El augurio de un ‘temblor devastador’

En el 2007 yo cursaba el 4to año de secundaria, mi mayor preocupación era no tener un vestido para los ‘kinos’ y pasaba las tardes -entre libros de geometría e historia – escuchando The Used, My Chemical Romance y Líbido. No vivía al límite ni predicaba el Carpe Diem, y nunca pensé que al levantarme tal vez sería el último día de mi vida. Esto para muchos cambió el 15 de agosto, cuando un fuerte terremoto devastó Pisco, y de paso sacudió a la capital. El suceso es conocido por muchos, a casi las 7 de la noche, la tierra se empezó a mover, hubo fuertes destellos en el cielo -que hasta ahora sigo pensando que no fueron solo descargas de energía-, las líneas telefónicas colapsaron, y el país se sometió a un duelo nacional por los más de 400 mil afectados.
Nadie lo pronosticó antes, a nadie se le ocurrió hacer un estudio pseudo científico para adivinar el momento exacto de un movimiento telúrico, y sobretodo si a alguien se le hubiera pasado por la cabeza vaticinar un terremoto, lo hubieran tildado de demente. Esto último, parece haber cambiado al menos en una cierta parte. Científicas rusas, o mejor dicho, adivinas disfrazadas de científicas aseguraron hace una semana que hoy día se iba a producir una catástrofe en el Perú; un sismo que hasta produciría un tsunami y destruiría América. El incierto, pero suficientemente psicótico augurio, resonó tanto en las redes sociales como si de un hecho importante se tratara. Así fuere con ánimo de burla o de escepticismo, lo sobresaliente aquí es que por más que el ser humano se sienta el portador del cartel vanguardista en el desarrollo científico, no se puede negar el rezago que deja lo mítico, lo fantástico, lo fabuloso.
En épocas donde estamos casi seguros de que la ciencia es la que puede probar, sanar, y hasta especular todo, las calles de Miraflores siguen albergando gitanas que prometen develar tu futuro, las ganas de irse a ‘leer las manos’ para saber qué cosas te van a suceder siguen vigentes, los anuncios de amarres y pociones para curar el mal de amores siguen siendo leídos con cierta suspicacia; ‘¿Será verdad?’. Pero más allá de las supersticiones, que hasta podrían pasar como integrante secundario de la cultura peruana, se encuentra esta paranoia: El miedo de perder todo en un segundo, de no controlar algo, de ser victima y no victimario. Tal vez sería mejor que mientras algunos empiezan a buscar -googlear- las probabilidades de que suceda algún evento de la naturaleza, pisemos tierra y veamos que en realidad esa paranoia podría ser usada para mejores términos.
Tengamos miedo de los más de 500 mil inmuebles antiguos en el Rímac que podrían colapsar, del 80% de la población que se encuentra en zonas de difícil acceso, de cómo el ‘boom inmobiliario’ del que todos hablan ha dejado a Lima sin espacios de refugio y contención. De los 8 hospitales que presentan una vulnerabilidad estructural muy alta, de la crisis de Essalud que agrupa a 25 mil profesionales del sector, de los conflictos sociales omnipresentes y que -ojalá me equivoque-, nunca van a dejar de existir. Sobretodo, y sin ánimo de hacer carga montón o de tocar un tema ya demasiado trillado, sino haciendo un mea culpa, tengamos miedo de ese grupo que actúa en privado, de ese grupo que se mueve como si tuviera tentáculos, como si -pensando fantásticamente- fuera el Voldemort de nuestra época. Tengamos miedo de cómo la educación se está viendo involucrada con Sendero, el que no debe ser nombrado. Mas no le tengamos miedo a ellos, sino a nosotros mismos. El miedo, ante una situación en peligro, nos permite protegernos. Esperemos, pues, no tener que escudarnos de rusas adivinas, sino poder poner firme la barrera en contra del terror, para así empezar a construirnos mejor.
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