Cuando dejamos de dominar en la tecnología

El 12 de setiembre, mientras que en Perú se masificaba el hashtag de #20años aludiendo al aniversario de la captura de uno de los más grandes genocidas del país, por allá por los países norteamericanos también se celebraba, pero no nuestra casi-victoria sobre el terrorismo, sino el lanzamiento del iPhone 5. La expectativa fue tremenda, la decepción aún más. Las críticas empezaron a llover de manera colosal por la web. ‘No hay sorpresa ni progreso’, decían.
Podré no desempeñarme con destreza en el ámbito de la tecnología, pero hay algo de lo que he sido partícipe: cómo la ciencia se ha ido apoderando, casi simbióticamente, de nuestra vida. Tanto así, que los usuarios reclaman, como si de un derecho fundamental se tratara, que el lanzamiento del nuevo iPhone 5 sea completamente exitoso y recubra todas sus necesidades. Si sólo se cambió la pantalla, no están contentos. Si sólo varió un poco el diseño, mucho menos. Quieren ver novedades colosales. Quieren algo más.
Pues yo no entiendo qué algo más se puede pedir. Si bien, no quiero pecar de mediocre y decir que es suficiente con un celular atado a Internet, ya que sin duda esta corporación magnánima ha revolucionado todos los aspectos de nuestra vida, pero fíjense un poco a qué le están prestando atención. Aún recuerdo cuando la moda de las alertas, de la conexión directa, del A4 y del CO se plantó como una hegemonía, como para quedarse. Esa conversación entrecortada por el ptt y el ‘¿Me copias?’ digno de una escena hollywoodense de espías y mafiosos. El sonidito de la llamada al nextel y el altavoz de las conversaciones, de las cuales nadie quería enterarse pero igual lo seguían usando. Definitivamente ahora ya no es, dame tu número… sí ese de siete dígitos con un asterisco al medio, ahora es dame tu PIN.
Blackberrys, smartphones, iphones, tablets, androids, ipods, e infinitos nombres que las publicidades hacen que se queden enfrascados en la memoria. Y no sólo porque salga Brunito Pinasco diciendo que hay nuevas promociones, sino porque estos objetos han cobrado protagonismo en la dinámica de las conversaciones. Cobran importancia como el canal dentro del esquema primarioso de la comunicación (ese del emisor-mensaje-receptor). Pero más que como puente que derrumba distancias y logra comunicarme con el tío de España, siento que por momentos se convierte en una barrera.
Es ese momento en el que te das cuenta que whatsappeas a tu mamá para que te diga si el almuerzo ya está listo y poder salir de tu cuarto, en el que – casualmente – estabas echado con la laptop encima, ¿haciendo qué? conectado a Internet. Pero también hay otro momento, donde le dices a tu compañero ¿me estás escuchando?, y no en un tono histérico porque empezó a mirar a otro lado, sino porque estaba ensimismado con el aparatito tecnológico.
Y aquí es donde me pregunto al mismo estilo de Zavalita, ¿en qué momento se jodió la conversación? O para ser más exactos, ¿cuándo nos convertimos en siervos y ya no en amos de la tecnología? No satanizo los avances de la ciencia ni mucho menos, simplemente pido que disfrutemos más el instante vivencial y no el digital. Si esto lo leyera mi profesor de Tecnologías de la Comunicación, seguramente me reprobaría del curso en el momento, pero esto va más allá. No hay duda de que se ha revolucionado y hasta mejorado varios aspectos de la interacción entre todos nosotros, pero como bien dice mi abuela ‘todo exceso es malo’, deberíamos probar por un día, o por dos, o por tres, desligarnos completamente de la tecnología. Salir, respirar, correr, caminar, concentrarnos por un buen momento en el diálogo con el otro, reírnos no de la imagen que sale en 9gag, sino de lo chistoso que es fulanito, de cómo se vistió sutanita. Sin embargo, anteponiéndome a los comentarios que pueda suscitar esta columna, me pregunto ¿yo lo hago?. Tal vez sea bueno que tú te lo preguntes también.
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