Tantas veces Claudio

Claudio Pizarro, antes de patear el penal (Foto: CMD)

Por Paolo Benza y Fabrizio Ricalde
La cara de Pizarro aparecía, en primer plano, en los televisores de toda una nación. Adusta, severa, concentrada. A doce pasos estaba el grito, la euforia, la posibilidad de callarle la boca a todos los que decían que la franja de su camiseta se empapa, pero con cubitos de hielo cuando juega por la selección. Corrió dando trancos largos y lentos, como si fuera a realizar un salto alto, y cacheteó la pelota con suavidad, intentando asegurarla con un remate cruzado. Sergio Romero, arquero albiceleste, solo tuvo que seguir el manual y palmotear la pelota lejos de las redes. “Si hinchas por Perú, este es el contrato, no puedes esperar tener el partido asegurado a los dos minutos del primer tiempo, hay que sufrir hasta el final”, dice alguien. Es verdad.
Sin Vargas, Guerrero, ni los dos laterales por derecha, todos lesionados, Markarián alineó un equipo que privilegió el medio campo, con tres hombres para recuperar el balón y distribuirlo: Ramírez, Cruzado y Lobatón. En la defensa, una línea de cuatro con rapidez en tramos largos, tomando en cuenta los rápidos despliegues por las bandas en ofensiva del rival con sus velocistas Lavezzi e Higuaín; dos volantes propios que corran las bandas buscando la profundidad de centro pegados a la línea final; y, por último, como tantas otras jornadas donde Perú ha batallado con un único hombre en cara al gol, Pizarro solo contra las torres de Argentina.
Esa única punta nos dejó desde los doce pasos la primera decepción y se fue hundiendo en la soledad de la noche limeña dentro de su propia desmotivación y desesperanza de un capitán herido que no supo encontrarse útil para el equipo. No obstante, el funcionamiento de Perú en defensa frenó con astucia la asamblea vertical de la albiceleste y supimos, una tras otra, escarbarle la pelota de los pies a Lavezzi y compañía, esconderla en el triángulo de la volante y explotarla por los lados, generando córners y tiros libres que a la postre harían estallar, en una precisa jugada de balón detenido, el grito de júbilo silenciado minutos atrás. Zambrano llegó como el nueve y sembró la conquista dorada, coronando media hora de puro lujo peruano. Jugada de laboratorio, que le dicen.
Farfán y Advíncula formaron una asociación perfecta durante aquellos minutos, siendo el primero de ese tándem el que llevaba, con sus vertiginosos cambios de ritmo, la batuta del ataque blanquirojo. Los fantasmas, sin embargo, aparecieron para enmudecer el José Díaz y desvestir nuestras falencias. La fórmula es conocida por todo peruano que sigue a su selección: últimos minutos del primer tiempo, pase largo a la espalda de un lateral desacomodado, bola al punto de penal, y un central que suelta su marca y no llega al cierre. Póngale los nombres que quiera, las fórmulas, por definición, siempre se repiten. A cuidar la pelota y esperar el pitazo del árbitro. A pesar del trago amargo, el primer tiempo se fue con una pregunta inesperada pero gratificante: ¿está jugando ese tal Lionel Messi?
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Tras el descanso, el cuadro local salió renovado al gramado del Nacional con el ingreso de Ballón –aquel volante defensivo que emigró como promesa al River Plate argentino y regresó tras la funesta campaña de descenso– para darle aire a la recuperación y acelerar el toque en el medio ante la pasividad y el desgaste físico de Lobatón. Como pocas veces en estas eliminatorias, el equipo reaccionó en la segunda parte como un reloj suizo y continuamos robando balones, deshabilitando la figura de las estrellas rivales, que esta noche los hicimos parecer un puñado de fantasmas opacos y cansados. El equipo peruano equilibró una ágil defensa con un ataque muy veloz, acentuando las bandas para generar tantas llegadas que el gol parecía inminente, siendo por momentos un juego de valses y marineras, característica añeja de nuestro balompié en el extranjero: el toque y toque.
Las imágenes de Perú tocando la puerta del arco de Sergio Romero son muchas: un cabezaso en el que Pizarro se llenó de pelota, un remate de Rodríguez demostrando ser zaguero de profesión y una llegada en pared hasta el área chica en la que Farfán no tuvo la tranquilidad para tirar el cuerpo hacia adelante y romper el arco, por decir algunas. Sin embargo, el momento más emocionante –y a la vez, más doloroso– llegó cuando ‘Cachito’, provisto de una innegable técnica en el trato de balón, estrelló un remate en ese pedazo de metal al que ya deberíamos considerar símbolo de nuestras frustraciones. Perdóname Peredo, pero los palos no pueden seguir siendo así. Los peruanos dominaron al equipo gaucho, un rival que no vencíamos por Eliminatorias hace 27 años, todo ese segundo tiempo, pero el resultado seguía empatado, la impotencia a flor de piel.
La selección se llenó de ambición por la victoria y todos nos olvidamos que teníamos en frente a un rival liderado por el mejor jugador del mundo. En los últimos minutos, frente a la desesperación por lograr la victoria, saltó al campo Paolo Guerrero y, aunque visiblemente adolorido, sumó tres llegadas de peligro que nos dejaron con la palabra gol en la punta de la lengua. No obstante, el empate no se iba a quebrar y el equipo local consiguió un punto que sabe a poco y nos deja tres puntos por encima de nuestros próximos rivales, Bolivia y Paraguay, coleros absolutos del certamen, pero todavía muy lejos del último cupo para avanzar hacia el mundial.
Ahora, para recuperar nuestros puntos, estamos obligados a terminar de hundir a bolivianos y paraguayos en el fondo de la tabla, pero de visita. ¿Se podrá?

Messi cubierto toda la noche por la segura zaga local (Foto: CMD)

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