Respeto por las imágenes

La potencia visual merecía un guión con más garra y frialdad y menos manual del suspenso que resuelva la historia mitológica de sabanas, armarios y seres sin rostro.

El niño se levanta de la cama agitado, corre por el pasillo al ser perseguido por figuras malvadas y la audiencia queda petrificada buscando el desenlace del creíble suspenso. ¿No son los niños los más susceptibles a la percepción de formas imaginarias y sobrenaturales por la basta creatividad de la que se jactan? Ese recorrido se va a sentir hasta que el infante en cuestión toma contacto directo con sus agresores y se rompe el vínculo entre sueño y realidad, pues su ensoñaciones afectan por sorpresa el entorno físico terrenal.
Sin embargo, hay una dicotomía en la historia que difiere del camino natural de la fantasía y además nos acerca a la esencia del drama español de los últimos años: insertar en la trama la psicología y la religión para dar rienda suelta a matices históricos e historias racionales.
Intruders construye una narrativa paralela en dos actos entrelazados por la similitud de sus historias: grupos familiares golpeados por sorpresivos y misterios trastornos y apariciones que intentan destruir la estabilidad de sus hijos. Formas encapuchadas, armarios, vacíos y pesadillas explican la mediación entre estas figuras sin rostro. Pero la historia mitológica de Carahueca, aquel ser sin rostro que intenta apropiarse de la identidad de sus pequeñas víctimas, va más allá de los sueños, del silencio y de la ceguera adulta, pero el guión no termina de cuajar la seriedad de un género sin mostrar las credenciales del ambiente propicio. No se han tomado en serio su propia creación.
Es verdad que la historia recoge el manual del suspenso: nos deja protagonistas sobre el abismo, revuelve las racionalidades dándole a la audiencia el privilegio de conocer lo que les va a pasar a los protagonistas y, por momentos, nos deja entrever situaciones sorpresivas, dejándonos un guión de mayor factura que la rutina. Sin embargo, no es suficiente: la historia se va relevando como un mal sueño y la narración hace sentir que somos parte de una leve equivocación y no de un extraordinario transtorno, opacando la historia por la fuerza detrás de las pantallas que domina el cine de Juan Carlos Fresnadillo desde su primera película, Intacto, diez años atrás: la reverencia constante por los planos, la imagen limpia, la minuciosa edición y los tonos sofisticados de opacos y matizados.
El respeto a las imágenes merecía una narración que sea justa con la potencia de la mitológica propuesta de fantasmas de sabanas y armarios, garra para retratar una historia macabra y adulta de la herencia del miedo y la frustración de lo desconocido y cuente más sobre la compleja relación entre los protagonistas. ¿De qué sirve la potencia visual si no existe la convicción firme de contar la historia con la misma potencia y el mismo respeto?
30 de Setiembre del 2012
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