De sopas y libertades

La ley ‘SOPA’(Stop Online Piracy Act) causó, hace unos meses, gran revuelo en Internet. Millones de usuarios hicimos visible nuestro descontento con ella mediante estados de facebook (y los respectivos clics en “me gusta” a los estados de los demás), entradas de blog, imágenes o gags de protesta, o compartiendo opiniones de especialistas en contra de la censura y a favor de la laxitud en el tratamiento de la propiedad intelectual. En fin. Los más radicales incluso ayudaron a los Anonymous a saturar los sitios web de las principales instituciones implicadas en la promulgación.
Gracias a ese durísimo trabajo, quizás también a la presión ejercida por el auto-cierre momentáneo de sitios web a los que hasta el intelectual más respingado se ha asomado alguna vez –me  refiero a Wikipedia–, y cómo no, a la siempre oportuna aparición de los parlamentarios que se dejan llevar por la marea de la voz popular, el Congreso estadounidense decidió congelar el debate sobre el proyecto hasta conseguir un consenso. En otras palabras, hasta que baje el alboroto cibernético. O si quieren, hasta que los usuarios encontremos otra forma de canalizar nuestro deseo de ser relevantes, cómodamente sentados frente al ordenador.
Más allá de las diferencias técnicas que, por supuesto, casi ninguno entendió, SOPA, PIPA o ACTA, significan lo mismo para nosotros: los deseos de censurar y controlar la producción de contenidos del espacio al que hemos empezado a sentir como más nuestro, más democrático, menos imbuido del corporativismo capitalista que solapadamente se convierte en la piedra en el zapato de nuestros románticos anhelos de plena libertad. Es decir, Internet.
Y es que para un conjunto de generaciones acostumbradas a tener que adaptar sus producciones culturales a las estéticas de los grupos de poder mediático, a haber sido siempre las expresiones de contracultura, Internet se ha convertido en el lugar. Si nadie quiere publicar mis artículos, pues hago mi blog y por ahí alguien me lee, por ahí y me hago famoso, si soy marxista ortodoxo, neoliberal a ultranza, si soy políticamente incorrecto, socialmente desagradable, ahora tengo donde expresarme, hay un medio que somete mi singularidad a los reflectores de la opinión pública sin la represión de los criterios utilitarios. Además, por fin la música es gratis, las películas son gratis –¿por qué seguirán ganando tanto las productoras y los estudios de Hollywood?–, los libros, el conocimiento, ¡pronto todo será gratis!
Pero, ¿y si la viralidad de los contenidos no es más que otra artimaña para vendernos productos? ¿Si nuestro grado de estupidez aumenta de forma directamente proporcional al tiempo que pasamos frente a la pantalla? ¿Y si Kony 2012 es la reinvención del psicosocial a escala cibernética, si el gobierno ya controla Internet y SOPA, PIPA o ACTA solo son señuelos? ¿Si solo sirven para crearnos la ilusión de ser libres, de poder defender nuestra libertad, cuando cada vez lo somos menos? ¿Si los teóricos de Frankfurt tenían razón? ¿Si la comunicación y la cultura son cada vez más banales? ¿Y si el mundo se acaba en diciembre?
La batalla intelectual entre quienes Umberto Eco describió –no sin antes aclarar que se trataba de una generalización mezquina– como “apocalípticos e integrados” ha existido desde la televisión y existirá mientras haya medios de comunicación de alcance masivo. El miedo de los unos –por ejemplo, Vargas Llosa– a que la gente reemplace la capacidad de la gente de producir ‘alta cultura’ por un formato repetitivo y vacío o banal, siempre chocará con la democratización del conocimiento que reivindican los otros. Dicen los primeros que los medios masivos estupidizan a las personas con contenidos frívolos que son todos iguales –léase, el baile del caballo–, para que no anden pensando en cambiar el mundo y ese tipo de fastidios. Dicen los segundos que, gracias a la tecnología, hoy se puede tener acceso a mucho más de lo que se ha tenido nunca, con mayor rapidez y libertad de elección.
Lo cierto es que en la nueva configuración del modelo comunicativo, los ‘apocalípticos’ pierden de vista al receptor, se olvidan de que tiene capacidad de reacción. Se olvidan, también, que no todos entendemos los mensajes que recibimos de la misma forma porque no estamos cortados por el mismo molde, porque hemos tenido experiencias de vida diferentes (receptores aberrantes, nos llama Eco). Por ende, es imposible hacer que una masa de personas piense de una determinada forma si es que no está predispuesta a hacerlo por otro tipo de factores. Se puede encarrilar, mas nunca mover.
Así también, no toman en cuenta que el ser humano está hecho para luchar por causas y que, si bien el mejor intento de disuadirlo es mediante un artilugio encaletado, la sana mentalidad disidente es, en realidad, más común de lo que se cree y las cortinas siempre terminan por caerse. No estamos hechos para vivir en la mentira, ni en la esclavitud, aunque suene intelectual decir que sí. Nacimos para ver la verdad y vivir en libertad, y aunque nuestras relaciones conduzcan naturalmente a una asimetría de poder, tarde o temprano llegaremos a ellas. El cómo y su nivel de violencia dependen ya de qué tan largo y difícil haya sido el sometimiento.
Paolo Benza
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