‘Cantera de Hinchas’

A puertas de partido con Argentina, termino encontrándome con ese sentimiento que tanto juré no volver a tener. A puertas de un cotejo que, aunque quiera ignorarlo, define si llegamos a La Paz aún en carrera o si empezamos a mirar la calculadora, me invade ese temblor incómodo, esa emoción reprimida, esa cruel esperanza.
Cuando Perú quedó último en las pasadas Eliminatorias, decidí que el masoquismo ya había sido suficiente, que estar por debajo de Venezuela o Bolivia –con todo respeto–, que caer 6 – 0 en Montevideo, y que demás vejámenes y deshonras sufridos por nuestro balompié eran bastantes razones para dejar de creer en una organización que conlleva un fracaso inevitable, casi intrínseco. Por eso, intenté tomar la llegada del ‘Mago’ con indiferencia, viendo de reojo y con sorna los pobrísimos amistosos que disputó como preparación. Pero se le ocurrió ganar, a él y a ellos, a esos malditos.
Y entonces, haciendo gala de un sistema humilde pero ordenado y de un delantero con un instinto depredador, la selección se calzó la medalla de bronce de la Copa América y echó por la borda mi compromiso de no estar nunca más ahí para ella. Otra vez a lavar la camiseta, a juntar la plata para las entradas que ya se venía la nueva Eliminatoria (que esta vez sería Clasificatoria). Con estos cuatro fantásticos no nos para nadie.
Por televisión –revendedores, ojalá ardan en el infierno–, grité como pocas veces los goles de Guerrero a Paraguay.  La derrota en Chile no fue suficiente agua fría, siempre perdemos en esa visita. Sí, al menos lo sé desde el 98. Qué demonios, pensé, a la blanquirroja no la para nadie.
Ecuador hizo que terminara el año buscando a Perú en los últimos puestos de la tabla, pero vamos, ¡luego tocaba de local y la oportunidad de lavarse la cara con Uruguay por la derrota en Argentina! Los fantasmas, sin embargo, regresaron. Las desconcentraciones en defensa, las salidas en falso, los golpes en los últimos minutos, cuando parece que se puede, ahí cuando duele. Últimos otra vez.
Abracé con despecho el discurso de Phillip Butters, me volví su fan, rebusqué sus entrevistas en Youtube. Vete al diablo Estafarián, tú, Burga y todos sus comechados. Los jugadores se hacen los lesionados, son unos maricones que solo piensan en sus clubes. Bueno, tú no Guerrero, tú pones todo pero no puedes solo.
Pero llegó el viernes y ahí estuve, como un imbécil frente al televisor, con los dientes apretados y la garganta pidiendo tregua. La misma dinámica se dio durante el transcurso del partido. En el entretiempo: que el árbitro siempre nos hace lo mismo, que el idiota de ‘Superman’ siempre quiere robar en los tiros libres. Después de los dos tantos de la Foca, poco faltaba para empezar a cantar los oles.
Es que es así y así va a ser siempre. Dicen que en Bolivia también llenan estadios, pero en el Perú tenemos una rara particularidad. Crecimos escuchando a nuestros padres hablar sobre la eliminación de Argentina en la Bombonera, sobre ese coraje, esa habilidad y esa sinvergüencería, sobre las diabladas del Diamante y las fintas del Poeta de la Zurda, sobre Chale y Perico León, sobre Cubillas y Chumpitaz; anhelamos esa gloria y soñamos esos triunfos. Pero no podemos alcanzarlos. Aún así, vemos la liga local aunque sea un mamarracho, levantamos a los jóvenes como promesas por dos buenos partidos y pedimos su convocatoria, creemos en ellos aunque estén en escándalos y juergas.
No soy sociólogo ni antropólogo, pero sé que el Perú es un país futbolero, no nadador, no velerista, no badmintonista, ni siquiera surfista: futbolero. Quizás, vemos en el fútbol una inexplicable vía de escape a nuestras frustraciones, que no está tan lejos por lo que hicimos en el pasado, pero tampoco tan cerca para amenazar nuestro miedo colectivo al éxito.
En algún curso de Periodismo alguien me dijo: “Por ejemplo, si hablas sobre la selección o sobre una guerra con Chile, podrías parcializarte. Total, ¿quién no va a estar de acuerdo?”. Es verdad que la Guerra del Pacífico es una honda cicatriz que define nuestra ‘autoestima como país’. La selección, sin dudas, es otra. Por ahí leí que no podían entender como aquella autoestima dependía “del rendimiento de 11 huevones que se paran lesionando”.
Créanme, yo tampoco lo entiendo, lo padezco. Y seguro lo padeceré con más disgusto que alegría hasta que algún día –espero, no tan lejano– pueda cambiar las figuritas de mi país en un álbum Panini. Mientras, sé que seguiré puteando en las malas y llorando de felicidad en las buenas, pero siempre ahí, aunque prometa no hacerlo más.
Porque, aunque me asquee el psicosocial que se ha formado alrededor de la selección, del que se aprovechan para vender sus gaseosas, cervezas, pinturas y demás pelotudeces, creo que alguito de verdad tiene eso de que somos una ‘Cantera de Hinchas’, por más penoso que suene. Por eso sé, además, que los estadios seguirán llenos y que las colas serán interminables, mientras a esos 11 huevones se les ocurra mantener si quiera una humareda de esperanza.
Este martes solo nos queda sufrir y rezar –sí, al Dios de emergencia– para que, con los huevos de Vargas, saquemos un resultado frente a una Argentina que viene con todo. Aceptémoslo, decir que ya no te importa la selección es como ver a tu ex con otro y pretender que no te importa, es como la zorra que no podía alcanzar las uvas. Después de todo, aunque muchos vayan a tomarse fotos y “ver a Messi”, lo cierto es que las entradas se acabaron 12 horas después del partido con Venezuela, con una madrugada de por medio.
Ojala haya circo, mucho circo para el pueblo peruano.
Paolo Benza
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