Inseguridad ciudadana, ¿hasta cuándo?

Estoy muy segura que si empiezo mi columna citando una frase de Arjona, muchos apretarán la X de la ventana de WordPress, pero es la mejor manera que encuentro para poder introducir mi premisa. Así como la historia de un taxista que va seduciendo a la vida ha retumbado en la mente de muchos amantes de las baladas, y del mismo oficio de transportar a cientos de pasajeros de un lado a otro, esta historia me parece la punta del iceberg contemporáneo. Una suerte de Titanic que no se da cuenta contra qué está chocando.
Erick es un taxista. Tal vez sea la primera vez que hace una carrera a las 3 de la madrugada, tal vez no. De aproximadamente unos 28 años y con acento pucallpino, tiene que escuchar las historias de algunos fanáticos de la botella, de las reuniones sociales y de trabajos nocturnos. De vez en cuando le tocan revoltosos pero suele saber manejar la situación. Otras veces le toca una muchachita que le cuenta sus penas de amor, ya que la confianza que irradia es digna de un aplauso. Pero lo más usual es que la gente que transporta mantenga la mirada esquiva, le dirija un ‘aquí tiene’ cuando se trata de pagar por el servicio, se asegure siempre de que no haya nadie atrás esperando para amordazarlos, y baje lo más rápido que pueda del vehículo. Sin embargo, Erick siente que eso no tiene porqué quitarle la sonrisa del rostro, pues -lamentablemente- ese comportamiento es producto de un esquema conductista como bien podría haberlo planteado Pavlov.
El ‘taxista violador’, los falsos taxistas y sobretodo, el último más reciente incidente con Taxi Satelital -sí, el que tiene muchos cincos en su número telefónico-, son los protagonistas por excelencia de esta construcción en forma de oda a la inseguridad ciudadana. A la desconfianza interpersonal. Al miedo. Erick también tiene miedo; de los asaltos, de los secuestros, de los chantajes, pero es algo con lo que tiene que convivir por el ‘riesgo’ de su trabajo, y es algo que todos y cada uno de nosotros debe sobrellevar. Y aquí es donde me doy cuenta que no debería ser así. Claro, también es aquí donde empiezo el discurso burdo de la sociedad ideal donde nadie pasa hambre y todos son felices, pero al menos, para mi, ese es un comienzo: el darse cuenta de las realidades que nos rodean. De ideales no tenemos nada, ni siquiera el camino a ser así, por más pesimista y paranoico que suene, la delincuencia es un tema que acecha a todos, en todos los lugares, en los sectores A, B, C. No discrimina.
Tal vez sea ese instinto de protección que todos tenemos, o el hecho de que somos uno de los países que porta el nivel de confianza interpersonal más bajo según el Latin American Public Opinion Project, y que nos sentimos más víctimas de la delincuencia y la corrupción. Tal vez son los tantos altibajos emocionales que ha sufrido la sociedad peruana en las últimas décadas, el fallido sistema de representación política y la inexistente legitimidad de las autoridades en el país. Sea como fuere, y valiéndome de las reseñas que hace Martín Tanaka sobre dos libros que tratan la opinión pública en el país y la cultura política, me atrevo a decir que ese problema no se va a erradicar solo porque te topes con un taxista buena gente que te hace la conversación y no pretende nada más que cumplir con su trabajo. Se va a erradicar cuando sintamos de verdad que las autoridades pueden frenar los maltratos, los robos, la violencia y no que ‘la justicia en el país es una porquería’. El asunto es que este es un problema que ya escapa de las manos de nosotros como ciudadanos, esto ya no es algo que se solucione de abajo hacia arriba, sino que viene siempre desde arriba, desde el poder, desde el portar las facultades para fortalecer la educación, fomentar los valores, etcétera. ¿Cuándo va a cambiar eso? De repente la reforma de transporte funcionará como la primera piedra para edificar la formalidad en estos trabajos, no lo sé, aunque a ciencia cierta, parece que nadie lo sabe, ni siquiera el mismo presidente.
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