De viejas pitucas y malditas incertidumbres

Estuve hace poco en una parrillada familiar –no era mi familia, pero bien podría haberlo sido– en la cual, entre chorizos panes y salsas huancaínas, tras el griterío de las nanas que, uniformadas y de blanco, correteaban a los niños en el jardín, se escuchaba la voz cansina de un espécimen con el cual todos hemos tenido contacto alguna vez: la tía pituca. Esta señora, sin embargo, no era una tía pituca cualquiera, tenía un plus: podía permanecer horas, días, meses, siglos, el tiempo que fuese necesario hablando y quejándose sobre el mismo tema. Y así, repitió y repitió el mismo casete desde que llegué hasta que me fui, mientras un señor entrado en años la escuchaba sereno, resignado, estoico. Quizás se haya quedado dormido por momentos.
Por mi parte, traté de mantenerme a una distancia prudente de su campo de acción, intentando transformar su perorata en un ruido más de fondo. Pero era imposible. Armada de un espíritu proselitista envidiable, esta mujer relataba sin cesar el aluvión de quejas que había transmitido de parte de ‘todos los vecinos de su barrio’ al alcalde de La Molina, entre las cuales se contaban las del tipo: “cuando yo me mudé al campestre distrito de La Molina, todavía olía a los duraznos de La Agraria.”…
En fin. Luego de mi esperable irritación inicial, debo confesar que empecé a interesarme por lo que decía, quizás por el ‘principio de proximidad’ –somos vecinos de distrito. Sin embargo, hubo un momento en que nuestro nivel de distante compenetración llegó al tope cuando, con la indignación característica de su especie, narró cómo  cada día desde su ventana tomaba fotos a las colas de carros que se formaban en las horas de más tráfico de la mañana.
Un leve escalofrío de angustia me recorrió el cuerpo. Si han intentado salir de La Molina en horas punta, me entenderán. Si alguna vez les pasó que tenían parcial a las 9 y creyeron que con salir a las 7 y media llegaban, quizás hayan sentido el mismo estremecimiento. En general, Lima la horrible es más horrible entre el humo de los carros –algunos, de verdad, no sé cómo pasan las revisiones técnicas si parece que se van a incendiar en cualquier momento–, las bocinas y la tensión de no saber si saldrás de ese cuello de botella en 15 minutos o si ha habido un choque triple 100 metros más allá y todo está consumado respecto a ese parcial.
En ciudades como Manhattan el tráfico es pesado durante las ‘peak hours’, pero uno sabe que si sale con tanto tiempo de anticipación, eventualmente llegará con 5 o 10 minutos de retraso. Salir de La Molina es una maldita incertidumbre. Puede que ese día agarres los atajos precisos en el momento indicado y, ¡listo!, llegaste en 45 minutos a tu destino, pero lo más probable es que –­y pasa el 99% de las veces– llegues luego de dos horas y medio tanque de gasolina. O no llegues nunca.
No exagero, sé de personas que hicieron cálculos básicos, se dieron cuenta que iban a llegar tan tarde que para qué iban y regresaron a sus casas. O de otras que no encontraron un micro que no esté a punto de rebalsar, con gente saliendo por las ventanas y el cobrador haciendo equilibrio en la escalera, y no quisieron aventurarse en esa caldera de olores y roces.
Revisemos rápidamente. Si vas en micro, estas jodido. Literalmente. Todas las rutas posibles son un desastre, si quieres que algo de aire roce tu rostro durante el trayecto, tienes que salir antes de las 7. Si tienes la suerte de tener carro o alguien que te lleve, tal vez tengas esperanzas. Las dos vías de desfogue del parque automotor molinense –aproximadamente 85 000 vehículos y parece que todos se ponen de acuerdo para salir al mismo tiempo– no se dan abasto. Para ir a Surco puedes tomar el Cerro Centinela que, con su modernísima tecnología de ‘carril reversible’, puede que no te tome tanto tiempo como para volverte loco, pero sí para ver sufrir a varios choferes de carros mecánicos. Más allá, Primavera o las San Borjas son terreno desconocido.
No obstante, si vas a San Isidro u otros distritos colindantes, lo más probable es que te quedes atascado en Javier Prado, antes del Óvalo Monitor. La reacción natural es ir por las zonas residenciales de Camacho, buscar las paralelas por donde vive la tía pituca, pero son de un solo carril y cada vez se congestionan más. Nunca falta ese que se mete en contra y los tres que lo siguen, “porque el que no es pendejo…”. Si sales con vida, te espera la Vía Expresa de Javier Prado, donde la referencia perfecta de cuánto tráfico hay más adelante es lo lejos que ha llegado el señor de amarillo que vende sogas. Si está en Aviación, bueno…
Al final, el sermón de la tía pituca me hizo darme cuenta de una cosa: de La Molina, en horas punta, nunca sales a tiempo por tus propios medios, sino por hechos circunstanciales que, paradójicamente, se vuelven cada día más comunes. Sales porque una ambulancia encendió la sirena, porque hay un incendio y tiene que pasar el camión de bomberos o porque el ‘Señor Ministro o autoridad importante que tiene escolta’ está retrasado y pone a sus policías a liberar el tráfico que hay delante –dicho sea de paso, no sé quién es ese que últimamente siempre coincide conmigo, pero le estoy enteramente agradecido. Mientras tanto, solo me queda rezar porque ese alcalde que regalaba helados y sacaba sus fotos tamaño original esté pensando en una gran obra para solucionar la congestión. Por favor, Zurek.
Paolo Benza
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