La degradación de los lugares comunes

Minimalista y austero retrato de la degradación de los lugares comunes de una sociedad, contaminada por lo desconocido y en necesaria capacidad de adaptarse. Fábula reflexiva, melancólica, original y rotunda.

Mucho se ha hablado sobre el fin del mundo y muchas posturas se han pronunciado al respecto, detallando diferentes procedimientos fortuitos o intencionales que fuerzas externas, profecías o creencias van a seguir hacia ese evidente final donde la nada espera a la vuelta de la esquina. ¿Cómo va a llegar el fin del mundo a nuestra realidad? ¿Qué formas va a tomar? ¿Hacia dónde nos deparará? Puede llegar por un alud gigantesco que cubra por capas lo terrestre, o una luz cegadora con llamaradas ante nuestros ojos incapaces de protegerse, o los recursos de la Tierra se desgastarán hasta dejarnos sin vida. Sin embargo, es probable que el fin nazca dentro de nosotros, en lo más íntimo del ser humano: su capacidad de percibir.
De allí parte una vorágine escalonada que intentará sustentar este camino de degradación sensorial con el contacto constante de la realidad mundial, como no existe otra forma más eficaz y sensible de retratarlo. Allí el espectador puede conectar con los diferentes rostros víctimas del mismo mal, uno que propone la locura y el desenfreno. “Hay oscuridad. Hay luz. Hay hombres y mujeres. Hay comida”, reza una narración constante y vinculante de la realidad con la audiencia, promoviendo el entendimiento de la trama ante la inexistencia de conceptos clínicos porque la catástrofe en Perfect Sense no pierde tiempo en lo factible, se instala únicamente en las emociones.
El narrador aparece y desaparece durante el largometraje, creando una fábula sobre ese final del mundo alterno que va a nacer del organismo de cada ser humano al perder primero el olfato y luego todos los demás, o así parecen decirnos los pronósticos. Y allí adentro, entre la coyuntura del desastre, donde los ciudadanos van perdiendo el control pero intentan descubrir nuevos intereses, una solitaria y melancólica epidemióloga y un solitario y mujeriego chef se conocen, se encaran, se enamoran y fundamentan con sus presencias el recorrido ideológico de la cinta. Desde sus ópticas y entornos, sobretodo el de la cocina, empezamos a comprender la importancia de los cambios mientras las percepciones humanas se van desvaneciendo.
El amor entre ellos es una re afirmación del concepto principal del guión sobre la capacidad humana par adaptarse a los cambios. “Los días como los conocemos, el mundo como conocemos al mundo” desaparecen a cada minuto y la única voluntad que nos mantiene en pie ante los cambios no es la unión a secas y tampoco lo son los efectos románticos de las relaciones entre personas. Sí lo es la cultura y las herramientas para buscar nuevos horizontes dentro lo que tenemos en frente, por lo que se justifica la ausencia del análisis médico, aunque a muchos les parezca necesaria la presencia de una bacteria, bichos, alienígenas, suciedad o hasta poderes ultra sensoriales que justifiquen el recorrido.
El director David Mackenzie y el guionista Kim Fupz Aakeson elaboran una película de ciencia ficción minimalista y austera, donde las escenas recicladas de la vida diaria abundan, donde no hay efectos visuales y estamos muy lejos de las suculentas y grandilocuentes producciones del gigante americano. Aquí el final del mundo nos golpea en Glasgow, en las mismas calles sucias y tenues de la realidad, entre cubiertos, cigarrillos, bicicletas y pezones. Son esos lugares comunes los que van a degradarse cuando algún final llegue, o cuando muchos finales lo hagan, porque podemos aplicarlo a cualquier situación de fin y la respuesta es la misma: la cruda realidad  de lo que nos rodea.
Se suma un correcto manejo de los tiempos narrativos, consistente creación de los espacios y la fotografía, y grandiosa utilización de los registros musicales y el silencio. La garra del epílogo y la emoción de lo original son viajes suficientes para justificar el recorrido. ¿Es acaso necesario más?
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