De grandes saltos y conquistas imaginarias


Esta semana dos Armstrong fueron noticia. Ambos realizaron proezas que ningún otro hombre había alcanzado antes. Ambos son, por lo tanto, personajes importantes en el imaginario popular, pero solo uno de ellos representó la concreción de un anhelo que ha tenido el ser humano desde que es raza. Quizás por eso solo uno de ellos estará, como dijo el actual administrador de la NASA, Charles Bolden, en todos los libros de historia, mientras los haya.
Y es que todos los kilómetros que heroicamente recorrió Lance montado sobre su bicicleta —victoria contra el cáncer de por medio— parecen un pequeño alfiler en el infinito pajar de la historia humana comparados con ese pasito que Neil dio en la superficie del astro rey de las noches. Nunca tuvo más razón una frase que parece haberse concebido para convertirse en cliché: la humanidad estaba saltando, y no solo de la inoportunamente corta escalera del Eagle al inhóspito suelo lunar: era el gran salto hacia la conquista del universo.
Cuando Neil Armstrong, el muchacho de Wapakoneta, Ohio, que fuera estudiante de piloto incluso antes de sacar su licencia de conducir, y ‘Buzz’ Aldrin comenzaron a dar graciosos saltitos sobre la superficie de la Luna, habitantes de todos los países —bueno, tal vez con excepción de los soviéticos— se sintieron parte de una misma nación y se advirtieron, como tal, conquistando el primer bastión de entrada hacia el cosmos infinito.
Más allá de si la bandera ondeaba o las sombras de los astronautas no eran paralelas, la idea de haber podido alunizar por primera vez, aprehendida además por la mayoría de los habitantes terrestres, significó un cambio de chip en la forma de ver y encarar el futuro. De pronto, habíamos vivido encapsulados en un planeta que ya no era nuestra última frontera. La ciencia nos abría la posibilidad de ir más allá, de descubrir y habitar nuevos mundos. Lejos estaban los selenitas que modeló Méliès, lejos también el aura de misterio que siempre había rodeado a ese satélite terrestre que controlaba las mareas
La gente comenzó a imaginarse un futuro cercano con ciudades enteras en el espacio, una nueva civilización de nativos espaciales. Las preguntas comenzaron a ser: ¿cómo se solucionarían los problemas cotidianos allá afuera?, ¿cómo serían las guerras? o ¿cómo serían los encuentros con seres inteligentes más allá de nuestra órbita? Lo espacial se puso de moda, las series futuristas empezaron a retratar a un ser humano habitante espacial. El mar de posibilidades era más grande; las distancias, más pequeñas.
El tiempo transcurrido desde ese 20 de julio de 1969 hasta hoy ha mostrado que esas fantasías eran demasiado ambiciosas. El último hombre en caminar sobre la Luna lo hizo en 1972, mismo año en que se realizó la última misión Apollo. Las tres siguientes fueron canceladas por falta de presupuesto. Desde ese momento, solo las máquinas acceden a ese costoso lujo. La revolución tecnológica de nuestros días es más de la comunicación. Podemos estar en contacto instantáneo con cualquier parte del globo con costos accesibles. El planeta Tierra, sobrepoblado y sobre calentándose, es un lugar cada día más pequeño, mientras que la Luna espera tranquila a que algún día esas presiones incontenibles y el deseo de superación inherente al género humano nos impulsen a alcanzar eso que alguna vez vimos tan cercano.
Mientras tanto, Neil Armstrong siempre representará ese permiso que nos dimos —y que nos damos— de soñar con saltar más allá.
Paolo Benza
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