. De pronto, un antagonista llega para romper con lo estructurado: la civilización contemporánea retratada por una abuela de unos cincuenta años, una madre de treinta, un esposo y una bebe, todos los cuales traen aparente preocupación, cansancio y tensión.
Allí están los protagonistas y sus villanos, los buenos y los malos, y la pregunta siguiente sería: ¿cuál es la voluntad de Pilar y qué objetivos se plantean en su camino?
El vacío de respuesta a esta pregunta precisa es el error general del cine peruano, plagado de una necesidad brutal de recoger la melancolía, pero olvidado del ingrediente principal de todo guión consistente: un personaje principal con un objetivo que dé al público una ruta clara para dirigir su atención. Qué importa si es una anciana sufrida, una joven de la sierra con un mal mitológico, una niña que ve fantasmas o un asesino en serie. Si la voluntad es acomodar la casa para que todos pasen un buen fin de semana, la idea no funciona: Pilar desaparece apenas llegan los huéspedes y nunca son relevantes sus acciones por conseguir ese objetivo.
La guionista y directora Joanna Lombardi ha desprovisto a Pilar, interpretada con carisma pero sin fuerza por Élide Brero, de un discurso propio y de una necesidad por contar algo. Ni se le ve afectada a lo largo de la película por el miedo de ser invadida, ni se entiende qué males la aquejan, ni se establece un conflicto claro a su alrededor. Ella solo está ahí, inmóvil, y todos a su alrededor deben callarle las preocupaciones y nadie dice nada. ¿Así es ella el plano central de la historia, un personaje estático e intrascendente? El público se siente atraído cuando la fuerza principal del guión tiene una intención importante que se sabe explicar como introducción y que se potencia con fuerzas antagonistas y voluntades que se anteponen en su camino, no con imágenes cotidianas para conseguir identificación de la gente, como equivocadamente ha pensado Lombardi.
La película es aburrida y tediosa, no por ser una estructura lírica, como las del mexicano Reygadas o del americano Malick, ni por carecer de diálogos, sino por ser un híbrido entre narración convencional e imágenes estáticas y altamente perceptuales, donde no quedan claro los elementos básicos de una película.  Como resultado nos queda un experimento insípido, donde las promesas, extraídas a la fuerza por una audiencia que intenta recuperar algo de una historia muerta, se desvanecen antes de llegar al nudo.
Si de poesía y lirismo se trata, y las evocaciones e introspecciones pretenden transmitir los mensajes a la audiencia, estos elementos altamente subjetivos e interesantes, como la significación de la esperanza con los rayos del sol, la oscuridad absoluta en el momento de alta tensión o los gestos silenciosos de unos personajes de arena, se pierde en el vacío absoluto de un argumento explicado sin eficacia. Si la maternidad era el punto central, este se pierde en diálogos incompletos sobre detalles innecesarios. Había una audiencia más interesada en la calidad de los planos que en la historia sobre tres mujeres y sus cambios generacionales. Aquí no hay un punto de interés, aquí a los caracteres finalmente no les ocurre nada, aquí abundan los lugares comunes y, como resultado, aquí no pasa nada que valga la pena observar, ni siquiera sentir ni mucho menos percibir.
Con unas impecables técnicas de producción, fotografía e iluminación —dejando pasar la errónea selección de los planos secuencia estáticos y agobiantes—, el cine peruano sigue siendo una promesa en la forma que no termina de cuajar en mensaje. Lo que antes era la droga, los maleantes y el sexo, ahora es la extrema melancolía y los personas sin voluntad; pero siempre han sido los guiones sin argumento atractivo bien expuesto.
¿Por qué tomarnos tan en serio el experimento de una joven cineasta que está descubriendo los matices de su cinematografía en esta película altamente personal? Al año se presentan cincuenta proyectos al instituto de cinematografía nacional para recibir un financiamiento del Estado. De ellos, solo se pueden premiar a cinco, sin si quiera tener la posibilidad de cubrir la realización de estos por completo. Si el público peruano está, hace mucho tiempo, peleado con las producciones nacional y si quiera las películas logran estar una semana en cartelera por la baja taquilla, ¿podemos darnos el lujo de seguir invirtiendo en productos incompletos, experimentales y personales que no otorgan nada para reconciliar al espectador peruano con su cine?
Si carecemos de un rumbo que impulse al protagonista y de una serie de metas que deba justificar y cumplir, vamos muertos, así tengamos toda la tecnología, el presupuesto y las posibilidades de una industria potente.
20 de octubre del 2012
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