Veinte años o veinte días

Qué importan veinte años de la captura de Abimael Guzmán u once del atentado terrorista a las Torres Gemelas si seguimos oyendo a gritos la necesidad de tener una memoria más allá de la lógica y obvia definición de “no repetir lo negativo”, pues no está sirviendo como herramienta que también ponga en jaque futuros infractores y de justicia a los afectados totales. Como exhortó el ex presidente Dwight Eisenhower a sus patrullas durante el Holocausto judío: “filmen y guarden el registro, porque después ellos dirán que nunca ocurrió”.
A veinte días de darse conocida la noticia de una niña pakistaní cristiana con síndrome de Down que fue brutalmente encerrada en una cárcel para adultos tras quemar por accidente un libro introductorio al Corán, un desubicado residente californiano provocó la ira de un grupo extremista islámico que atacó la embajada de Estados Unidos en Libia —la cinta se burla abiertamente de un Mahoma homosexual, pedófilo y bruto—, terminando con la vida del embajador y otros tres miembros diplomáticos estadounidenses. En el Perú, la política se vuelve a bañar de ‘senderos luminosos’ con insurgencias de nuevas columnas terroristas que no sólo se forman en la altura de los cerros y montañas, también en la cercana metrópolis limeña. El terrorismo sigue representando una etapa contemporánea donde la vida vale poco y donde el liderazgo se otorga a ídolos que bañan de sangre y corrupción un país fragmentado; no obstante, ni siquiera sobre el término “terrorismo”, a pesar de su alta empleabilidad, se puede dar fe que la mayoría de peruanos conozcamos sus reales significados en nuestra historia.
Sean veinte días o veinte años, lamentablemente, el pasado siempre se asienta a la vuelta de la esquina, pero aparentamos querer vendarnos los ojos con ceguera colectiva.
Por ideologías de cualquier índole, la violencia que desata la desigualdad entre culturas es un grito que intenta explicar la necesidad de distanciamiento y de reconocimiento al valor propio de cada identidad para que prime en los cerebros comunes de toda la gente.
El delincuente Guzmán y el irresponsable ‘cineasta’ son motivadores tan nefastos como momentáneos dentro de una situación que requiere mayor profundización. Por ejemplo, a través de su religión, el pueblo islámico ha demostrado el amplio mar de diferencia con Occidente, pues preservan costumbres firmes y arraigadas, aun cuando la voraz industria intenta adentrarse con autoridad en esas tierras. Desde acá, esos pueblos se ven tan áridos, descampados y lejanos. Para nosotros no existiría medio oriente si no fuera porque los cánones digitales han roto todas las barreras de difusión en el mundo. ¿Dónde está, acaso, la información detallada de la guerra de Siria? Todos los días mueren muchas personas por conflictos cuya información parece de otro mundo por llegar tan escueta y sin propósitos de reflexión y conciencia a la masividad. Solo arriba la más modélica y popular, e igual lo llamamos globalización.
¿También son lejanas las selvas del VRAE, aunque involucren compatriotas que, hasta sin saber por qué o tener opciones de control, se enfrentan sin descanso?
La memoria, para ser práctica y motivo de estabilidad, no se inculca con reglamentos que condenen la negación o que castiguen con métodos carcelarios, porque callar las bocas solo consigue la permanencia del terror y la violencia escondida entre las multitudes, allanada en los corazones de unos cuántos esperando el momento propicio para regresar por su venganza. Sí se enseña con el ejemplo y la cercanía, se introduce en la cultura de una sociedad mostrándose con los ojos bien abiertos, para relucir sus verdades, pero en una batalla continua y, quizás, diaria. Se necesita poner en marcha su difusión sincera y valerosa sobre los conflictos para palparla como la realidad y sentirla al lado. Esa es la mejor alarma contra los problemas, pues recordar es hacerlo con severidad, reflexión, reconocimiento y denuncia para no estar condenados a repetirlo, así pasen veinte años o veinte días.
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