Ay Ruth Thalía, ¿qué dirías de tanta hipocresía?

Siempre he tenido la curiosidad de saber qué pensarían los muertos de todo lo que se dice de ellos después de su deceso. Esa intriga me ha invadido incluso en los casos más nobles, como cuando murió mi abuela o cuando falleció un antiguo profesor de colegio.  Y digo ‘pensarían’ porque por una cuestión de fe –o falta de ella– no creo en la preservación del espíritu, la vida después de la vida o similares. En fin.
No conocí a Ruth Thalía Sayas Sánchez y quizás haya estado lejísimos de conocerla, siquiera por casualidades de la vida; sin embargo, igual me asalta la duda, ¿qué pasaría por su mente si viera el tremendo show que le han montado? Peor aún, ¿qué opinaría de sus tantos actores? Me refiero a esas voces ‘autorizadas’ que han pegado el grito en contra de la televisión basura y a favor de la regulación de sus contenidos, y a todos los que, porque suena chévere y reflexivo, lo repiten.
Ellos son los amantes del deber ser periodístico, los paladines de la educación de las masas, algunos refugiados en cátedras universitarias (en universidades como la mía) con papeles secundarios en el ámbito mediático y otros que aprovechan el pánico para ajustar a la competencia. Pregonan y pregonan, pero solo pregonan. Es verdad, no puedo saber cómo calificaría Ruth Thalía la actuación de aquellos abanderados de la ética, pero entendería si piensa, como yo, que son unos totales y completos hipócritas. Si usted es uno de ellos, lea de nuevo esa última palabra, una vez más… ¿la entendió? Búsquela en la RAE.
Haciendo zapping hace poco me encontré con un episodio reciclado del reality de Mónica Zevallos donde una panelista vociferaba, ante el abucheo del público, su gusto por acostarse con cuanto hombre se cruzara por su camino. Entonces, la rubia conductora le cedió la palabra a un integrante del público y, tras su intervención, todo se clarificó para mí. “¿Sabes qué? Eres una perra sucia, me provoca agarrar la silla y rompértela en la cabeza por cochina”, le dijo el esperpento de hombre que sostenía el micro. Todos aplaudieron, Mónica sonrió.
¿Cuán verosímil les parecería que un hombre mate a su ex enamorada porque esta confesó públicamente que tuvo sexo con otros hombres a cambio de dinero? Ojo, verosímil, no correcto. Así es, vivimos en una sociedad en la que una mujer no puede confesarse polígama –pero sí serlo– porque se convierte en una puta a secas y con carga peyorativa; en la que parecería normal que un macho ofendido la ponga en vereda, y bueno, digamos que si se le pasó la mano…
Según la comisión de la Mujer del Congreso, se cometen 11 feminicidios al mes. Cada tres días matan a una mujer por su condición de mujer y ¿cuándo pegaron el grito los moralistas? ¿Cuándo hicieron pronunciamientos, análisis sociales y debates éticos en clase? ¿En qué se diferencia Ruth Thalía Sayas de Leyla Zegarra, a quien su pareja roció de gasolina y prendió fuego el 19 de marzo? Vivimos en una sociedad en la que te matan –seas hombre o mujer, niño o anciano– por un par de zapatillas y ahora todos se indignan porque la ambición por hacerse con el dinero del premio “convirtió a Bryan Romero en un asesino”. ¿Encontró la página de la RAE?
Si lo hizo, ¡qué bueno! Porque tengo otra palabra para que busque: facilismo. Durante años hemos tirado el pato de nuestros fracasos como país a cuanto gobierno pasara por el poder, sin importar su color político. Es una tendencia que ostentamos –no sé si solo nosotros– con frescura, hacemos leña lo que sea más visible y tengamos más a la mano, así podemos zanjar rápido el tema, cerrar los ojos y seguir para adelante. En este caso, todos le cayeron a Beto Ortiz, a su programa, y, por extensión, a la televisión abierta en general.
La premisa para ellos es simple: los medios dan basura a la gente y esta, que es una masa bruta y manipulable, se comporta como tal, como basura. Otros, marcados por el trauma fujimorista, incluyen en la premisa la distracción del pueblo de los horrores que comete el gobierno.
Pues no solo subestiman a las masas, sino que sobreestiman a los medios. El poder de influencia de estos es sumamente limitado, su capacidad de configurar la mentalidad de las personas es prácticamente nula si no está acompañada de otros factores mucho más pesados. La masa no es bruta ni entiende de manera uniforme los mensajes que le llegan. Durante el gobierno de Fujimori, por ejemplo, el país acababa de salir de una crisis y una guerra, ambas muy duras, y se lo tenía a él, en gran medida, como artífice de ese logro. Aunque el control de los medios tuvo influencia, jamás hubiera sido suficiente para encubrir la corrupción sin esa legitimación de su accionar. Lo mismo con Goebbles y el odio alemán a los judíos. Eso sí, los medios pueden exacerbar, magnificar, poner de moda, pero siempre algo que ya existe.
Entonces, dejémonos de facilismos y empecemos a mirar a nuestros pies. La televisión es un reflejo de la sociedad, si no de toda, al menos de gran parte de ella. Y que los discriminadores encaletados no me digan fascista, porque en esa gran parte también incluyo al ‘A/B’, que bien que se divierte viendo Magaly, Combate, La Casa de los Secretos y demás. Ni lo duden, todos esos programas que exprimen el morbo de las personas son cualitativamente de lo más bajo, ¡pero bien que los vemos! ¿O ese rating que tenía El Valor de la Verdad era de puros fantasmas? En la cúspide máxima de la pirámide farisea están, entonces, todos esos que ahora critican, pero antes bien que se pasaban los sábados comentando las respuestas del concursante de turno.
Agarren la pregunta, porque parece que para todos se cae de madura: ¿Regulación o autorregulación? La primera es siempre en este ámbito una latente posibilidad de censura, aunque existan entidades independientes con poder de regulación en otros países. ¿Quién regula, bajo qué criterios y quién lo regula a él? Lo que para mí es de mal gusto, para ti puede no serlo (por supuesto, mientras no se llegue a casos penados por ley, como cuando Carlín sacó la cara de un menor de edad que había sido violado). Y la segunda, la autorregulación, es un tremendo saludo a la bandera. Como tampoco se trata de defender a los medios, es necesario decir que la falsedad también es de ellos. ¿Para qué diablos redactan un Código de Ética si no lo van a cumplir? Bueno, qué pregunta tan tonta la mía, para quedar bien con esos otros hipócritas pues, los que pregonan y pregonan…
No somos bebés, aunque muchos digan que nuestra sociedad es inmadura e incapaz. La mejor arma para obtener de los contenidos de los medios ese ‘plus’ de calidad moral que tanto deseamos es cambiarles el canal. Así de simple. Si no lo logramos hacer, no lo queremos de verdad. Y en ese momento, miren a los colegios señores, a los profesores en huelga, al deterioro de la educación familiar; miren ahí, dentro de sus propias casas, y no solo a las pantallas de sus televisores o a las portadas de sus diarios.
No puedo saber qué diría Ruth Thalía Sayas de todo este show, ni siquiera de esta columna; sin embargo, sí puedo decir que parecía ser una chica que ha vivido lo suficiente para estar prevenida de que la gente hipócrita –y perdónenme que le dé tanto a la palabra– anda al acecho, siempre con tonito reflexivo e intelectual, pero siempre, siempre con más palabras que acciones.
Paolo Benza
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