Sistemáticamente podrido

Monterrico, 3:00 pm, cerca de fin de año.
Eran pocos los alumnos que se aventuraban a abandonar esa burbuja de tácita seguridad cimentada tras aquellos muros de ladrillo rojo, las lunas de la movilidad de la señora regordeta y la calidez de un hogar sin carencias. Eran pocos –y generalmente solo de los grados mayores– los que, tras el timbre de salida, dejaban las instalaciones de ese colegio católico y marianista, de familias tradicionalmente adineradas, para encarar de verdad un pedazo de la rutina urbana capitalina. Ellos eran dos entre esos pocos.
Ambos estaban en quinto de media, con la mente dispersa entre el ingreso a la universidad y un año escolar difícil, además de las usuales preocupaciones adolescentes –la juerga, las flacas, etc. –. Solían juntarse después de clases para tomar un micro que los llevara hasta un paradero en San Isidro, desde donde uno de ellos podía caminar hasta su casa, mientras el otro enrumbaba en otro carro hacia la ‘PreAgraria’, universidad a la cual pensaba postular por aquél entonces.
Grandes amigos desde hacía varios años, la elección del transporte público era audaz: les concedía libertad de horarios y la posibilidad de ir juntos, conversando sobre sus anhelos existenciales. Como de costumbre, cruzaron el parque con dirección a Angamos, entre el incipiente sol de primavera y la tranquila atmósfera de un barrio residencial. A medio camino llegó el primer aviso, tan rápido que quizás no le prestaron atención. Un sujeto visiblemente ajeno al lugar les preguntó por una dirección. Esta era tan desfasada que alertó a uno de los dos, más avispado que su amigo, quien parecía ir siempre más lento que el resto. Lo jaló para alejarse del intruso, mientras desdeñosamente se disculpaba por no poder ayudarlo.
El largo recorrido hasta San Isidro transcurrió con relativa normalidad, entre los usuales problemas para pagar el pasaje escolar, los vendedores de golosinas y las conversaciones de todos los días. La sorpresa, sin embargo, vino despues. Al poner el primer pie sobre la acera, una cara recientemente familiar les heló la sangre. El tipo de la dirección estaba allí… y no se había subido al bus con ellos. El vislumbre de una pistola guardada en su cintura terminó con el disimulado intento de uno de ellos de huir del lugar y un “avanza tranquilo concha tu madre o te lleno de plomo” sepultó por completo sus esperanzas de salir bien librados de la situación.
“Hay un carro esperando”, les dijo el sujeto, al tiempo que los conducía al jardín frontal de una de una casa sanisidrina vieja y abandonada. Si los había seguido hasta allí, tenía que haber un vehículo, y definitivamente no querían terminar abordo. En el frontis de la casa, se perpetró el robo. El ladrón, que tuvo la conchudez de devolverle el celular a uno de ellos por estar obsoleto, se llevó un collar, iPods, dinero y la confianza de ambos para caminar tranquilos por las calles por un buen tiempo. Antes de irse los obligó a arrodillarse de espaldas a la calle, mientras los instaba a colaborar y no voltear. Cuando se decidieron a hacerlo, ya no estaba ahí. El celular devuelto fue robado solo días más tarde.
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Límite de Lince con La Victoria, 11:00 pm, un jueves de marzo.
El partido había sido una mierda. Un equipo segundón de Ecuador, el Manta FC, traído precisamente para ser un sparring accesible, le había ganado a la U en su presentación oficial. El equipo había evidenciado falencias en todas sus líneas, confirmando lo que la desastrosa pretemporada ya hacía presagiar: el presupuesto daba solo para pelear la baja. A cualquier hincha sincero como él eso le duele, y feo.
Discutiendo las posibilidades de cara al torneo, dejaba atrás, junto a tres amigos, la puerta de entrada de la tribuna Sur del Estadio Nacional (Norte se había agotado), dispuestos a encontrar un taxi barato que los llevara hasta sus casas. “Hay que caminar un poco, acá nos van a cobrar un culo”, dijo uno de ellos y él, en el corolario de una serie de decisiones estúpidas que había tomado aquella noche, aceptó sin estar muy convencido.
El público había evacuado las calles adyacentes al estadio bastante rápido y estas lucían vacías, como si ningún partido se hubiera jugado cerca. Mientras caminaban por el margen occidental del ‘zanjón’, las veredas rotas y los portones enrejados fueron irrumpiendo en el paisaje. Del otro lado, el panorama era aún más intimidante, basura amontonándose en las esquinas y callejas en donde la luz parecía perderse en la soledad de la noche. Él intentaba demostrar valentía con sus pares no prestándole atención al miedo que le causaba la situación, pero no podía evitar mirar hacia atrás cada cierto tiempo para cerciorarse que nadie los seguía.
Para poner las cosas más claras, eran cuatro chibolos medio pitucos deambulando por las calles aledañas al distrito más aliancista de Lima a las 11 de la noche, vestidos con camisetas cremas y riéndose como idiotas para aligerar el temor. ¿Se entiende lo de la serie de errores?
Luego de que una pareja les arrebatara un taxi con evidente urgencia, se aproximaron a una intersección en la que un puente conectaba ambos lados de la vía expresa. Dos tipos venían en dirección contraria y uno de sus amigos bromeó diciendo que los iban a asaltar.Él se apartó instintivamente. Los hombres pasaron de largo, mirándolos. “¿Qué pasó, te measte?, dijo uno del grupo en tono burlón.
La chacota hizo que no se percataran de los cinco hombres que estaban cruzando el puente hasta que los tuvieron encima. Dijeron ser hinchas de Alianza, el más corpulento –de su tamaño, pero el doble de ancho– lo encaró. “Qué pasa causa, este barrio es grone, sácate eso rapidito huevón”, le dijo y pudo notar los cortes que tenía en la cara. Todo sucedió bastante rápido. Le quitaron la camiseta original que le había regalado su hermano, pero cuando comenzaron a bolsiquearlo, tuvo la única reacción inteligente aquella noche: le dio un billete de diez soles al ladrón y lo apartó diciendo que no había más. Este le creyó.
Solo le robaron a él que, congelado por la impresión, no opuso mayor resistencia. Los ladrones vieron que venían algunos carros y huyeron hacia su lado del ‘zanjón’. Tuvo que caminar desnudo hasta que consiguieron un taxi que los sacó de allí.
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Cercado de Lima, 10:00 am, un viernes de septiembre.
Regresaba de la universidad con dos mochilas, una con sus libros y otra con su ropa sucia de deporte. La zona en la que vivía era peligrosa, pero siempre había sabido arreglárselas. Quería cortar camino, sin embargo, sabía que cruzar esa calle era arriesgado. De carácter paciente y reflexivo, imaginó que a nadie se le ocurriría andar asaltando a esas horas de la mañana, a plena luz del día. Decidió entrar.
Andaba con la cabeza en otro lado, suficientemente mala había sido su semana como para lo que vendría después. Ni se percató de que venían a su encuentro hasta que uno de ellos se plantó delante y lo apuntó con una pistola. El otro lo agarró por el cuello. Ambos empezaron a revisar los bolsillos de su pantalón mientras él, imaginando –y rogando– que el arma fuera falsa, impedía que le arrebataran la billetera. Por eso, le ensestaron dos golpes directo en la cara.
La rabia lo desbordó, la impotencia de no querer financiarle el vicio a esos dos se sumó a los problemas que ya traía encima. Podían pegarle todo lo que quisieran, pero no le iban a robar. Se los hizo saber. Tras ese cuerpo exageradamente delgado y la apariencia apacible que le daban sus rasgos orientales, se escondía una fuerza bastante más grande. Logró zafarse de la llave, mas no pudo evitar que le quitaran una de sus mochilas. Empujó al tipo de la pistola y lo insultó. “Ya fue pes varón, tranquilo”, le dijo este. ¿Fue? Imposible.
Corrió tras el otro que ya empezaba a revisar entre sus canilleras y lo alcanzó. “Esta todo bonito ah”, le dijo con sorna al percatarse que no había dinero que robar. Él le arrancó el bolso y se fue corriendo. Mientras huía y los puteaba, alcanzó a escuchar alguna de sus amenazas: “Te vamos a agarrar con piedras causa, ya te jodiste”. Siguió corriendo.
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Tal vez sean tres de los 27 500 casos que ha registrado la ONG Ciudadanos al Día para el primer trimestre de este año, aunque lo más probable es que no, porque ninguno de los asaltados denunció el hecho a ninguna clase de autoridad. ¿Para qué? Ese es el problema. El sistema de seguridad en el Perú está podrido. Sistemáticamente podrido. Póngale los nombres que quiera a estas tres historias. ¿A quién no le robaron? Por favor, levanten la mano, no se amontonen.
Paolo Benza
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