Crónica: El verdadero precio de un partido

No existe mejor manera de ver el fútbol que yendo al estadio. Trato de ir a todos los partidos de mi equipo, pero a los de la selección es una sensación distinta, sobre todo esta fecha: estaríamos enrumbados en el camino a la calificación o perderíamos todas las opciones de estar entre los cinco primeros. Entonces, había que decidir: ¿Venezuela o Argentina? Sobre el papel, la atracción por el segundo partido es superior, pero el problema era conseguir las entradas. Ya había comprado dos, pero más miembros de mi familia se sumaron y necesitaba otras dos entradas. Saldrían a la venta terminado el primero de los partidos. Un amigo me propuso: “vamos al estadio, nos amanecemos en la cola y compramos temprano”. ¿Qué tan difícil podía ser pasar la madrugada en las veredas del Estadio Nacional de Lima?
Finalizado el partido contra Venezuela con triunfo local y entre algunas cervezas, estábamos listos para partir. Al llegar a los alrededores, rápidamente pudimos identificar que no éramos los únicos: además de un grupo de animados hinchas, se podían distinguir un grupo de revendedores, asentados en los primeros lugares de una fila interminable. Nos apresuramos entre la multitud, con casacas gruesas, algunas galletas y muchas ganas. Dos pensamientos contradictorios invadían mis pensamientos: vale la pena el esfuerzo por ver a Perú y ¿qué demonios estoy haciendo? Casi tres cuadras de cola se formaron, con personas que ya dormían en cartones –“a sol el cartón”, gritaban los comerciantes– y se acompañaban de licores y música. Casi a una cuadra de la ventanilla, nos aguardaba un lugar privilegiado, previamente reservado por otro conocido del grupo. Solo una cosa era segura: nos aguardaba una noche larga.
“La noche se pasa tranquila, el problema es en la mañana cuando empieza la venta y llega la policía queriendo ordenar la fila. Ahí se pone jodido”, nos indica un revendedor en la cola, pues algunos borrachos ya empezaban a hacer escándalo por problemas de espacio en la fila. Al promediar las cuatro de la mañana, uno de los tantos revendedores –que además “vendía cola”– armó una pelea con un comprador que se apropió de un lugar ajeno en la fila. Entre golpes, nariz rota y luces de la prensa, la policía se encargó de llevárselos.
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Algo descubrí mientras pasaba la noche: existen dos tipos de revendedores. Los primeros son aquellos que forman sus propios grupos pequeños, compran las entradas y las venden a precios elevados por su cuenta. Los segundos, más simples, eran personas contratadas por terceros para amanecerse y únicamente adquirir las entradas. Sus empleadores, una versión de capitalistas ilegales, rondaban la cola, con listas de nombres y documentos de identidad de todos sus trabajadores. Además del pago de la noche, ofrecían ciertos beneficios como pollo a la brasa, bebidas rehidratantes, panes y jugos para el desayuno. Por supuesto, los del grupo dos eran los mejor ubicados y la masa de compradores más importante en la cola.
Amaneció y las piernas empezaban a quejar el cansancio. Llegaba la policía encargada y más cámaras y reporteros. Las filas estaban armadas y distribuidas por barreras metálicas; caras soñolientas prestaban declaraciones a los micrófonos, como la mía, que solo atiné a responder “sí, estoy aquí desde las dos de la madrugada”. Al fin y al cabo, no había sido una mala idea venir desde temprano: nadie contaba con esa mafia estacionada en los primeros lugares de la fila obstaculizando la intención de hinchas sinceros y honrados que merecían un boleto para alentar a su selección. Me refiero, en particular, a esas madres que llegaban cargando a sus hijos pequeños con la ilusión de ver a la rojiblanca correr detrás de una pelota en búsqueda de la clasificación.
De pronto, el gran momento llegó. La cola empezó a moverse, nuestros pies podrían pisar nuevas parcelas de vereda y solo un pensamiento de impaciencia dominaba nuestras cabezas: los policías habían anunciado, minutos antes, que solo mil entradas estarían a la venta. Si bien no estábamos lejos de la boletería, nada nos aseguraba aun los boletos en nuestras manos.
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El primer comprador fue un señor de unos 93 años, quien no demoró en revender quince minutos más tarde su exitosa compra a 70 soles. Pero el tiempo se estiraba cada vez más, pues al cabo de una hora recién comenzamos a avanzar ya que en los primeros lugares se habían formado hasta cuatro filas paralelas, alargándola más. Esos primeros pasos fueron alentadores, aunque sabíamos que a la cola se había sumado más gente en nuestros alrededores y la densidad se hacía mayor.
Doblando finalmente la última esquina, en dirección a la puerta Norte del Coloso de José Díaz, tengo clara imagen dibujada en mi mente cuando avanzábamos por recta final: un policía miraba hacia la cola, movía horizontal y paralelamente ambas manos de un lado al otro, con cara de decepción. Las entradas se habían terminado.
Esa noche fría, sentados en la vereda, motivados por la ilusión de un hincha, se desvanecía de pronto durante la mañana por culpa de ese maldito mercado negro que lucra contra la buena organización y los buenos sentimientos de la verdadera hinchada. ¿A quién le conviene la penalización de las reventas? Para el propio presidente de la Federación, Manuel Burga, “las entradas deberían estar más caras, cómo si la gente no pagara tres veces más de su precio”.
Mi motivación inicial: conseguir dos entradas más para ir en familia. Lo que conseguí tras una noche desperdiciada: verme obligado a vender las entradas compradas antes del partido con Venezuela, por no traicionar a los míos. Me convertí, de pronto, en un sucio revendedor, por culpa de los revendedores.
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